“SOY TOMADORA POR­QUE CO­NOZ­CO MIS LÍ­MI­TES A LA PER­FEC­CIÓN”

La al­ta coc­te­le­ría ha­ce ra­to que tie­ne ca­ra de mu­jer gra­cias a ella, pio­ne­ra en ba­rras em­ble­má­ti­cas de la ciu­dad y au­tén­ti­ca re­fe­ren­te en la ma­te­ria. Es­ta mu­jer de 40 años que es ma­má de Co­ra (5), re­ve­la acá sus tu­mul­tuo­sos co­mien­zos, sus lar­gos años de t

Break - - ENTREVISTA - Por Pa­blo Stein­mann. Fo­tos: Jo­sé Tolomei.

Mue­ve los bra­zos con vehe­men­cia, ges­ti­cu­la y en­fa­ti­za ca­da una de sus pa­la­bras y de sus ocu­rren­tes re­ma­tes. Y ríe sin pa­rar, con una car­ca­ja­da cor­ta y muy con­ta­gio­sa. Bar­ten­der de pro­fe­sión y re­fe­ren­te ab­so­lu­to de los tra­gos de au­tor en nues­tro país, Inés es pu­ra tea­tra­li­dad e his­trio­nis­mo a la ho­ra de hablar. Es, ca­si sin que­rer­lo, una au­tén­ti­ca “show­wo­man”, una mu­jer que ade­más se cons­tru­yó a sí mis­ma y que sa­be có­mo na­rrar su pro­pia his­to­ria, esa que co­men­zó con una in­fan­cia com­ple­ja y que si­guió con la ne­ce­si­dad de en­con­trar un lu­gar pro­pio den­tro en un mar de in­cer­ti­dum­bres, du­das y pre­jui­cios.

-Ten­go en­ten­di­do que en el co­le­gio se­cun­da­rio no fuis­te lo que se lla­ma una es­tu­dian­te mo­de­lo y fe­liz… ¿Su­fris­te bull­ying?

-No, pe­ro sí tu­ve que de­fen­der a mi her­ma­na ma­yor del bull­ying. Cuan­do ape­nas lle­ga­mos a San Tel­mo nos en­con­tra­mos con un ba­rrio y un co­le­gio que no era pre­ci­sa­men­te un le­cho de ro­sas. Era bra­vo… Mi her­ma­na era me­dio nerd y la re bas­tar­dea­ban por eso y me acuer­do per­fec­to el día en que di­je bas­ta y me ter­mi­né trom­pean­do con un pi­be... Pe­ro li­te­ral, eh, le da­ba pa­ta­das en la ro­di­lla sin pa­rar. Nun­ca más se me­tie­ron con mi her­ma­na.

-Eras bra­va…

-Sí, bra­ví­si­ma (ríe). Res­pec­to de có­mo fue ese pe­río­do, la ver­dad es que no la pa­sa­ba bien en el co­le­gio. De he­cho, iba muy po­co, me ra­tea­ba sin pa­rar. Re­cuer­do que un día la lla­ma­ron a mi ma­má para de­cir­le: “Te­ne­mos una alum­na con ape­lli­do y sin ca­ra”. ¡No me re­co­no­cían! (ri­sas).

-¿Y ella que de­cía?

-Y… me que­ría ma­tar. Pe­ro lo cier­to es que des­pués apro­ba­ba. Me las in­ge­nia­ba para cum­plir. Te­nía has­ta a un pre­cep­tor de alia­do que me ayu­da­ba a pa­sar só­lo las fal­tas ne­ce­sa­rias.

-¿Creés que hay una re­la­ción en­tre ese se­cun­da­rio a pi­co y tu cri­sis vo­ca­cio­nal ape­nas ter­mi­nas­te?

