CLAU­DIA PI­ÑEI­RO

Es la no­ve­lis­ta ar­gen­ti­na que más ven­de. Aquí, ale­ja­da de la po­lé­mi­ca que la tu­vo es­te año en el centro de es­ce­na por la ley del abor­to, ha­bla so­bre su ru­ti­na, el rol de ma­dre y de su pa­re­ja, Ri­car­do Gil La­ve­dra.

Break - - Entrevista - Por Fernando Go­mez Dos­se­na. Fotos: Jo­sé To­lo­mei.

Tra­ba­ja­ba co­mo au­di­to­ra (es­tu­dió Ciencias Eco­nó­mi­cas) en una em­pre­sa mul­ti­na­cio­nal y via­ja­ba mu­chí­si­mo a Bra­sil. Un día en el avión le­yó un avi­so en El Cro­nis­ta (“El dia­rio que te­nía siem­pre en ese mo­men­to”, acla­ra) de un con­cur­so de no­ve­la eró­ti­ca y en un arran­que de lo­cu­ra e ilu­sión de­ci­dió ano­tar­se. Fue fi­na­lis­ta con su es­cri­to El se­cre­to de las ru­bias y así co­men­zó una exi­to­sí­si­ma ca­rre­ra co­mo au­to­ra y guio­nis­ta de te­le­vi­sión, ci­ne y tea­tro. Por su­pues­to, aban­do­nó la com­pa­ñía pa­ra la cual tra­ba­ja­ba y de­jó que su vo­ca­ción in­va­die­ra su vi­da: las no­ve­las Tu­ya, Ele­na sa­be, Las grie­tas de Ja­ra y Be­ti­bú fue­ron su­ce­sos de ven­tas en Ar­gen­ti­na y tu­vie­ron mu­cha re­per­cu­sión en La­ti­noa­mé­ri­ca y Es­pa­ña. El mes pa­sa­do lan­zó Quién no, el pri­mer li­bro de cuen­tos que edi­tó jun­to a editorial Al­fa­gua­ra.

- ¿ Re­cor­dás cuán­do fue la pri­me­ra vez que tu­vis­te co­ne­xión con la li­te­ra­tu­ra?

-Yo es­cri­bo des­de que sé es­cri­bir. Re­cuer­do que me mar­có mu­cho el li­bro Chi­co Car­lo de Jua­na de Ibar­bou­rrou, que tie­ne un cuen­to que se lla­ma La man­cha de hu­me­dad y tra­ta de un chi­co que so­bre su ca­ma tie­ne una man­cha y a raíz de ella in­ven­ta his­to­rias. Su­pon­go que me sen­tí muy iden­ti­fi­ca­da con el per­so­na­je (son­ríe). En mi ca­sa ha­bía una biblioteca muy chi­qui­ta y no se com­pra­ban li­bros ha­bi­tual­men­te por­que no so­bra­ba la pla­ta, pe­ro se va­lo­ra­ba la lec­tu­ra. Un año me pi­die­ron leer en el colegio Re­la­to de un nau­fra­go de Ga­briel Gar­cía Már­quez y me enojé por­que pen­sa­ba que no me iba a in­tere­sar, pe­ro cuan­do lo em­pe­cé a leer en­con­tré un li­bro ex­tra­or­di­na­rio. Fue una gran lec­ción de lec­tu­ra y es­cri­tu­ra.

-Sos la no­ve­lis­ta que más ven­de en el país y de gol­pe lan­zas­te un li­bro de cuen­tos, ¿por qué?

