EDUAR­DO SACHERI

Break - - Inglaterra - Por Pa­blo Stein­mann. Fotos: Jo­sé To­lo­mei.

“HE­MOS SOBREDIMENSIONADO AL FÚT­BOL. Y ESO ME FASTIDIA BAS­TAN­TE”

Nos re­ci­be con Te­qui­la, pe­ro no se tra­ta del fa­mo­so des­ti­la­do me­xi­cano sino de su pe­rra bó­xer, la ter­ce­ra ya en una lar­ga di­nas­tía de bó­xers ama­dos por to­da la fa­mi­lia Sacheri. “Mi her­mano es ve­te­ri­na­rio y me di­jo que era una ra­za ideal pa­ra cuan­do te­nés hi­jos chi­cos. Y te­nía ra­zón”. Es­ta­mos en Cas­te­lar, en su ca­sa y há­bi­tat na­tu­ral, don­de ha­ce años vi­ve con su mu­jer Ga­brie­la y sus hi­jos Fran­cis­co (21) y Cla­ra (17). Es­cri­tor y lec­tor em­pe­der­ni­do, pro­fe­sor y li­cen­cia­do en His­to­ria, na­rra­dor, apa­sio­na­do del fút­bol, la char­la y los ami­gos, Eduar­do es un en­tre­vis­ta­do ideal pa­ra es­tos tiem­pos, tan ne­ce­si­ta­dos de gri­tos y fes­te­jos co­mo tam­bién de si­len­cios e in­tros­pec­ción.

-El fút­bol, y en es­pe­cial los mun­dia­les han si­do muy sig­ni ca vos en tu obra y en tu vi­da. ¿Los se­guís vi­vien­do de ma­ne­ra es­pe­cial?

-¿No es ca­si in­de­fec ble que su­ce­da al­go así? Al me­nos en Ar­gen na... -Sí, aun­que tam­bién me re­sul­ta in­de­fec­ti­ble pen­sar en to­do lo que no me gus­ta de los mun­dia­les de aho­ra. En reali­dad es al­go que ex­ce­de al tor­neo y que tie­ne que ver con la ma­ne­ra en que he­mos sobredimensionado el fút­bol a to­do ni­vel. Es al­go que me fastidia bas­tan­te. Yo me crié pen­san­do que el fút­bol era un jue­go muy lin­do y dis­fru­ta­ble, pe­ro no el cen­tro de la vi­da ni de nin­gu­na so­cie­dad. El lu­gar que se le da hoy es to­tal­men­te des­me­su­ra­do. Y los mun­dia­les, le­jos de ser la ex­cep­ción a esa re­gla, son su com­pro­ba­ción má­xi­ma, su epí­to­me. -S lo com­pa­ro con lo más le­jos que ten­go a mano, mi ni­ñez, la ver­dad es que no sien­to que hoy sea­mos más hin­chas del fút­bol que en­ton­ces. No es que nos gus­ta más aho­ra que an­tes, el pro­ble­ma, creo, es que nos he­mos em­bru­te­ci­do en nues­tra ca­pa­ci­dad de in­tere­sar­nos en co­sas múl­ti­ples. Nos he­mos sim­pli­fi­ca­do. Cuan­do yo era chi­co, el fút­bol es­ta­ba le­jos de ocu­par el 70 por cien­to, o más, de las no­ti­cias de ca­da lu­nes de la se­ma­na.

-¿Te­nés al­gún a sbo de ex­pli­ca­ción pa­ra ese cam­bio?

-No, pe­ro es evi­den­te que en las úl­ti­mas dé­ca­das el fút­bol se ha vuelto un fe­nó­meno glo­bal, co­mu­ni­ca­do glo­bal­men­te. Y en ese trán­si­to se ha con­ta­gia­do de la ló­gi­ca de los me­dios, so­bre to­do de la te­le­vi­sión. Y el pro­ble­ma es que ahí la sim­pli­fi­ca­ción y el tra­zo grue­so es­tán a la vuel­ta de la es­qui­na. ¿Es ra­zo­na­ble que va­rios ca­na­les de te­le­vi­sión se pa­sen tar­des en­te­ras con ti­pos vo­ci­fe­ran­do a cá­ma­ra? No. Que un ca­nal lo ha­ga, que dos…. Aho­ra que lo ha­ga un con­jun­to enor­me, to­dos los días… El te­ma es que evi­den­te­men­te al pú­bli­co le gus­ta, o se de­ja ga­nar por la iner­cia, quién sa­be.

