“DES­DE QUE SOY MA­DRE, TEN­GO MAS CANDIDATOS”

LUCIANA SALAZAR JUN­TO A SU BEBA, MATILDA

Caras - - REVELACIONES POR HORANGEL - Por Die­go Es­te­ves (pro­duc­ción: Fer­nan­da Vau­dag­na)

Por pri­me­ra vez, Luciana Salazar (37) abre las puer­tas a la in­ti­mi­dad de su nue­vo ho­gar jun­to a Matilda, su hija de un mes fru­to de una su­bro­ga­ción de vien­tre. En la ca­sa de Nor­del­ta no hay ni­ñe­ra y, co­mo sus pa­dres es­tán de va­ca­cio­nes, se acer­có su me­jor ami­ga, Ya­mi­la, pa­ra asis­tir­la con la pro­duc­ción de CARAS. La beba no llo­ra y aun­que la mo­de­lo sea ma­dre pri­me­ri­za, es cons­cien­te que eso es una ben­di­ción ex­tra. “La cam­bio tres ve­ces por día”, ex­pli­ca “Lu­li” pa­ra jus­ti­fi­car los in­con­ta­bles ves­ti­dos y za­pa­tos que ador­nan el clo­set vi­dria­do. Dol­ce & Gab­ba­na, Guc­ci, So­fía Webs­ter, Bur­berry, Fen­di y Ralph Lau­ren son al­gu­nas de las mar­cas in­ter­na­cio­na­les que com­po­nen el ves­tua­rio que se­ría la en­vi­dia de cual­quier mu­jer. El pla­card, la cu­na, la có­mo­da, la me­ce­do­ra, la ara­ña de cris­tal y las flo­res pin­ta­das a mano de las pa­re­des son obra de la am­bien­ta­do­ra Mi­la­gros Res­ta, quien tam­bién de­co­ró su pi­so de Nú­ñez. Así es, Salazar y su hija lle­van una vi­da nó­ma­de en­tre la prac­ti­ci­dad de la Ca­pi­tal y la tran­qui­li­dad y se­gu­ri­dad del ba­rrio pri­va­do.

Du­ran­te la ho­ra que du­re la en­tre­vis­ta ex­clu­si­va con CARAS, re­ve­la­rá que Mar­tín Re­dra­do (56) co­no­ció a Matilda al re­gre­so de sus va­ca­cio­nes en Aus­tra­lia. La úl­ti­ma no­ti­cia en co­mún tu­vo que ver con el re­pro­che pú­bli­co de la actriz cuan­do el eco­no­mis­ta no via­jó con ella a Mia­mi pa­ra el na­ci­mien­to de su beba por­que de­bía asu­mir com­pro­mi­sos la­bo­ra­les. “¿Cuán­do le vas a con­tar la ver­dad a tus hi­jos y a la so­cie­dad?”, le re­cla­mó ella en di­ciem­bre vía Twit­ter. Las ver­sio­nes se dis­pa­ra­ron: ¿Es Re­dra­do el pa­dre de la beba? ¿Fue el do­nan­te? ¿Fi­nan­ció la su­bro­ga­ción? Pre­gun­tas que en ese en­ton­ces no tu­vie­ron res­pues­ta y em­pie­zan a ver la luz en la si­guien­te char­la. —¿Es­tá vi­vien­do en dos ca­sas? —Es­toy en dos ca­sas, en Nor­del­ta y en Nú­ñez. Matilda es nó­ma­de, en am­bos la­dos tie­ne cu­na. Pe­ro Nor­del­ta es don­de pa­sa más tiem­po y tie­ne su cuarto. Que­ría que crez­ca en un lu­gar con ver­de y que po­da­mos pa­sear sin el pe­li­gro de la in­se­gu­ri­dad.

—¿Có­mo se re­par­te en­tre un lu­gar y otro?

