Aquel la­dri­llo sin pa­red

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Hoy, la vi­da no se en en­de sin un ce­lu­lar en la mano, en el bol­si­llo, so­bre el es­cri­to­rio o don­de sea. Ayer, cos­ta­ba com­pren­der có­mo era po­si­ble hablar por te­lé­fono des­de un apa­ra­to que no es­tu­vie­ra co­nec­ta­do a la pa­red. Que­da­ba muy can­che­ro –hoy se di­ría cool– ma­ne­jar el au­to mien­tras se lo usa­ba y que des­de los otros mi­ra­ran con en­vi­dia. Pla­cer de unos po­cos, que te­nía su pe­so: el “la­dri­llo”, co­mo se lo lla­ma­ba en­ton­ces, re­gis­tra­ba ca­si un ki­lo en la ba­lan­za. Le­jos es­ta­ba de ima­gi­nar el in­ge­nie­ro de Mo­to­ro­la Rudy Kro­lopp, en 1983, to­do lo que su in­ven­to re­pre­sen­ta hoy. A pun­to tal que su fun­ción ma­dre es, ape­nas, una más de to­das las que ofre­ce y, qui­zás, no de las más u li­za­das. Lle­gó a la Ar­gen na en 1989 y po­der alar­dear con él cos­ta­ba unos 4.000 dó­la­res.

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