-Aun con es­ta mi­ra­da crí ca a cues­tas, acep­tas­te tra­ba­jar en dos en­víos te­le­vi­si­vos de fút­bol (La pa­sión se­gún Sacheri y Es­tu­dio TNT Mun­dial, am­bos por TNT Sports), ¿por qué?

-Es que el fút­bol no de­jó de ser una gran ma­te­ria de dis­cu­sión, de char­la. El te­ma es có­mo lo abor­dás. Si a mí me hu­bie­sen pro­pues­to su­mar­me a un ci­clo de po­lé­mi­cas mi res­pues­ta hu­bie­se si­do no. Creo que se tra­ta de dos pro­pues­tas bien distintas. En el de­ba­te pos­te­rior a ca­da par­ti­do, por ejem­plo, es­ta­ré con gen­te muy in­tere­san­te ( N de la R: Mar­tín Ca­pa­rrós y Her­nán Cas­cia­ri, en­tre otros), a la que le gus­ta ana­li­zar el fút­bol pe­ro des­de di­ver­sas pers­pec­ti­vas, in­cor­po­ran­do la du­da, la in­cer­ti­dum­bre… Y en el otro, la ver­dad es que ca­si no ha­bla­mos de es­te de­por­te. Me­jor di­cho, de­pen­de del en­tre­vis­ta­do. Con ( Mar­ce­lo) Ti­ne­lli cla­ro que la char­la fue por ahí por­que es fut­bo­le­ro y di­ri­gen­te de un club… Pe­ro con Miss Bo­li­via o Clau­dia Piñeiro ha­bla­mos de mil otros te­mas. La ver­dad es que en ge­ne­ral a mí el fút­bol me in­tere­sa mu­cho más co­mo jue­go que co­mo es­pec­tácu­lo. In­clu­so pen­sán­do­lo des­de la li­te­ra­tu­ra.

-Es cu­rio­so por­que mu­chos cuen­tos de fút­bol tam­bién han mi­ra­do al “es­pec­tácu­lo”, a la tribuna…

-Mi­rá, si pien­so en lo que pa­ra mí son los dos más gran­de au­to­res de li­te­ra­tu­ra fut­bo­le­ra te di­ría que no tan­to. En las his­to­rias de Os­val­do So­riano los pro­ta­go­nis­tas siem­pre son los que jue­gan. Y si bien es cier­to que en la ha­bi­tual mul­ti­pli­ci­dad de Fon­ta­na­rro­sa el hin­cha apa­re­ce, lo ha­ce des­de un lu­gar “real”, bien de car­ne y hue­so. No se tra­ta de hin­chas de te­le­vi­sión. La­men­ta­ble­men­te, la te­vé ha co­la­bo­ra­do mu­cho en el des­plie­gue de la cul­tu­ra del aguan­te. Al­go que no me re­pre­sen­ta en na­da.

-¿Tam­po­co te acer­cas­te a ese “cul­tu­ra del aguan­te” de pi­be o ado­les­cen­te?

- No. Cuan­do In­de­pen­dien­te sa­lió cam­peón de la Li­ber­ta­do­res en el ‘84 fui a la can­cha con dos ami­gos, uno de ellos hin­cha de Ro­sa­rio Cen­tral. Eso ya te di­ce bas­tan­te: no íba­mos a ver só­lo a nues­tro club, una fi­nal im­por­tan­te tam­bién nos con­vo­ca­ba. Al fi­nal de ese par­ti­do, nos que­da­mos fes­te­jan­do cer­ca del es­ta­dio. Y de re­pen­te apa­re­ció una hor­da de ba­rras, re­par­tien­do pi­ñas y ro­ban­do a quien tu­vie­ran ade­lan­te. Y re­cuer­do pa­ten­te la sen­sa­ción de de­cir­me a mí mis­mo: yo no ten­go na­da, pe­ro na­da, que ver con es­tos ti­pos.

Fa­ná­ti­co de In­de­pen­dien­te y de los mun­dia­les ha­bla de có­mo ne­ce­si­ta­mos ba­jar­le un cam­bio a nues­tras pa­sio­nes más tri­bu­ne­ras. Ade­más, nos abre las puer­tas de su mun­do más pri­va­do: su mu­jer, sus hi­jos, la es­cue­la y el ba­rrio.

