DA­LIA GUT­MANN

“ES­TOY RE­CON­TRA LI­BE­RA­DA DE LA MI­RA­DA MAS­CU­LI­NA”

Break - - Gastronomia - Por Flo­ren­cia Ro­dríj­guez Pe­ter­sen. Fotos: Jo­sé To­lo­mei.

Se ríe de to­do. Prin­ci­pal­men­te de ella mis­ma. Es de Capricornio -cum­plió 40 en enero- pe­ro no cree en los as­tros. “No pue­do res­pe­tar eso. Per­dón a to­dos. Yo me ma­té la­bu­ran­do pa­ra que las co­sas pa­sen, aho­ra que no se lle­ve las flo­res la Ca­sa 4”, di­ce en­tre ri­sas y agre­ga: “Al­go de­be ha­ber pa­ra que tan­ta gen­te crea en eso, pe­ro pa­ra mí lo es­pi­ri­tual tie­ne que ver con es­tar más en con­tac­to con uno que con los as­tros. A mí no me em­pie­ces con Géminis es­to por­que me ma­to”, ex­pli­ca con el len­gua­je co­lo­quial que usa en sus mo­nó­lo­gos. Tie­ne un es­ti­lo des­con­trac­tu­ra­do que se ha­ce ma­ni­fies­to en la de­co­ra­ción de su ca­sa, es­pa­cio­sa pe­ro con un sin­fín de ob­je­tos lú­di­cos y mil de­ta­lles en to­nos bri­llan­tes. “¡Soy to­tal­men­te co­lo­rin­che! Y ob­via­men­te, pa­ra lle­var­me la con­tra, Kia­ra eli­ge siem­pre ne­gro”, cuen­ta la ar­tis­ta mul­ti­tas­king, es­po­sa de Se­bas­tián Wain­raich y ma­má de Kia­ra (10) y Fe­de­ri­co (5). Y re­cuer­da que de chi­ca tam­bién te­nía es­te ti­po de pe­leas con su ma­má por­que odiaba ir a com­prar ro­pa.

-¿Por qué te mo­les­ta­ba tan­to ese te­ma?

-Pri­me­ro, tu­ve una eta­pa cuan­do era chi­ca en la que era bas­tan­te gor­di­ta y la ro­pa de ni­ños no me en­tra­ba. Te­nía que com­prar ro­pa de gran­des y ha­cer­le el rue­do. Des­pués, cuan­do me en­tró -por­que a los 11 años ba­jé 10 ki­los y me em­pe­zó a que­dar bien la in­du­men­ta­ria de ado­les­cen­tes- me da­ba cul­pa que gas­ta­ran pla­ta en eso. Era al­go ra­ro, le pe­día que no lle­va­ra es­to o aque­llo y las ven­de­do­ras me de­cían: “Sos la pri­me­ra per­so­na que no quie­re que le com­pren al­go”.

-Te reís mu­cho del es­te­reo po fe­me­nino y la in­du­men­ta­ria. ¿Cam­bió tu re­la­ción con la ro­pa?

-Apren­dí, so­bre to­do por el la­bu­ro que ten­go, que es más prác­ti­co te­ner ro­pa. Me pa­re­ce una pér­di­da de tiem­po to­do eso: ro­pa, ma­ke up, pe­lo. Cuan­do lo ten­go, me en­can­ta; pe­ro en mi or­den de prio­ri­da­des el look es­tá de­ci­mo­oc­ta­vo. Siem­pre me gas­tan por lo que uso: me gus­tan los es­tam­pa­dos y los mez­clo mu­cho. Nun­ca ter­mino de es­tar bien. Só­lo fue fá­cil cuan­do tu­ve ves­tua­ris­ta en la te­le. Es al­go que con­si­de­ré un par de ve­ces por­que pier­do mu­cho tiem­po pen­san­do qué usar pe­ro hay al­go de ser me­dio ri­dí­cu­la con la ro­pa que me en­can­ta y un ves­tua­ris­ta no me lo per­mi­ti­ría. Me gus­ta ex­pre­sar­me con el ves­tua­rio, cuan­do te po­nés al­go y no te im­por­ta na­da lo que di­ce el res­to es­tá bue­ní­si­mo.

