El ter­cer hom­bre.

En 1971, Gian­fran­co Fran­chi­ni ga­nó, jun­to a Renzo Piano y Ri­chard Ro­gers, el con­cur­so pa­ra el edi­fi­cio que cam­bió el con­cep­to de mu­seo. Pe­ro re­cha­zó la fa­ma y pre­fi­rió de­di­car­se a pe­que­ños en­car­gos.

ARQ - - EDITORIAL - Por Da­niel Me­rro Johns­ton Ar­qui­tec­to

La his­to­ria de Gian­fran­co Fran­chi­ni, el au­tor me­nos co­no­ci­do del pro­yec­to del Pom­pi­dou.

Es la úni­ca fo­to­gra­fía en la que se los ve jun­tos, en no­viem­bre de 1971. Aca­ban de ga­nar el con­cur­so de ar­qui­tec­tu­ra más im­por­tan­te del si­glo XX, con po­co más de trein­ta años de edad. Triun­fa­ron. Es el equi­po de las es­tre­llas, sien­ten la mú­si­ca del éxi­to en­tre sus ma­nos y el sol bri­llan­do en su ca­mino. Aun­que, por sus ca­ras, no es­toy se­gu­ro de que sus sue­ños sean si­mi­la­res. Y me­nos aún, el plan pa­ra con­se­guir­los. Se pre­sen­ta­ron 680 tra­ba­jos pro­ce­den­tes de 49 paí­ses. El ju­ra­do, for­ma­do en­tre otros por Os­car Nie­me­yer, Phillip John­son; y pre­si­di­do por uno de los más gran­des en­tre los gran­des, Jean Prou­vé, eli­gió el pro­yec­to que trans­for­mó la teo­ría de la ar­qui­tec­tu­ra de los si­guien­tes 50 años, di­na­mi­tó el con­cep­to vi­gen­te de mu­seo e hi­zo vo­lar por los ai­res la ca­be­za de los es­tu­dian­tes de ar­qui­tec­tu­ra, que nos ma­ra­vi­lla­mos con tan­ta ra­pi­dez co­mo lo cues­tio­na­ron los crí­ti­cos. Renzo Piano, Ri­chard Ro­gers y Gian­fran­co Fran­chi­ni se ha­bían he­cho con el pri­mer pre­mio pa­ra el Cen­tro Pom­pi­dou de Pa­rís.

Ri­chard Ro­gers na­ció en Flo­ren­cia aun­que vi­vió en In­gla­te­rra des­de pe­que­ño. Gian­fran­co Fran­chi­ni y Renzo Piano na­cie­ron en Gé­no­va. Se co­no­cie­ron com­par­tien­do ha­bi­ta­ción cuan­do es­tu­dia­ban ar­qui­tec­tu­ra en el Po­li­téc­ni­co de Mi­lán. Lo que real­men­te im­pul­só a Piano ha­cia la ar­qui­tec­tu­ra fue­ron sus ga­nas de co­no­cer el mun­do, la cu­rio­si­dad por sa­ber qué ha­bía más allá del ho­ri­zon­te de su Gé­no­va na­tal. A Fran­chi­ni, por el con­tra­rio, lo lla­ma­ba la mi­ra­da in­te­rior, aten­der los pe­que­ños en­car­gos y ocu­par­se per­so­nal­men­te de sus obras des­de el prin­ci­pio has­ta el fi­nal: una es­pe­cie de ar­qui­tec­to clí­ni­co, ge­ne­ra­lis­ta, muy vin­cu­la­do a su ba­rrio, a su co­mu­ni­dad.