-Sí, cla­ro, to­tal­men­te. Te di­ría que to­da mi in­fan­cia y ado­les­cen­cia fue una eta­pa di­fí­cil. Hi­ce te­ra­pia mu­chos años de mi vi­da por eso. La se­pa­ra­ción de mis vie­jos no fue fá­cil. Te­nía seis, sie­te años, era una épo­ca en la que los pa­dres no se se­pa­ra­ban y ade­más mi vie­jo la pa­só muy mal en to­do ese pro­ce­so, es­tu­vo in­ter­na­do mu­cho tiem­po... No fue na­da fá­cil. Y en­ci­ma de to­do, des­pués su­ce­dió lo de mi ac­ci­den­te ( N. de la R.: la atro­pe­lló un au­to a sus 16) que me man­tu­vo mu­cho tiem­po en ca­ma. Con lo cual, la te­ra­pia fue una de las cons­tan­tes en mi vi­da. Y una de las co­sas que más tra­té ahí fue “¿qué ha­cer?”. Cuan­do em­pe­cé a tra­ba­jar en gas­tro­no­mía -para sim­ple­men­te tra­ba­jar-, en­se­gui­da des­cu­brí que me en­can­ta­ba eso pe­ro al mis­mo tiem­po no ter­mi­na­ba de re­sol­ver el ben­di­to “qué ha­cer”…

-No veías a la gas­tro­no­mía co­mo una ca­rre­ra po­si­ble…

-¡No! Es que no exis­tía una no­ción de ca­rre­ra en torno a la cocina. No ha­bía na­da que te je­rar­qui­ce ahí. Ni lo­co te po­días en­con­trar con un co­ci­ne­ro en la ta­pa de una re­vis­ta. A lo su­mo te­nías al Ga­to Du­mas y a (Fran­cis) Mall­mann pe­ro pa­rá de con­tar… Y que exis­tie­ran ellos dos no ha­cía a la pro­fe­sión de co­ci­ne­ro una co­sa gla­mo­ro­sa. Ojo, no es que no ha­bía co­ci­ne­ros re­co­no­ci­dos, los ha­bía, pe­ro para el grue­so de la gen­te no era una pro­fe­sión cool. Ni que hablar de bar­ten­der. Eso di­rec­ta­men­te era... “¿qué?, ¿de qué me es­tás ha­blan­do?”. Hoy se en­tien­de y acep­ta pe­ro a mí me lle­vó mu­chos años en­ten­der que mi ca­mino es­ta­ba bien. So­bre to­do por­que la vi­da de no­che no es fá­cil para na­die. Ni para uno –te per­dés un mon­tón de co­sas-, ni para el afue­ra. Mi vie­ja no pa­ra­ba de gri­tar­me: “¿A es­ta ho­ra te des­per­tás?”. Cla­ro, me ha­bía acos­ta­do a las seis de la ma­ña­na…

- ¿ A qué edad re­sol­vis­te ir­te a vi­vir so­la?

-Es ra­ro, por­que en reali­dad mi ma­má fue la que de­ci­dió ir­se (ri­sas). Fue­ra de bro­ma, te­nía 18 años y un día apa­re­ció y nos di­jo a mi her­ma­na y a mí: “Chi­cas, les de­jo la ca­sa y es­ta men­sua­li­dad para que pa­guen los ser­vi­cios”. Y se fue. “Y una co­sa más -nos di­jo-, me voy a vi­vir con Hil­da, que en reali­dad no es mi ami­ga de to­da la vi­da, es mi pa­re­ja”. “Ok – di­ji­mos las dos- co­mo quie­ras”…. (ríe). Así que mis pri­me­ros años “so­la” fue­ron con mi her­ma­na, re­cién a los 22 me in­de­pen­di­cé to­tal­men­te.

-¿Ex­tra­ñás esa eta­pa de vi­da ca­si ex­clu­si­va­men­te noc­tur­na?