-¿Só­lo por eso o es­tás bus­can­do ge­ne­rar una reac­ción?

-No. Me gus­tan los es­tam­pa­dos ra­ros, es más eso que pro­vo­car. Tie­ne que ver con trans­mi­tir cier­ta ale­gría. Si me pon­go al­go, quie­ro que ten­ga ese to­que de co­lor, es par­te de un es­ti­lo per­so­nal. El otro día te­nía que ir a un pro­gra­ma con el que es­ta­ba con­tra­ria­da. Te­nía un po­co de mie­do. Ja­más me vis­to de ne­gro y ese día fui to­da de ne­gro. Des­pués pen­sé “¿qué me ha­brá pa­sa­do?” fue co­mo una de­fen­sa de “No me da­ñen”.

- Aho­ra en­tien­do la alian­za con Luz Prín­ci­pe (N. de la R.: hizo una co­lec­ción cáp­su­la con la di­se­ña­do­ra de za­pa­tos)

-El en­cuen­tro con Luz fue sú­per es­pon­tá­neo. Ella em­pe­zó a ha­cer­me za­pa­tos pa­ra el es­ce­na­rio, que es al­go sú­per im­por­tan­te. So­bre to­do, te das cuen­ta el día que usás un mal za­pa­to y se cae el show. No des­de lo es­té­ti­co sino por­que es bueno te­ner buen apo­yo, es la ba­se de tu cuer­po.

-Ha­blás del show que ya es un clá­si­co, ¿có­mo fue mu­tan­do con el pa­so del empo?

-To­do el tiem­po -más aún con to­do el te­ma del fe­mi­nis­mo- tra­to de sa­lir del lu­gar de “las mu­je­res so­mos así” pa­ra en­fo­car­me más en “yo soy así”. En mi ca­be­za -y en el show-, lo que im­pli­ca ser mu­jer fue cam­bian­do un mon­tón. Cuan­do em­pe­cé a ha­cer stand up en 2004 te­nía la cul­tu­ra ma­chis­ta mu­cho más fuer­te aden­tro mío. Es­te show me ayu­dó a co­nec­tar con la ener­gía fe­me­ni­na de otra ma­ne­ra. Al ac­tuar tan­to pa­ra el pú­bli­co fe­me­nino es­toy re­con­tra li­be­ra­da de la mi­ra­da mas­cu­li­na. Pe­ro cuan­do em­pe­cé te­nía una mi­ra­da más pe­yo­ra­ti­va. Si bien me río mu­cho de mí, me pa­re­ce un error de­cir que la mi­na es hin­cha­pe­lo­tas por­que que­da co­mo que el ti­po es un ca­po. Me dí cuen­ta de que en reali­dad la mi­na reac­cio­na mu­cho más que el hom­bre en un mon­tón de co­sas. Lo vi­vo to­do el tiem­po. An­te cual­quier co­sa que le di­go a Se­bas­tián, ti­po “No an­da el ai­re acon­di­cio­na­do de tal la­do”, él ya em­pie­za: “qué hin­cha­pe­lo­tas”. Y no es que yo lo sea, sino que él no se da cuen­ta. Y si yo no ha­go

al­go po­de­mos es­tar to­do el año con eso ro­to. Cam­bié mu­cho la mi­ra­da. Soy más so­li­da­ria con otra mu­jer.

-El hu­mor to­da­vía es muy ma­chis­ta...