-Sí, en reali­dad, yo soy no­ve­lis­ta por­que pu­bli­qué no­ve­las, pe­ro eso no sig­ni­fi­ca que no es­cri­ba cuen­tos. Es­tos cuen­tos fue­ron escritos a lo lar­go de los úl­ti­mos 15 años. De to­dos mo­dos, yo creo que soy más no­ve­lis­ta que cuen­tis­ta. A mí na­tu­ral­men­te me apa­re­ce una ima­gen en la men­te y lo más pro­ba­ble es que se me que­de ins­ta­la­da en la ca­be­za has­ta que se con­vier­ta en una no­ve­la. Es­ta vez no qui­se ha­cer un com­pi­la­do de cuen­tos agru­pa­dos por que sí, sino que bus­qué un hi­lo con­duc­tor en los re­la­tos, en es­te ca­so, el po­ner­se en lu­gar del otro, ser em­pá­ti­co.

-¿Te­nés una ru na de es­cri­tu­ra?

-Cuan­do mis hi­jos eran chi­cos es­cri­bía has­ta que re­gre­sa­ban de la escuela. Des­pués me des­or­de­né un po­co en cuan­to a los ho­ra­rios. Sí soy una per­so­na de es­cri­tu­ra diur­na por­que me cues­ta mu­cho con­cen­trar­me de no­che. Qui­zá pue­do le­van­tar­me a las cua­tro o cin­co de la ma­ña­na pa­ra se­guir es­cri­bien­do, pe­ro eso ya cuen­ta co­mo el día si­guien­te. Es­cri­bo en compu­tado­ra des­de siem­pre por­que es­tu­ve muy co­nec­ta­da a la tec­no­lo­gía por mi tra­ba­jo co­mo au­di­to­ra y apar­te por­que mi le­tra es ho­rri­ble, ni yo la en­tien­do.

-¿Qué le de­jó a la es­cri­to­ra la for­ma­ción en Ciencias Eco­nó­mi­cas?

- Cuan­do tra­ba­jé co­mo guio­nis­ta de te­le­vi­sión no­té que te­nía una ru­ti­na de tra­ba­jo di­fe­ren­te a la de mis com­pa­ñe­ros que ve­nían de las le­tras. A ellos les cos­ta­ba más res­pe­tar los pla­zos de en­tre­ga, por ejem­plo. Ese or­den me lo dio mi pro­fe­sión an­te­rior.

-¿Te­nés to­da­vía al­gún víncu­lo con los nú­me­ros o con la con­ta­bi­li­dad?

-No, so­la­men­te cuan­do me man­dan los de­re­chos li­qui­da­dos. Ha­go co­mo una es­pe­cie de re­vi­sión y siem­pre des­cu­bro que es­tá in­con­sis­ten­te (son­ríe). Me re­sul­ta más fá­cil que a otros co­le­gas dar­me cuen­ta de esas co­sas.

-An­tes de ser es­cri­to­ra es­cri­bías en tu em­po li­bre, cuan­do te con­ver ste en au­to­ra, ¿có­mo co­men­zas­te a ocu­par ese es­pa­cio?

-Me gus­ta mu­chí­si­mo ir al tea­tro, a pe­sar de que es par­te de mi tra­ba­jo por­que tam­bién es­cri­bo obras, pe­ro lo vi­vo de una for­ma muy lú­di­ca y pla­cen­te­ra.

-¿Qué so­lés ver?

-De to­do, pe­ro voy mu­cho al cir­cui­to más off y tam­bién al cir­cui­to pú­bli­co co­mo el Tea­tro San Mar­tín o el Cer­van­tes. Me pa­re­ce que en los úl­ti­mos años han da­do co­sas muy bue­nas. La di­rec­ción de Ale­jan­dro Tan­ta­nian en el Cer­van­tes co­mo la de Te­ler­man en el San Mar­tín han apor­ta­do pro­pues­tas muy in­tere­san­tes.

-¿Ha­cés otra ac vi­dad?

-Me gus­ta ca­mi­nar, mi­rar pe­lí­cu­las

“ME PER­TUR­BA MU­CHO LA FI­NI­TUD DE LA VI­DA”

y leer. To­do el tiem­po es­toy leyendo. Siem­pre ten­go un li­bro por ahí, sea por tra­ba­jo o por pla­cer.