- Sí,¡a full! No la ha­ría aho­ra, pe­ro si vuel­vo a em­pe­zar no du­da­ría un se­gun­do en vi­vir ca­da una de esas no­ches de nue­vo. Fue una eta­pa glo­rio­sa. Cuan­do te di­go pa­sar­la bien, me re­fie­ro a pa­sar­la muy bien. Ob­via­men­te tam­bién era mu­cho tra­ba­jo, so­bre to­do en El Gran Dan­zón, don­de ha­bía mu­chí­si­ma gen­te para aten­der. No pa­rá­ba­mos ni un se­gun­do. Me acuer­do que ca­da tan­to iba al ba­ño só­lo para sen­tar­me un ra­to y ha­cer un mi­ni des­can­so. Mis ho­ra­rios eran ma­ra­tó­ni­cos en el bar, en­tra­ba a las tres de la tar­de y ter­mi­na­ba ti­po cin­co de la ma­ña­na. El due­ño me ha­bía acon­se­ja­do en­trar an­tes para em­pe­zar a fa­mi­lia­ri­zar­me con el tra­ba­jo de ba­rra ya que no te­nía mu­cha ex­pe­rien­cia. “Mi­rá bo­te­llas, stoc­keá”, me di­jo. Y ese tiem­po fue esen­cial para apro­piar­me de la ba­rra y de to­do el tra­ba­jo.

-Tu tra­ba­jo, lo sa­brás bien, siem­pre es­tu­vo aso­cia­do a los ex­ce­sos, ¿cuál fue tu ex­pe­rien­cia al res­pec­to?

-Nun­ca to­me co­caí­na, ni si­quie­ra la pro­bé. Y eso que es­ta­ba ahí no­más eh, to­do el tiem­po. Pe­ro soy hi­per­ac­ti­va por na­tu­ra­le­za, no ne­ce­si­to dro­gas. Me ha­bré fu­ma­do cin­co po­rros en to­da mi vi­da y nun­ca la pa­sé bien, la ma­rihua­na tam­po­co es para mí. So­bre to­do por­que no con­ju­ga de­ma­sia­do bien con el al­cohol.

- ¿ Con el al­cohol te pa­sas­te al­gu­na vez?

-Uff, mi­llón de ve­ces. Hoy soy una se­ño­ra tomadora pe­ro por­que me co­noz­co, por­que pro­bé qué me ha­ce bien y qué no y por­que co­noz­co a la per­fec­ción mis lí­mi­tes.

-¿Có­mo tra­tás es­tos te­mas con Co­ra, tu hi­ja de cin­co? Me ima­gino que sa­be per­fec­ta­men­te a qué te de­di­cás…

-Sí, por su­pues­to. Me ve cor­tan­do fru­ta y en­se­gui­da me pregunta: “¿Vas a ha­cer un tra­go?” Me ha acom­pa­ña­do a mu­chos even­tos, co­no­ce a to­dos en Ju­lep ( N de la R: su em­pre­sa de ca­te­ri­ng de ba­rras), ha­ce li­mo­na­das, le po­ne sor­be­tes a los tra­gos… Ella sa­be per­fec­ta­men­te qué es el al­cohol, cuá­les son sus ries­gos y vir­tu­des. En ca­sa no hay ta­búes, ni con el al­cohol, ni con las dro­gas, ni con la no­che.

-Hoy tu vi­da, de to­das for­mas, se ale­jó bas­tan­te lo noc­turno...

-Así es. Mi úl­ti­mo tra­ba­jo de­trás de una ba­rra fue en Ca­sa Cruz, res­tau­ran­te al que lle­gué con mu­cho can­san­cio fí­si­co y men­tal y al­tos ni­ve­les de stress. Al po­co tiem­po, de he­cho, de­ci­dí fre­nar, me fui de va­ca­cio­nes a Pun­ta del Es­te y ahí… me enamo­ré (del actual ge­ren­te de los res­tau­ran­tes del Hipódromo de Pa­ler­mo, Pas­cal Ber­nard). Vis­te co­mo son es­tas co­sas, ¿no? Nun­ca ha­bía te­ni­do no­vio has­ta que de­jé de tra­ba­jar… Fue un flash to­tal, vol­ví de ese via­je y me fui a vi­vir con él. Es­ta­mos por cum­plir diez años jun­tos…. (son­ríe). Po­co an­tes del na­ci­mien­to de Co­ra fue que em­pe­cé a cra­near Ju­lep, un ser­vi­cio que has­ta ese mo­men­to no es­ta­ba para na­da desa­rro­lla­do.

-¿Có­mo te cae el boom de las cer­ve­zas ar­te­sa­na­les?

