“NO LE CIE­RRO LAS PUER­TAS A LA PA­TER­NI­DAD” HUM­BER­TO TORTONESE SE CON­FIE­SA EN LA IN­TI­MI­DAD DE SU CA­SA

En el jar­dín de su hogar ubi­ca­do en el co­ra­zón de Pa­ler­mo y acom­pa­ña­do por su pe­rri­ta, Alicia, el ac­tor ha­bló de su vi­da en pa­re­ja, sus sue­ños y el re­es­treno de la “Obra de Dios”, en el Tea­tro Mai­po.

Caras - - ESTILO - Por Fe­de­ri­co Le­vin (Pro­duc­ción Alicia Blan­co)

Con una son­ri­sa am­plia y ges­tos que pue­den de­la­tar in­fi­ni­tos es­ta­dos, Hum­ber­to Tortonese (53) abre las puer­tas de su hogar, “Tor­to­land” en el que se amal­ga­man a la per­fec­ción la na­tu­ra­le­za y el ar­te. Si bien por fue­ra só­lo se ve una puer­ta do­ble y un fren­te ce­rra­do, den­tro de la ca­sa flu­ye una ener­gía de paz y am­bien­tes am­plios que el ac­tor se en­car­gó de cons­truir con un ar­qui­tec­to ami­go.

La ca­sa tie­ne un enor­me jar­dín con pi­le­ta y las pa­re­des del ex­te­rior ta­pa­das por una en­re­da­de­ra ver­de que ener­gi­za el lu­gar. Hay un si­llón de piel, una ba­cha cons­trui­da com­ple­ta­men­te con ve­ne­ci­tas, al igual que las tres ca­be­zas de ciervo que le di­se-

ñó una ami­ga. Las fo­tos de su ex pa­re­ja el fo­tó­gra­fo, Mar­cos Zim­mer­mann, con quien com­par­tió su vi­da 24 años, de­co­ran la sa­la de es­tar mien­tras que en el es­pa­cio ver­de del fren­te de la ca­sa con­vi­ven una ara­ña de lu­ces y una es­cul­tu­ra de un cer­do. Tam­bién hay un sa­po en el li­ving y un ve­la­dor con la for­ma de un co­ne­jo. Así es el re­fu­gio de Hum­ber­to Tortonese quien con­vi­ve allí con su pa­re­ja, el chef Ni­co­lás Mi­lo­ro.

A días de ha­ber es­tre­na­do la se­gun­da tem­po­ra­da de “La Obra de Dios”, en el tea­tro Mai­po, el ar­tis­ta ha­bló de to­do: su hogar, su pa­re­ja y sus de­seos. “Es­ta ca­sa la cons­truí yo con un ar­qui­tec­to ami­go. A mis ho­ga­res los ha­go míos con mi to­que per­so­nal, acá vi un te­rreno en ven­ta y di­je ¡es­to quie­ro pa­ra po­der crear mi ca­sa! Amo ca­da co­sa que hi­ci­mos. La pi­le­ta lar­ga pa­ra que pue­da na­dar, las pa­re­des del jar­dín pa­ra que cuel­guen en­re­da­de­ras. La ca­sa es muy im­por­tan­te por­que me gus­ta es­tar en ella. Las co­sas que cues­tan, cuan­do las ha­ces con amor y pa­sión, sa­len bien y des­de que vi el te­rreno le pu­se amor y pa­sión a la cons­truc­ción de la ca­sa”, cuen­ta. —En “La Obra de Dios” en don­de jus­ta­men­te El se apo­de­ra de us­ted, ¿Si fue­ra Dios que le pe­di­ría pa­ra su vi­da?

— Paz. Pe­di­ría paz. Te­ner el po­der de se­guir te­nien­do tran­qui­li­dad pa­ra po­der dis­fru­tar de las co­sas que ven­drán. Aho­ra me sien­to en paz pe­ro ca­da co­sa nue­va es un vér­ti­go en la vi­da y me en­can­ta­ría vi­vir ese vér­ti­go con paz. Es­te re­es­treno lle­ga con ar­mo­nía por­que jus­ta­men­te ya lo es­tre­na­mos. Aho­ra ten­go paz pe­ro no sé has­ta cuan­do me va a du­rar.

—¿Le cues­ta en­con­trar la paz? —No, pa­ra na­da, yo sé las co­sas que me ha­cen bien y me tran­qui­li­zan.

Cuan­do em­pe­zás a to­mar­te las co­sas con hu­mor en­con­trás tran­qui­li­dad. Aho­ra cuan­do te en­con­trás con al­go gra­ve o muy preo­cu­pan­te es di­fí­cil to­mar las co­sas con hu­mor, por eso, si fue­se Dios, pe­di­ría paz cons­tan­te. Te­ner la fuer­za de en­con­trar­la. —Bueno, us­ted ha sa­li­do de si­tua­cio­nes do­lo­ro­sas co­mo se­pa­rar­se tras 24 años en pa­re­ja y vol­vió a en­con­trar el amor.