A pro­pues­ta de Ove Arup, los tres se reunie­ron en Lon­dres a pen-

sar una idea pa­ra el Pom­pi­dou y lue­go de ga­nar el con­cur­so es­ta­ble­cie­ron la se­de del equi­po en Pa­rís. Gian­ni era el úni­co que do­mi­na­ba el fran­cés y su par­ti­ci­pa­ción fue vi­tal en el desa­rro­llo de un pro­yec­to re­vo­lu­cio­na­rio y por lo tan­to con per­ma­nen­tes ne­go­cia­cio­nes en­tre los jó­ve­nes ar­qui­tec­tos y los fun­cio­na­rios. La cons­truc­ción de­mo­ró 7 años y la inagu­ra­ción fue un éxi­to ro­tun­do de vi­si­tan­tes, los que no han pa­ra­do de cre­cer has­ta hoy. La re­per­cu­sión pro­fe­sio­nal, po­pu­lar y me­diá­ti­ca del pro­yec­to fue in­me­dia­ta y ex­traor­di­na­ria. En po­co tiem­po se con­vir­tió en un ícono de la ciu­dad y en uno de los diez mu­seos más vi­si­ta­dos del mun­do. Sus ar­qui­tec­tos se vol­vie­ron fa­mo­sos. Dos de ellos se lan­za­ron de ca­be­za a ese mun­do de éxi­to, pe­ro el ter­ce­ro eli­gió otro ca­mino: ba­jar­se del tren en la se­gun­da es­ta­ción, vol­ver en si­len­cio ca­mi­nan­do tran­qui­la­men­te, sen­tar­se en su ga­le­ría y dis­fru­tar. Ese es­pec­tácu­lo no era el su­yo. Mien­tras Piano y Ro­gers as­cen­dían al cie­lo de la fa­ma y fir­ma­ban im­por­tan­tes pro­yec­tos, Fran­chi­ni vol­vió a su ca­sa de to­da la vi­da, en­fos­ca­da en ama­ri­llo te­rro­so y con pos­ti­gos ver­des, a po­cos me­tros de su es­tu­dio, don­de la Via Pes­chie­ra ha­ce un re­co­do y per­mi­te ver, ha­cia aba­jo, el Par­co Gro­pa­llo; y el Mediterráneo, al fon­do. En los pri­me­ros años, su au­to­ría y par­ti­ci­pa­ción en el pro­yec­to Pom­pi­dou fue re­co­no­ci­da por to­dos. Lue­go, so­lo por los his­to­ria­do­res; más tar­de, ni si­quie­ra por sus ex­so­cios, que lo fue­ron ol­vi­dan­do en sus pu­bli­ca­cio­nes. Fi­nal­men­te su exis­ten­cia co­men­zó a di­sol­ver­se. En po­co tiem­po y has­ta hoy mis­mo, el Cen­tro Pom­pi­dou es una obra de Piano y Ro­gers. Cual­quie­ra lo pue­de com­pro­bar. El ter­cer hom­bre qui­zá no exis­tió nun­ca. No fue un per­de­dor. Ga­nó, fes­te­jó y dis­fru­tó, pe­ro no fue a re­co­ger la co­pa. Mien­tras Piano y Ro­gers pro­yec­tan y cons­tru­yen ae­ro­puer­tos, mu­seos, au­di­to­rios o la se­de del New York Ti­mes, dic­tan con­fe­ren­cias en uni­ver­si­da­des de me­dio mun­do, se fo­to­gra­fían con pre­si­den­tes, fue­ron nom­bra­dos Se­na­dor Vi­ta­li­cio en Ita­lia y Lord en In­gla­te­rra, res­pec­ti­va­men­te, y re­co­no­ci­dos con el Pritz­ker, Gian­ni Fran­chi­ni desa­rro­lló pe­que­ños tra­ba­jos en su ciu­dad co­mo bi­blio­te­cas mu­ni­ci­pa­les y re­for­mas de co­le­gios, y com­par­tió su ex­pe­rien­cia con la co­mu­ni­dad.

El es­tu­dio de Renzo Piano tie­ne va­rias se­des, una en Pa­rís y otra en Nue­va York, pe­ro la prin­ci­pal es­tá en Gé­no­va en un pre­cio­so edi­fi­cio de cris­tal, en Pun­ta Na­ve, en­tre Vol­ri y Ve­si­ma. En la mis­ma ciu­dad don­de vi­vió Fran­chi­ni, su ami­go de to­da la vi­da, su com­pa­ñe­ro de es­tu­dios de Mi­lán, pe­ro en la otra pun­ta. Creo que am­bos dis­fru­ta­ron el mis­mo amor por Gé­no­va, go­za­ron del mis­mo mar, sa­bo­rea­ron el pes­to y la fo­cac­cia, prac­ti­can­do ca­da uno su ar­qui­tec­tu­ra a am­bos la­dos del puer­to y vi­vien­do a su ma­ne­ra. Aun­que no creo que sea lo mis­mo co­mer piz­za de pie en el es­tu­dio, con las ca­jas de las cua­tro que­sos abier­tas y los va­sos de co­ca co­la en­tre las ma­que­tas, las pan­ta­llas y los pla­nos del nue­vo pro­yec­to de la Bi­blio­te­ca Na­cio­nal de Gre­cia, que co­mer una piz­za con ani­llos de cebolla de Tro­pea y acei­tu­nas de Tag­gias­ca, sen­ta­do con los ami­gos y un vino Bian­chet­ta en las me­sas gas­ta­das de la can­ti­na de la Vía del Tri­to­ne, dis­cu­tien­do el me­jor lu­gar pa­ra ubi­car la bi­blio­te­ca del ba­rrio.

Am­bos consiguieron triun­far. Es muy di­fí­cil ha­cer­lo an­te los de­más, go­zan­do de la ad­mi­ra­ción y del aplau­so de to­dos; con­ver­tir­se en un ejem­plo a se­guir. Pe­ro más aún co­mo una ex­pe­rien­cia ín­ti­ma, sub­je­ti­va y per­so­nal, sin­tien­do el pla­cer de ha­ber ac­tua­do con­for­me a tus va­lo­res.

Allí es­tán, con sus pe­los lar­gos y los sue­ños di­bu­ja­dos en sus ojos: Renzo Piano a la iz­quier­da y Gian­fran­co Fran­chi­ni al cen­tro, mi­ran­do su ma­que­ta, jun­to a su so­cio Ri­chard Ro­gers. Los tres fue­ron los au­to­res de uno de los edi­fi­cios más co­no­ci­dos del mun­do, y so­lo uno de ellos fue des­apa­re­cien­do, ca­si ig­no­ra­do has­ta su re­cien­te muer­te.

Por ello es­cri­bo es­te tex­to, co­mo re­cuer­do del ter­cer hom­bre, que ca­mi­na­ba al la­do de los otros dos y que tam­bién ad­mi­ro por su ma­ne­ra per­so­nal de bus­car los sue­ños. «

Ba­jo el tí­tu­lo “El ter­cer hom­bre”, es­te tex­to se pu­bli­có en el blog En­tre­la­zos.

ÏCONO. El Pom­pi­dou, una obra de van­guar­dia que se con­vir­tió en pla­ta­for­ma de lan­za­mien­to pa­ra sus au­to­res.

JO­VE­NES. Renzo Piano, Fran­chi­ni y Ri­chard Ro­gers.

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