—A ve­ces duer­mo acá y otras allá. Si sal­go de no­che, duer­mo allá, y tam­bién

si ten­go que ha­cer al­go muy tem­prano. Pe­ro aho­ra en ve­rano es­toy ins­ta­la­dí­si­ma en Nor­del­ta. —¿Es tran­qui­la Matilda? —Es una beba muy bue­na. Me de­ja dor­mir un mon­tón, tie­ne su cu­na pe­ro por aho­ra duer­me al la­do mío. Tie­ne la “cu­na co­le­cho” que va pe­ga­da a la ca­ma. A la ma­ña­na, cuan­do tie­ne ga­nas de co­mer, en­tre las 7:00 y las 9:00, nos es­tru­ja­mos las dos. Es un mo­men­to úni­co, lo amo, por­que hay una co­ne­xión úni­ca, no pa­ro de de­cir­le “te amo”. No pue­do creer que sea mía. La mi­ro to­do el tiem­po y no pue­do creer te­ner­la, me mue­ro de amor, no quie­ro que crez­ca más. Me tie­ne lo­ca de amor. —¿En qué cam­bió su vi­da? —To­dos los que me ven me di­cen que pa­re­ce que ya tu­vie­ra hi­jos y se sor­pren­den por­que no ima­gi­na­ban que iba a po­der desen­vol­ver­me tan bien. Me ven muy có­mo­da en el rol. —¿Tu­vo al­gún te­mor de ma­dre pri­me­ri­za?

—¡Sí! Al prin­ci­pio te­nía mie­do de las­ti­mar­la al ves­tir­la, so­bre to­do al mo­men­to de po­ner­le las man­gui­tas. Aho­ra es­toy re can­che­ra. —¿La ayu­da al­guien con el cui­da­do de la beba? —Por aho­ra me es­toy arre­glan­do bas­tan­te so­la. Ten­go a “Ya­mi”, mi ami­ga, que me da una mano cuan­do pue­de, y mis pa­dres aho­ra se fue­ron de va­ca­cio­nes así que es­ta­mos so­las con Matilda. Me cues­ta de­jar­la con una ni­ñe­ra, só­lo la pue­do de­jar con gen­te muy cer­ca­na co­mo Ya­mi­la y mi ma­má. El otro día me fui a la pe­lu­que­ría dos ho­ras y les pe­día to­do el tiem­po que me man­den fo­tos pa­ra sa­ber có­mo es­ta­ba. —¿Duer­me de co­rri­do? —Le tie­ne un res­pe­to a la no­che que no en­tien­do, no llo­ra, ape­nas se que­ja. Duer­me seis ho­ras de co­rri­do. Le doy de co­mer ca­da tres ho­ras, pe­ro de no­che si no me pi­de si­go de lar­go. —¿Es ob­se­si­va con su cui­da­do? —Lo nor­mal, só­lo no me gus­ta que la be­su­queen en la ca­ra por­que no es­tá va­cu­na­da to­da­vía. La úni­ca au­to­ri­za­da soy yo por­que soy la ma­má. Por otro la­do, me de­be odiar por­que la cam­bio tres ve­ces por día. Se le cae una go­ti­ta de vó­mi­to y la cam­bio. —¿Cuán­tas mu­das de ropa tie­ne? —Ufff... ¡Mi pa­pá me pre­gun­ta pa­ra qué le si­go com­pran­do! Y tie­ne ra­zón... es que veo al­go y me mue­ro de amor. Tie­ne ves­ti­dos de Dol­ce&Gab­ba­na, za­pa­tos de Guc­ci y So­fía Webs­ter, Bur­berry, un en­te­ri­to de Fen­di y de Ralph Lau­ren di­rec­ta­men­te la co­lec­ción pa­ra el día a día. Si me gus­ta ha­cer­lo con­mi­go, ima­gi­na­te con mi beba. Ya se acos­tum­bró a que la ma­má la cam­bie to­do

el tiem­po.

—¿Se ima­gi­na si se le re­be­la en la ado­les­cen­cia?

—To­do el mun­do me di­ce lo mis­mo, pe­ro con es­ta ma­dre va a ser im­po­si­ble. En ese sen­ti­do creo que va a ser bas­tan­te pa­re­ci­da a mí. Mi her­ma­na es de mi es­ti­lo y la hija le sa­lió igual, así que creo que no le va a que­dar otra que ser co­que­ta.