—Yo es­tu­ve 24 años, pe­ro fue dis-

tin­to por­que de­ci­dí se­pa­rar­me por un tiem­po pa­ra ver si que­ría vol­ver o no, y tu­ve muy cla­ro que no que­ría vol­ver. Aho­ra te­ne­mos una bue­na re­la­ción y nos ve­mos y es­tá to­do bien pe­ro eso lle­vó un tiem­po. Pa­sé mo­men­tos llo­ran­do y no fue­ron fá­ci­les, tu­ve mis días sin paz in­te­rior y ex­te­rior. De Mar­cos me se­pa­ré ha­ce 7 años y al prin­ci­pio cos­tó mu­cho. Hoy te­ne­mos una muy bue­na re­la­ción. Hu­bo que llo­rar y pa­sar por to­dos los es­ta­dos de áni­mo. Una vez que sa­lió eso lle­gó la tran­qui­li­dad.

—Aho­ra es­tá en pa­re­ja ha­ce cua­tro años y con un hom­bre mu­cho más jo­ven que us­ted. ¿Có­mo lle­va la re­la­ción?

—Aho­ra es­toy muy bien. No es­tá bueno cuan­do al­guien se se­pa­ra bus­car una com­pa­ñía in­me­dia­ta, es me­jor es­tar so­lo. Ni­co tie­ne 28, y yo le lle­vó 25 años. El se­cre­to pa­ra es­tar jun­tos es coin­ci­dir en mu­chas co­sas, di­ver­tir­nos, com­par­tir mo­men­tos, reír­nos jun­tos, cri­ti­car jun­tos. La char­la es muy im­por­tan­te. No hay una fór­mu­la pa­ra na­da, po­des co­no­cer a al­guien mu­cho más jo­ven y que funcione o no. En su mo­men­to le di­je que pro­be­mos un año y la re­la­ción flu­yó, fes­te­ja­mos año a año y des­de ha­ce un tiem­po con­vi­ve con­mi­go. Aho­ra que pa­sa­rá más ade­lan­te ya no lo sé. Ha­ce tres años que con­vi­vi­mos, el pri­mer año se que­da­ba mu­cho en ca­sa así que de­ci­di­mos con­vi­vir y apos­ta­mos a la pa­re­ja. Es­ta bueno por­que coin­ci­di­mos en to­do. Cuan­do yo lo co­no­cí le di­je que es­ta­ba mal y él me acom­pa­ñó en ese mo­men­to. Me acom­pa­ñó de via­je y me hi­zo bien en to­do. Fue in­creí­ble por­que si me que­da­ba so­lo iba a ma­qui­nar un mon­tón de co­sas.

—Y aho­ra que tie­ne nue­va­men­te una pa­re­ja afian­za­da, ¿No pa­sa por su ca­be­za ser pa­dre co­mo su ami­go Mar­ley?

—¡Uy…! Mar­ley es­tá sú­per fe­liz. Lo veo ge­nial. Es una per­so­na muy sen­si­ble y aho­ra es­tá a flor de piel y cual­quier co­sa lo ha­ce llo­rar. Me pa­re­ce di­vino que ha­ya to­ma­do es­ta de­ci­sión que ha­ce mu­cho ve­nía pen­san­do. Su­ce­de que él tra­ba­ja mu­cho. Pe­ro aho­ra tie­ne mu­cha gen­te de­trás y pue­de de­di­car­le to­do su tiem­po a su hi­jo. El siem­pre di­jo que en al­gún mo­men­to que­ría ser pa­dre. En cam­bio yo, ten­dría uno de 30 años di­rec­ta­men­te (risas). Lo lin­do de te­ner un hi­jo es la crian­za, yo soy tío, pa­drino, y con eso soy fe­liz y lo dis­fru­to. Igual­men­te, no le cie­rro las puer­tas a la pa­ter­ni­dad, no creo que sea el mo­men­to y creo que jus­ta­men­te ese mo­men­to de ser pa­dre ya pa­só, pe­ro… uno nun­ca sa­be.

La ca­sa del ac­tor fue cons­truí­da por un ar­qui­tec­to ami­go. Allí en su uni­ver­so con­vi­ven mu­chas obras de ar­te. Hay es­cul­tu­ras de un sa­po y un chan­cho, una gran ara­ña en el jar­dín y ca­be­zas de ciervo he­chas con ve­ne­ci­tas.

Hum­ber­to es his­trió­ni­co y mul­ti­fa­cé­ti­co. En su ca­sa ade­más de obras de ami­gos hay una co­lec­ción de fo­tos de su ex pa­re­ja, el fo­tó­gra­fo Mar­cos Zim­mer­mann. To­do siem­pre en un per­fec­to y ar­mo­nio­so or­den.

“Mi hogar es mi re­fu­gio per­ma­nen­te y el lu­gar en don­de siem­pre en­cuen­tro paz, que es lo que más ne­ce­si­to siem­pre.”

Tras 24 años en pa­re­ja y cer­ca de 2 años de so­le­dad, Hum­ber­to con­vi­ve des­de ha­ce tres años con su pa­re­ja, el chef Ni­co­lás Mi­lo­ro, quien tie­ne 25 años me­nos que el que­ri­do ac­tor.

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