-To­do lo es por­que re­cién aho­ra los pi­bes es­tán cam­bian­do su ca­be­za. Los de 40 pa­ra arri­ba fui­mos cria­dos con ma­chis­mo en to­dos los ám­bi­tos. Mi for­ma de com­ba­tir es­to es se­guir la­bu­ran­do. Apro­ve­ché las ven­ta­jas de ser mu­jer ha­cien­do hu­mor. Cuan­do em­pe­cé a ha­cer stand up ha­bía mu­cho de “lla­ma­la a Da­lia o a al­gu­na mi­na por­que le da ese to­que de co­lor al show”. Yo lo to­ma­ba co­mo una ven­ta­ja por­que co­mo éra­mos po­cas po­día tra­ba­jar más. Des­pués es­tá en la ca­be­za de una cons­truir al­go só­li­do, ha­cer de­ter­mi­na­da ca­rre­ra. Me pa­só un mon­tón de es­tar con hom­bres que no en­gan­cha­ban con mi hu­mor, no me en­con­tra­ban el lu­gar, te­nían un es­ti­lo co­mo más de ma­chos. Una vez ha­blé con un pro­duc­tor pa­ra de­cir­le que que­ría ha­cer hu­mor y él me mi­ra­ba con ca­ra de: “no te­nés cu­lo y te­tas”, “tam­po­co sos un es­pan­to” ¿Vis­te que an­tes es­ta­ba esa co­sa del lu­gar ri­dícu­lo? Bueno, no te­nía don­de ubi­car­me. Creo que el gran desafío es con­fiar mu­cho en una pro­fe­sio­nal­men­te y que­dar­se en el la­bu­ro, tra­tan­do de que ca­da vez la ba­lan­za se equi­pa­re más.

-Sos un re­fe­ren­te pa­ra mu­chas mu­je­res... ¿Te in­vo­lu­crás en cues­tio­nes fe­mi­nis­tas?

-No soy una aca­dé­mi­ca ni ten­go formación res­pec­to del fe­mi­nis­mo. Sim­ple­men­te vi­vo la vi­da así y tra­to de con­ta­giar a los de­más es­ta idea de que nin­gún ser es su­pe­rior a otro. So­mos hom­bres y mu­je­res que te­ne­mos co­sas dis­tin­tas y otras iguales. Es­to im­pli­ca un cam­bio de pa­ra­dig­ma enor­me. Me pa­re­ce que en lo co­ti­diano uno tie­ne mil ve­ces la po­si­bi­li­dad de apor­tar gra­ni­tos de are­na por la igual­dad. Siem­pre que pue­do se­lec­cio­nar a un gru­po de gen­te, tra­to de que sea al­go pa­re­jo, me gus­ta mu­cho el con­te­ni­do de las mu­je­res... A ve­ces me pre­gun­tan si las mu­je­res son más in­te­li­gen­tes y la ver­dad es que pa­ra mí eso va más allá del gé­ne­ro. Pe­ro sí me preo­cu­pa que no ha­ya tan­ta di­fe­ren­cia y tan­ta in­jus­ti­cia.

-¿Fuis­te a la mar­cha del 8M?

-No. Me sen­tí pé­si­mo. Iba a ir di­rec­to del la­bu­ro, pe­ro pa­sé por ca­sa a de­jar al­go y ter­mi­né que­dán­do­me con mis hi­jos acá. Me aga­rró co­mo una cul­pa de ma­dre... Pe­ro que­ría ir por­que creo mu­cho en el po­der fe­me­nino. Que­ría ir a ser par­te de es­to, cuan­do es­ta­mos jun­tas so­mos una co­sa in­ven­ci­ble. Creo que hay mu­cho la­bu­ro por ha­cer, sa­nar mu­cho la au­to­es­ti­ma de tan­tas mu­je­res pa­ra que se pue­dan ir de don­de se tie­nen que ir. Es un ca­mino muy lar­go, de mu­cho tra­ba­jo in­terno. Fue un día his­tó­ri­co y creo que no hay otra ma­ne­ra de en­ten­der­lo que no sea jun­tán­do­nos en­tre no­so­tras. Creo en la fuer­za cuan­do las mi­nas se jun­tan. Y, des­de ya, es­toy a fa­vor to­tal de la des­pe­na­li­za­ción del abor­to.

-¿Don­de te pa­rás en ese pun­to?

-In­ten­to no ser so­ber­bia y evi­to pa­rar­me en el lu­gar de la mi­na que tie­ne la ver­dad de la mi­la­ne­sa por­que es in­so­por­ta­ble. Tra­to. Pe­ro real­men­te en es­te te­ma me pa­re­ce una lo­cu­ra que la gen­te opi­ne si es­tá o no a fa­vor del abor­to cuan­do hay mi­nas mu­rién­do­se y chi­cos na­cien­do en las peo­res con­di­cio­nes, cuan­do no hay edu­ca­ción. No pue­do res­pe­tar a al­guien que es­té en con­tra del abor­to. En un mon­tón de co­sas soy sú­per abier­ta, tra­to de en­ten­der al otro pe­ro que es­tés en con­tra del abor­to no lo en­tien­do. El otro día lo di­je en lo de Jor­ge Rial y mu­cha gen­te me pu­teó... ¡ese fa­na­tis­mo por el em­brión es inex­pli­ca­ble!