—¿Có­mo se ima­gi­na crián­do­la so­la, sin un pa­dre? —Acá soy yo y es ge­nial, es­toy fe­liz por eso. Ge­ne­ral­men­te las pa­re­jas se sue­len pe­lear mu­cho por la crian­za. En mi ca­so, mis pa­dres se pe­lea­ban por­que mi pa­pá me mal­cria­ba y mi ma­má me po­nía los lí­mi­tes. En­ton­ces, mi ma­má era la bru­ja y mi pa­pá era el bueno. Acá soy yo, al que le gus­ta bien y al que no tam­bién. No quie­ro que sea una ne­na con­sen­ti­da y ca­pri­cho­sa. Si bien es muy be­bi­ta, cuan­do veo que llo­ra un po­qui­to y no es por­que ten­ga ham­bre o sue­ño, tra­to de de­jar­la un po­co y le ha­blo mu­cho.

—¿Sien­te la fal­ta de ha­ber­la ges­ta­do?

—Me cos­tó mu­cho la de­ci­sión de su­bro­gar por­que no era lo que que­ría, pe­ro tam­po­co me pue­do mor­ti­fi­car to­da mi vi­da. Oja­lá en al­gún mo­men­to lo pue­da ha­cer, pe­ro Matilda vino de es­ta for­ma y la es­toy dis­fru­tan­do a más no po­der. —¿Su­peró sus ex­pec­ta­ti­vas? —Sin du­da, en to­do sen­ti­do de la pa­la­bra. Cuan­do es­toy so­la con ella pien­so que quie­ro lo me­jor, que sea fe­liz, le di­go que la amo en dos idio­mas, co­mo es yan­kee... (ri­sas) ¡le di­go I lo­ve you y Te amo!

—¿Pien­sa na­cio­na­li­zar­la ar­gen­ti­na? —Aho­ra es ex­tran­je­ra, pe­ro co­mo no pue­de es­tar más de tres me­ses en el país, le ten­go que ha­cer la re­si­den­cia ¡Sino me la de­por­tan y tie­ne que vol­ver­se a Sa­ra­so­ta! (Ri­sas) Quie­ro que ten­ga la do­ble na­cio­na­li­dad pe­ro voy a es­pe­rar un po­co más. Pe­ro no la ha­ría re­nun­ciar a su ciu­da­da­nía ame­ri­ca­na por­que ella na­ció ahí y to­do el pro­ce­di­mien­to lo hi­ce en ese lu­gar, des­de la con­ge­la­ción de óvu­los a la con­cep­ción. Sí tie­ne la po­si­bi­li­dad de ser ar­gen­ti­na. —¿Tie­ne re­la­ción con la ges­tan­te? —No que­dé con tan­to diá­lo­go, ella in­ten­tó más que nada por su hija, pe­ro ya es­tá pa­ra mí. No fue fá­cil pa­ra mí, no la pa­sé bien, to­do el pro­ce­so des­de que se ges­tó, así que hay co­sas que pre­fie­ro bo­rrar de mi ca­be­za. Des­de el día que me en­tre­ga­ron a mi hija, fue “chau pa­sa­do”.

—¿Por qué cree que en su ca­so, a di­fe­ren­cia de otros fa­mo­sos co­mo Fla­vio Men­do­za, Mar­ley e in­clu­so Ri­car­do Fort, ge­ne­ró tan­tas crí­ti­cas la de­ci­sión de su­bro­gar? —Flor de la V di­jo una vez que no me per­do­na­ban el he­cho de ser un sex sym­bol. Si hu­bie­se si­do una actriz del un­der o des­co­no­ci­da no me hu­bie­sen pe­ga­do tan­to. Es­to no es de aho­ra, a mí siem­pre me cri­ti­ca­ron por cual­quier co­sa. Me acos­tum­bré. Lo que opi­ne la gen­te, me im­por­ta nada. En Es­ta­dos Unidos, Jen­ni­fer Anis­ton y Kim Kar­das­hian su­bro­ga­ron y no las cri­ti­ca­ron. Allá los ca­sos son mu­cho más nor­ma­les. Ade­más uno no pue­de juz­gar si no sa­be por qué esa per­so­na no pu­do lle­var­lo de la

“De 7:00 a 9:00, nos es­tru­ja­mos en la ca­ma. Es un mo­men­to úni­co, no pue­do creer que sea mía, me tie­ne lo­quí­si­ma de amor.”

ma­ne­ra que hu­bie­se que­ri­do. Hu­bie­se pre­fe­ri­do en­gor­dar 20 mil ki­los a vi­vir to­do lo que vi­ví, es una es­tu­pi­dez pen­sar que fue por­que no que­ría que me cam­bie el cuer­po. Pa­ra mí fue mu­cho más su­fri­do. Es­toy tan tran­qui­la des­de ese pun­to que no me afec­ta.