-Fue­ra del fút­bol, ¿con qué ocu­pás tu em­po libre?

-Le­yen­do. To­do lo que pue­da. Tam­bién mi­ro se­ries y pe­lí­cu­las pe­ro la lec­tu­ra me re­sul­ta im­pres­cin­di­ble. Y me en­can­ta.

-¿Es­cri­bís to­dos los días?

-Lo in­ten­to.

-Hay una fra­se muy an gua, al­gu­nos se la atri­bu­yen a Re­na­ta Ad­ler, que di­ce que en el fon­do un es­cri­tor es al­guien que odia es­cri­bir... ¿Coin­ci­dís?

-No di­ría tan­to, pe­ro sí es cier­to que la es­cri­tu­ra tie­ne mu­chos mo­men­tos frus­tran­tes. Y qui­zá sean la ma­yo­ría. A una no­ve­la, por ejem­plo, yo le de­di­co dos años en pro­me­dio y só­lo en el úl­ti­mo tra­mo la co­sa em­pie­za a fluir. Me le­van­to, es­cri­bo, co­noz­co los per­so­na­jes, pue­do cor­tar y se­guir… El res­to del pro­ce­so la es­cri­tu­ra es más un cam­po de ba­ta­lla. Me­ses de frus­tra­cio­nes, en­tor­pe­ci­mien­tos, du­das y re­tro­ce­sos. -¿Se lo mos­trás a al­guien a lo lar­go de ese pro­ce­so? -No. Ne­ce­si­to que es­té muy co­ci­na­do pa­ra em­pe­zar a dar­lo a leer.

-¿In­clu­so a tu pa­re­ja?

-In­clu­so a ella.

-Am­bos tra­ba­jan en la ca­sa, ella co­mo psi­có­lo­ga y vos es­cri­bien­do. ¿ No se mez­clan las áreas?

-(Pien­sa) No, y aun­que sue­ne pa­ra­dó­ji­co, la ver­dad es que no so­le­mos lle­var, o traer, el tra­ba­jo a ca­sa… (son­ríe). Lo que pa­sa es que no­so­tros nos co­no­ce­mos de to­da la vi­da. Nos pu­si­mos de no­vios en quin­to año, ima­gi­na­te. Fui­mos cre­cien­do jun­tos en ca­si to­do.

-¿La “ex­plo­sión Sacheri” no fue un cim­bro­na­zo pa­ra la pa­re­ja?

-Su­pon­go que en al­gún pun­to nos afec­tó a to­dos, in­clui­da la fa­mi­lia. En al­gu­nos as­pec­tos de ma­ne­ra po­si­ti­va y en otros no tan­to. Aho­ra, por ejem­plo, yo via­jo mu­cho más que an­tes, en­tre dos y tres me­ses al año me la pa­so afue­ra. Y eso se sien­te. La ex­po­si­ción es otro te­ma. Es una si­tua­ción un po­co ex­tra­ña ir a ce­nar con mi mu­jer y que me pi­dan una fo­to. Lo mis­mo cuan­do voy a la can­cha con mi hi­jo… Pe­ro creo que to­dos nos he­mos con­cen­tra­do en el la­do po­si­ti­vo del asun­to, que se tra­ta de ca­ri­ño y que eco­nó­mi­ca­men­te to­do es­te pro­ce­so fue muy bueno pa­ra no­so­tros.

-Te ca­sas­te con tu no­via del se­cun­da­rio, no sue­le ser lo más co­mún eso…

-Sí, lo sé.

-¿Y cuál es el “se­cre­to” pa­ra un ma­tri­mo­nio tan du­ra­de­ro?

-No lo sé. Su­pon­go que la pa­cien­cia. De par­te de los dos, cla­ro. Y la suer­te tam­bién jue­ga su pa­pel.

-En tu obra otro de los te­mas muy pre­sen­tes es la amis­tad. ¿Quié­nes son hoy tus ami­gos?

-Mis me­jo­res ami­gos son lo que hi­ce es­tu­dian­do His­to­ria, tan­to en el pro- fe­so­ra­do, en Mo­rón, co­mo en la Li­cen­cia­tu­ra, en Lu­ján.

-¿Que­rías ser pro­fe­sor o his­to­ria­dor?