-¿Prac cás de­por­te?

-Ca­mino, na­da más. Ha­ce mu­chos años ju­ga­ba mu­cho al te­nis, pe­ro un día lo aban­do­né y nun­ca más vol­ví (son­ríe).

-¿Por al­go en es­pe­cial?

-Pri­me­ro, por­que te­nía mu­chas con­trac­tu­ras, se­gun­do por­que me di cuen­ta de que era una es­pe­cie de im­po­si­ción fa­mi­liar. A mi pa­pá le im­por­ta­ba mu­cho que yo hi­cie­ra co­sas no tí­pi­cas de mu­jer de esa épo­ca. No que­ría que fue­ra a cor­te y con­fec­ción con mis ami­gas ni a gui­ta­rra, sino a es­tu­diar a la fa­cul­tad y a ha­cer de­por­tes.

- ¿Qué co­sas te cal­man o te ba­jan a erra?

-Es­cri­bir. Me cen­tra, me po­ne en eje y ha­ce que las de­más co­sas pier­dan al­go de pe­so. Es un lu­gar en el cual me pue­do re­fu­giar.

-¿Có­mo sos y fuis­te co­mo ma­má?

-Muy ob­se­si­va con mu­chas co­sas y po­co ob­se­si­va con otras. Hay te­mas que me im­por­ta­ban mu­cho, y hay otros que me­nos. Por ejem­plo, me me­tía mu­cho con la ta­rea es­co­lar, y qui­zás me­nos con preparar la co­mi­da o ese ti­po de co­sas. Co­mo ener­gías re­par­ti­das. Pe­ro, la ver­dad, es que me han pa­de­ci­do bas­tan­te.

-¿Y aho­ra que tus hi­jos son adul­tos?

-Ten­go una re­la­ción muy amis­to­sa, muy de pa­res. Yo sé que los pa­dres no de­ben ser ami­gos de los hi­jos, pe­ro sí que tie­ne que ha­ber un diálogo. Siem­pre me di­vier­te mu­cho ha­blar con mis hi­jos de mu­chos te­mas, de los cua­les ellos me en­se­ñan mu­cho tam­bién.

-¿Ellos (Ra­mi­ro, To­más y Lu­cía) son tus lectores?

-Por dis­tin­tas eta­pas uno es más lec­tor que otro. Hay uno que lee ca­si to­do lo que es­cri­bo, hay otros que leen in­ter­mi­ten­te­men­te. Cuan­do es­cri­bo no­tas, mu­chas ve­ces se las pa­so a ellos pa­ra que me den su opi­nión. Mi hi­ja es la que me de­tec­ta con ma­yor per­fec­ción los erro­res.

-¿Qué rol ocu­pan los via­jes en tu vi­da?

-Via­jo mu­cho a lu­ga­res im­pen­sa­dos por­que me in­vi­tan a fes­ti­va­les li­te­ra­rios. Via­jar es una ma­ne­ra de en­ri­que­cer lo que es­cri­bo. Es­toy sú­per agra­de­ci­da aun­que bas­tan­te can­sa­da, más aun des­de ha­ce dos años que tu­ve una trom­bo­sis, en­ton­ces an­tes de vo­lar de­bo an­ti­coa­gu­lar­me y via­jar se trans­for­mó en una si­tua­ción de ries­go. En­ton­ces, por un la­do, lo dis­fru­to y, por otro, me gus­ta bas­tan­te que­dar­me en ca­sa.

-¿Te­nés lu­ga­res que te gus­ten mu­cho o te ha­yan im­pac­ta­do?

-Por­tu­gal y Croa­cia, que co­no­cí re­cien­te­men­te, me en­can­ta­ron. En am­bos en­con­tré po­cos tu­ris­tas y lu­ga­res aún no des­cu­bier­tos co­mo Sin­tra o Cas­cais; o Sy­ren­ka y Splitz.