—De to­das ma­ne­ras ne­ce­si­tó un so­por­te psi­co­ló­gi­co...

—Sí, pa­ra to­mar la de­ci­sión lo ne­ce­si­té. Fue muy di­fí­cil, era aho­ra o nun­ca, es­ta­ba en­tre la es­pa­da y la pa­red. No lo quie­ro re­cor­dar por­que fue un día ho­rri­pi­lan­te.

—¿Tu­vo que to­mar la de­ci­sión en un día es­pe­cí­fi­co?

—Sí, fue muy du­ro, fue uno de los peo­res días de mi vi­da. Ha­bía mu­cha co­sa de­trás que no pue­do con­tar, pe­ro lle­gué a la psi­có­lo­ga llo­ran­do. Era jus­to el día en que se de­fi­nía si se ha­cía o no la trans­fe­ren­cia (mo­men­to en que se im­plan­ta el em­brión en la ges­tan­te). El pa­sa­do ya es pa­sa­do y Matilda se lle­vó pues­to to­da esa ma­la­ria que vi­ví y ya no me im­por­ta más nada. Po­dría vi­vir ese do­lor 20 mil ve­ces sa­bien­do que iba a te­ner es­ta her­mo­su­ra en mis bra­zos. —¿Si­gue ha­cien­do te­ra­pia? —No, fue en ese ca­so par­ti­cu­lar por­que te­nía un te­ma com­pli­ca­dí­si­mo. La agen­cia que lle­va ade­lan­te la su­bro­ga­ción ade­más te acon­se­ja que reali­ces un che­queo psi­co­ló­gi­co pre­vio. Mi te­ma fun­da­men­tal era si iba a te­ner co­ne­xión con Matilda al co­no­cer­la. Por suer­te fue tan in­me­dia­to, tan ins­tan­tá­neo, que no lo pu­de creer. Es­toy flas­hea­da.

—¿A qúe atri­bu­ye esa co­ne­xión in­me­dia­ta con Matilda? —Me ayu­dó Dios, me dio una mano des­pués de to­do lo que su­frí, es co­mo si me hu­bie­se di­cho: “Aho­ra te doy lo más lin­do, des­pués de que te ma­cha­qué...”. —¿Es cre­yen­te? —Soy ca­tó­li­ca de adop­ción, por mis pa­dres, pe­ro no creo en la re­li­gión, sí creo en un dios igual pa­ra to­dos. Ni que se lla­me Je­sús, Da­vid o Bu­da. Las re­li­gio­nes son sec­tas, así las veo. Ca­da

una quie­re la­var­le el ce­re­bro a las per­so­nas. Creo que to­dos so­mos igua­les y te­ne­mos un mis­mo dios que nos creó y le de­be­mos agra­de­ci­mien­to y res­pe­to.

—¿Es­tá de acuer­do con le­ga­li­zar el abor­to, una prác­ti­ca re­sis­ti­da por la Igle­sia?

—De­be­ría exis­tir por­que ca­da uno es libre de ha­cer con su cuer­po lo que quie­ra. Si es­tá bien o no, ca­da uno lo lle­va en su mo­ral. Si me hu­bie­se pa­sa­do, ja­más hu­bie­se abor­ta­do, sal­vo si hu­bie­se si­do vio­la­da. Soy muy res­pe­tuo­sa de la gen­te y de lo que ca­da uno ha­ga de su vi­da siem­pre que no jo­ro­be a los de­más. Hay mu­chas mu­je­res que mue­ren en abor­tos clan­des­ti­nos por in­fec­cio­nes y eso tam­po­co es­tá bien. El abor­to de­be­ría ser le­gal.