-Mal, pe­ro por­que to­do boom me cae mal, in­clu­so el de los lla­ma­dos tra­gos de au­tor. Vol­vien­do a la cer­ve­za, creo que hay lu­ga­res que ha­cen las co­sas bien y otros que no y que di­rec­ta­men­te ha­bría que ce­rrar, in­clu­so des­de un pun­to de

“Cuan­do arran­qué a tra­ba­jar no exis­tía una no­ción de ca­rre­ra en torno a la cocina. Ni que hablar de la ba­rra. Ahí di­rec­ta­men­te era... ‘¿bar­ten­der?, ¿de qué me es­tás ha­blan­do…?’” Nun­ca to­me co­caí­na, ni si­quie­ra la pro­bé. Y eso que es­ta­ba ahí no­más eh,to­do el tiem­po. Pe­ro soy hi­per­ac­ti­va por na­tu­ra­le­za, no ne­ce­si­to dro­gas.

vis­ta bro­ma­to­ló­gi­co. No hay que ol­vi­dar nun­ca que la cer­ve­za es ali­men­to y que hay que cui­dar­la co­mo tal. ¿Qué res­ca­to de ese boom? Que se pro­du­cen mu­chos pro­duc­tos na­cio­na­les y que los cer­ve­ce­ros son muy unidos, son una lin­da co­fra­día. Se jun­tan, se prue­ban, se ayu­dan. No es tan co­mún eso.

-¿En tu ru­bro sue­le ha­ber mu­cha com­pe­ten­cia?

-Hay mu­chas di­vi­sio­nes. Y hay una grie­ta abis­mal en­tre la Ca­pi­tal y el res­to del país… Nos ten­dría­mos que jun­tar más, no ten­go du­das de eso.

-¿Y es un sec­tor don­de te ha­yas en­con­tra­do con mu­cho ma­chis­mo?

-Uff, un mon­tón. Siem­pre. Y lo si­go vien­do a dia­rio, no sea­mos ca­re­tas. Aho­ra to­do el mun­do habla del fe­mi­nis­mo pe­ro la ver­dad es que no cam­bió na­da en lo sus­tan­cial. Es­ta­mos em­pe­zan­do a hablar de es­tos te­mas, y eso es un gran pri­mer pa­so, pe­ro fal­ta mu­cho para cam­biar la ca­be­za de tan­ta gen­te que des­cree del rol de la mu­jer. No só­lo me re­fie­ro a je­fes, sino tam­bién a clien­tes, co­le­gas... Cuan­do arran­qué en es­to, ca­si que só­lo po­días es­tar de­trás de una ba­rra si te­nías bue­nas te­tas y buen cu­lo. O si eras muy sim­pá­ti­ca. Yo no me des­ta­ca­ba en nin­gu­na de esas aé­reas (ríe), así que me cos­tó el do­ble to­do. Tu­ve en­tre­vis­tas la­bo­ra­les te­rri­bles. Por eso agra­dez­co a full la opor­tu­ni­dad que me die­ron Luis ( Mo­ran­di) y Pa­to ( Pa­tri­cia Scheuer), los due­ños de El Gran Dan­zón. Me acuer­do pa­ten­te de ella sen­ta­da en su es­cri­to­rio y di­cién­do­me: “Yo quie­ro que a es­ta ba­rra la co­man­de una mu­jer”. Eso en esa épo­ca era una re­vo­lu­ción en sí mis­ma.

- ¿Te que­dan mu­chos sue­ños por de­lan­te?

-Sí cla­ro. Po­ner un bar, para em­pe­zar. Pe­ro es­toy es­pe­ran­do que se pa­se un po­co la mo­da, tan­to de los ba­res co­mo de las cer­ve­ce­rías… Ten­go para un ra­to lar­go, ¿no? (ri­sas). ❖

Na­ci­da ha­ce 40 años, pa­só gran par­te de su vi­da en su ado­ra­do ba­rrio de San Tel­mo. Lue­go se mu­dó a Pa­ler­mo y hoy vi­ve en Bel­grano jun­to a su pa­re­ja, Pas­cal Ber­nard, y su hi­ja Co­ra, de cin­co años.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina

© PressReader. All rights reserved.