- ¿ Apro­ve­chás pa­ra ha­cer re­co­rri­dos li­te­ra­rios?

-En Por­tu­gal fui a lu­ga­res que se re­la­cio­na­ban con Fernando Pes­soa o a co­no­cer el tran­vía de An­to­nio Ta­buc­chi de la no­ve­la Sos­tie­ne Pe­rei­ra. Tu­ve la suer­te de co­no­cer el res­tau­ran­te al que iba Jo­sé Sa­ra­ma­go y me sen­té en la si­lla que él usa­ba. Ese ti­po de co­sas le apor­ta un ha­lo de ma­gia a los via­jes.

-¿Có­mo te lle­vás con el inevi­ta­ble pa­so del em­po?

-El pa­so del tiem­po vin­cu­la­do a la ve­jez no me im­por­ta tan­to, lo que sí no me gus­ta es la muer­te. Es al­go que, jus­ta­men­te, apa­re­ce mu­cho en mi li­te­ra­tu­ra, por­que me per­tur­ba mu­cho la fi­ni­tud de la vi­da.

-¿Y creés en al­go pa­ra so­bre­lle­var ese te­mor?

-No, no creo en na­da. En la lu­cha de es­te año tu­vi­mos que to­le­rar mu­chas agre­sio­nes des­de las igle­sias. Yo vengo de una fa­mi­lia ca­tó­li­ca, fui a colegio de mon­jas, iba a la mi­sa to­dos los do­min­gos has­ta los 26 años. Un día di­je: “Yo en es­to no creo”. Me di cuen­ta de que fi­nal­men­te los ateos te­ne­mos que de­cir que so­mos ateos, por­que pa­re­ce que fue­ra una ver­güen­za ad­mi­tir­lo, co­mo si ve­nie­ras “fa­lla­do”. Res­pe­to que la otra per­so­na crea en de­ter­mi­na­das co­sas, pe­ro pa­ra mí es un cuen­to. En­ton­ces pi­do un po­co más de em­pa­tía con el ateo.

- ¿Có­mo con­flu­yen tu mun­do y el de Ri­car­do? ¿Qué com­par­ten?

-Com­par­ti­mos mu­chas co­sas por­que a él le en­can­ta leer y a mí me in­tere­sa mu­cho la po­lí­ti­ca no par­ti­da­ria. Yo no soy de nin­gún par­ti­do, pe­ro to­do lo que él me cuen­ta me in­tere­sa. Ri­car­do es un gran lec­tor, leee ra­pi­dí­si­mo y siem­pre es­tá al tan­to de mis escritos. Es­ta­mos los dos pa­ra­dos en el mis­mo lu­gar y pen­sa­mos igual en te­mas im­por­tan­tes co­mo el abor­to, por ejem­plo. Ade­más, él es una per­so­na muy en­tre­te­ni­da. La ima­gen pú­bli­ca es de un hom­bre se­rio, pe­ro es mu­cho más di­ver­ti­do y gra­cio­so que yo.

-¿Te­nés al­gún sueño por cum­plir aún?

-Al­gu­na vez me pre­gun­ta­ron eso y di­je: “To­car el tam­bor, bai­lar flamenco” (ri­sas). No hay gran­des co­sas que me fal­ten ha­cer. Si mis hi­jos de­ci­den te­ner hi­jos, me gus­ta­ría co­no­cer a esos nie­tos. No ten­go otro pen­dien­te an­tes de mo­rir­me. ❖

Es­cri­bir me cen­tra, me po­ne en eje y ha­ce que las de­más co­sas pier­dan al­go de pe­so. Es un lu­gar en el cual me pue­do re­fu­giar. La ima­gen pú­bli­ca de Ri­car­do (Gil La­ve­dra) es de un hom­bre se­rio, pe­ro es­mu­cho más di­ver­ti­do y gra­cio­so que yo. Es una per­so­na muy en­tre­te­ni­da.

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