—¿Si­guió el de­ba­te en los me­dios so­bre el fe­mi­nis­mo? —Lo es­tu­ve eva­luan­do y me pre­gun­to por qué to­das son tan ex­tre­mis­tas, es­tá la que re de­fien­de al hom­bre y la que re de­fien­de a la mu­jer. Hay que ser más equi­li­bra­do en la vi­da. Me pa­re­ce per­fec­to que la mu­jer lu­che por te­ner los mis­mos de­re­chos que el hom­bre en cuan­to a ga­nar de la mis­ma for­ma, se la res­pe­te más, to­do eso lo veo per­fec­to. Pe­ro que­rer ser igual que el hom­bre en el sen­ti­do de ocu­par el rol mas­cu­lino, eso no me gus­ta. No­so­tras so­mos mu­je­res y amo ser mu­jer. Es­tá per­fec­to lu­char por los de­re­chos de igual­dad, pe­ro no ser hom­bres. No te­ne­mos que ser ni más ni me­nos que los hom­bres. No hay nada más lin­do que la fe­me­nei­dad y de­li­ca­de­za de la mu­jer.

—¿Qué pien­sa acer­ca de los aco­sos la­bo­ra­les que hu­bo en el Me­dio?

—Es­toy to­tal­men­te en con­tra de que se obli­gue a la mu­jer a rea­li­zar cier­tas co­sas pa­ra con­ser­var su tra­ba­jo. Yo lo vi­ví, ja­más voy a de­cir quién es la per­so­na, por­que en ese mo­men­to tu­ve las aga­llas y se lo con­té a una pro­duc­to­ra pa­ra la que es­ta­ba tra­ba­jan­do y su­pe de­fen­der­me. Por eso no lo cuen­to. Si no hu­bie­se te­ni­do el ca­rác­ter o la per­so­na­li­dad pa­ra po­der de­fen­der­me, tal vez lo hu­bie­se con­ta­do. Aho­ra ya es­tá, su­pe po­ner un freno en ese mo­men­to.

—¿Es­tá ha­blan­do de una per­so­na fa­mo­sa?

—Sí, por su­pues­to. Creo que ca­si to­das las mu­je­res que es­ta­mos ex­pues­tas fí­si­ca­men­te vi­vi­mos una si­tua­ción que no nos gus­tó. Siem­pre tu­ve co­ra­je y pu­de de­fen­der­me. Otras mu­je­res ne­ce­si­tan con­tar­lo pa­ra te­ner una for­ma de que al­guien las pue­da pro­te­ger. En ese mo­men­to, lo char­lé y se so­lu­cio­nó. —¿Cree que la mu­jer es cul­pa­ble en al­gún sen­ti­do?

—Pa­ra nada. En mi ca­so a es­ta per­so­na no le in­si­nué nada. Lo bueno es que me pu­de de­fen­der de es­ta si­tua­ción por­que era muy chi­ca y re­cién em­pe­za­ba.

Si­gue tra­ba­jan­do y me la cru­cé mil ve­ces, pe­ro co­mo su­pe po­ner el freno, la per­so­na lo en­ten­dió. Fue un aco­so.

—¿Qué opi­na acer­ca del lin­cha­mien­to me­diá­ti­co que vi­ve Ro­ber­to Pe­ti­nat­to de par­te de mu­chas mu­je­res?

—En ese mo­men­to esas mu­je­res no pu­die­ron de­fen­der­se y sien­ten la ne­ce­si­dad de con­tar­lo, y no me pa­re­ce mal. Yo no lo ha­go por­que lo pu­de so­lu­cio­nar ha­blan­do con la pro­duc­ción. Des­pués de eso, me sen­tí bien. —¿Qué pien­sa cuan­do sube una fo­to sexy a re­des so­cia­les y la acu­san de co­si­fi­car a la mu­jer?

—Ca­da uno es libre de ha­cer lo que quie­re con su vi­da, te gus­te o no, es­tés de acuer­do o no. Si me sa­co una fo­to exu­be­ran­te, no mo­les­to a na­die. En tal ca­so, si me ha­ce bien o no es un te­ma mío, en qué afec­ta o cam­bia al otro. Yo no re­pre­sen­to a to­das las mu­je­res, no es­toy pen­san­do en las de­más mu­je­res. Só­lo pien­so en vi­vir mi vi­da. Mi úni­co lí­mi­te es no per­ju­di­car al otro. Yo na­cí de es­ta for­ma, no me hi­ce sexy de un día pa­ra el otro. Yo te­nía pro­ble­mas de chi­ca en el co­le­gio o en los lu­ga­res a los que iba por­que siem­pre iba des­fi­lan­do. Mi ma­má me di­ce que era una se­duc­to­ra full ti­me. Es al­go in­na­to y for­ma par­te de mi per­so­na­li­dad. Se­du­cir en el sen­ti­do de cap­tar la aten­ción del otro, de ser em­pá­ti­ca. Lo mis­mo ha­go con mi hija, quie­ro que me ame, que me vea y que me es­cu­che y se pon­ga lo­ca de amor.