-Tan­to vos co­mo Se­bas án sue­len dar de­cla­ra­cio­nes que im­pac­tan, co­mo de­cir que ha­rían un trío o que si es­tán con al­guien más afue­ra del país no pa­sa na­da. ¿Qué tan abier­tos son en reali­dad?

-La ver­dad es que yo sue­lo de­cir lo que di­ría en cual­quier char­la de ami­gas. Y lo pue­do de­cir por­que es­tá to­do muy bien con Se­bas­tián. Son co­sas que pien­so: en mi ima­gi­na­rio es­ta­ría con ocho ti­pos; pe­ro des­pués via­jo y ni lo­ca es­toy con otro pi­be. No me da. Ten­go un hi­jo de cin­co y una hi­ja de diez; en­tre el la­bu­ro y eso no ten­go más ener­gía. En­tien­do que mi­les de mu­je­res vi­ven

de otra ma­ne­ra pe­ro a mí no me da la ca­be­za pa­ra me­ter más gen­te de la que es­tá en mi círcu­lo ni tam­po­co pa­ra en­ros­car­me con otro cha­bón. Qui­zás en otro mo­men­to de mi vi­da sí. Pe­ro to­do lo que di­go lo pien­so de ver­dad, aun­que no lo ha­go.

-Tam­bién di­jis­te que te aburre pen­sar en es­tar con un so­lo hom­bre pa­ra siem­pre pe­ro lle­van 17 años jun­tos...

-¡Tre­men­do! Yo, la ver­dad, me veo con él el res­to de mi vi­da. So­mos una pa­re­ja que cons­tru­ye con mu­cha de­di­ca­ción. En los tiem­pos que co­rren se pier­de muy rá­pi­do el re­gis­tro del otro y los dos es­ta­mos bas­tan­te aten­tos al otro.

-¿Cuál es el se­cre­to pa­ra es­tar jun­tos to­da­vía?

-Me pa­re­ce que tie­ne que ver con sen­tir­nos con­ten­tos con la vi­da que te­ne­mos. Cuan­to más con­ten­to es­tás con vos, me­nos le ti­rás al otro. Por otro la­do, yo in­ten­to que él sea fe­liz. Y él tam­bién. Esas pe­que­ñas co­sas ha­cen que el otro se quie­ra que­dar. No creo en la bue­na suer­te: ha­go mu­chas co­sas pa­ra es­tar bien, pa­ra que mi fa­mi­lia es­té bien. No es que me acues­to y la vi­da me flu­ye, hay un la­bu­ro co­ti­diano pa­ra es­tar bien. La vi­da tie­ne que ver con eso, có­mo en­ca­ra­mos las co­sas que nos pa­san.

-¿Có­mo en­tran los chi­cos en es­ta di­ná­mi­ca?

-En nues­tro ca­so, los pi­bes vi­nie­ron a re con­tra su­mar. Hay pa­re­jas (esas que son sú­per se­xua­les) en las cua­les te­ner hi­jos mue­ve to­do por­que no tie­nen na­da que ver con lo eró­ti­co. Pe­ro pa­ra no­so­tros creo que los chi­cos tra­je­ron un mun­do... Yo no era así an­tes de ser ma­má. Es­ta co­sa más lú­di­ca me sa­lió con la ma­ter­ni­dad. Era más tí­mi­da, mu­cho más in­se­gu­ra y en­ros­ca­da. La ma­ter­ni­dad me dio es­ta co­sa de “bueh, hay que re­sol­ver”, em­pe­cé a fun­cio­nar to­do el tiem­po con pen­sa­mien­to la­te­ral. Así que me pa­re­ce que a no­so­tros nos re­con­tra su­ma­ron. ❖

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