-Un aca­dé­mi­co, cien­to por cien­to. Que­ría me­ter­me a un ar­chi­vo a in­ves­ti­gar y dar só­lo cla­ses es­po­rá­di­cas, a es­tu­dian­tes de la fa­cul­tad. No iba a pi­sar un au­la se­cun­da­ria ja­más en mi vi­da. Ese era mi plan.

-¿Y qué pa­só?

-La vi­da me obli­gó a cam­biar. Pri­me­ro por­que esas cla­ses se trans­for­ma­ron en

El pro­ble­ma, creo, es que nos he­mos em­bru­te­ci­do en nues­tra ca­pa­ci­dad de in­tere­sar­nos en co­sas múl­ti­ples. Nos he­mos sim­pli­fi­ca­do.

Con mi mu­jer nos pu­si­mos de no­vios en quin­to año, fui­mos cre­cien­do jun­tos en ca­si to­do. ¿Se­cre­tos? Su­pon­go que la pa­cien­cia. De par­te de los dos, cla­ro.

el sos­tén de mi fa­mi­lia du­ran­te mu­cho tiempo y se­gun­do, y fun­da­men­tal, por­que en­con­tré mu­chí­si­mo en esas au­las. Aún hoy dis­fru­to mu­cho de la di­ná­mi­ca de una cla­se.

- ¿Ves mu­chos cam­bios en los chi­cos de hoy?

-(Sus­pi­ra). In­du­da­ble­men­te, hoy los chi­cos en­ta­blan víncu­los mu­chos más horizontales que an­tes. Ha­ce unos 20 años la dis­tan­cia con el pro­fe­sor es­ta­ba prác­ti­ca­men­te ase­gu­ra­da. Hoy no. Yo no pre­ten­do ge­ne­rar ver­ti­ca­lis­mos pe­ro soy cons­cien­te de que es­ta­mos an­te una re­la­ción asi­mé­tri­ca. Qui­zá soy muy clá­si­co en eso, pe­ro no so­mos pa­res, el que sa­be his­to­ria soy yo. Y soy el adul­to, el que po­ne las pau­tas. Lo cual no sig­ni­fi­ca que no con­tem­ple los de­seos, las pre­fe­ren­cias de los alum­nos. Al con­tra­rio, es ca­si vi­tal ha­cer­lo. Los víncu­los afec­ti­vos con los alum­nos no al­can­zan por sí so­los pe­ro a la vez son im­pres­cin­di­bles.

-¿Vis­te la se­rie Mer­lí?

-Vi unos ca­pí­tu­los pe­ro no me en­tu­sias- mó de­ma­sia­do. Me de­jó con la sen­sa­ción de que los guio­nis­tas no pa­sa­ron por la es­cue­la se­cun­da­ria…

-¿Qué les su­ce­de a tus alum­nos con el he­cho de te­ner a Sacheri en el au­la?

-A al­gu­nos les lla­ma la aten­ción ver­me ahí. Pe­ro es al­go que su­ce­de y fi­na­li­za en la pri­me­ra cla­se, en­se­gui­da se di­si­pa. Si hay una lec­ción que me de­ja­ron es­tos 20 años de do­cen­cia es que cual­quier pa­pi­ro o ven­ta­ja que trai­gas de afue­ra, no sir­ve de na­da en el au­la. To­do de­be va­li­dar­se ahí, siem­pre.

-La úl ma, ¿creés que po­drías de­di­car­le al­gu­na vez un cuen­to a Mes­si co­mo ya le hi­cis­te a Ma­ra­do­na (Me van a te­ner que dis­cul­par)?

-Sí, pe­ro no mien­tras Mes­si jue­gue. Por mi ma­ne­ra de es­cri­bir, ne­ce­si­to sa­lir de la co­yun­tu­ra y de­jar que las co­sas se re­la­jen. Ne­ce­si­to po­der ver­las en el es­pe­jo re­tro­vi­sor. Ese tex­to de Ma­ra­do­na lo es­cri­bí en 1996, cuan­do Die­go era prác­ti­ca­men­te un ex ju­ga­dor y ya se po­día en­tre­ver lo que ven­dría des­pués. Pe­ro ne­ce­si­té del tiempo pa­ra ha­cer­lo. De la pau­sa, de la his­to­ria... Co­mo siem­pre. ❖

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