—¿Qué le pa­sa­ría si al­guien aco­sa a Matilda el día de ma­ña­na?

—Lo ma­to. Oja­lá que ella se pue­da de­fen­der y no sea mie­do­sa. Me en­can­ta­ría po­der trans­mi­tir­le mi se­gu­ri­dad de en­fren­tar la si­tua­ción y no po­ner­se mal. Yo me ban­qué bull­ying en el co­le­gio y quie­ro que ella pue­da de­fen­der­se por sí mis­ma, y sino sal­go yo a ma­tar a quien sea.

—¿No cree que se es­tá ata­can­do al

¿Si Mar­tín me ayu­dó eco­nó­mi­ca­men­te? Yo de­jé ca­si to­da mi vi­da en es­to, en to­do sen­ti­do. Tu­ve ayu­da de va­rias per­so­nas y, en­tre ellas, la de él.”

“Hu­bie­se pre­fe­ri­do en­gor­dar 20 mil ki­los pa­ra ser ma­dre a vi­vir to­do lo que vi­ví. Es una es­tu­pi­dez pen­sar que no qui­se em­ba­ra­zar­me.”

ero­tis­mo?

—Por eso te di­go que tie­ne que ha­ber un lí­mi­te, un equi­li­brio. Me en­can­ta que el hom­bre me di­ga un pi­ro­po y me elo­gie. A las mu­je­res nos sube el au­to­es­ti­ma, pe­ro no el co­men­ta­rio gro­tes­co, pe­ro des­de el res­pe­to me en­can­ta que el hom­bre enal­tez­ca a la mu­jer. —¿Tie­ne tiem­po pa­ra co­no­cer hom­bres?

—Lla­man mu­chos... igual el tiem­po hay que ha­cér­se­lo. Si voy con Matilda tie­ne que ser un lu­gar al ai­re libre y sino le pue­do pe­dir a mi ma­má que me la cui­de dos ho­ras. —¿Fue a al­gu­na ci­ta con Matilda? —Sa­lí con ami­gos y ella me acom­pa­ña. Lo más gra­cio­so es que creí que iban a ba­jar los candidatos aho­ra que soy ma­má, pe­ro se ve que ge­ne­ró más amor (ri­sas). Me apa­re­cie­ron un mon­tón de ex, por­que to­dos la quie­ren co­no­cer.

—¿Hu­bo al­gún en­cuen­tro pun­tual a des­ta­car? —Hu­bo, pe­ro me­jor de­je­mos­lo ahí. —¿Un can­di­da­to nue­vo? —No im­por­ta qué, no va­mos a po­ner­le tí­tu­lo. —¿Más de un en­cuen­tro? —Sí (ri­sas). No va­mos a de­cir si nue­vo o vie­jo. —¿Ma­yor o me­nor que us­ted? —Ge­ne­ral­men­te me in­tere­san hom­bres más gran­des que yo.

—¿Có­mo es­tá la re­la­ción con Mar­tín Re­dra­do?

—Bien, ha­bla­mos y la co­no­ció a Matilda. Eso fue unos días des­pués de que lle­gué. Fue un mo­men­to her­mo­so, pe­ro no quie­ro en­trar en de­ta­lles. Fue fuer­te, muy lin­do.

—El fue un pro­ta­go­nis­ta en es­ta his­to­ria, ¿no? —Me acom­pa­ñó mu­cho en es­te te­ma, vi­vió ca­si to­do el pro­ce­so con­mi­go. Fue muy lin­do y emo­ti­vo.

—¿Es cier­to que la ayu­dó eco­nó­mi­ca­men­te con el pro­ce­so de su­bro­ga­ción?

—A ver, yo de­jé ca­si to­da mi vi­da en es­to, en to­do el sen­ti­do de la pa­la­bra. Tu­ve ayu­da de va­rias per­so­nas y, en­tre ellas, de él.

—¿Sien­te que ne­ce­si­ta un hom­bre pa­ra lle­var ade­lan­te su vi­da con Matilda?

—No, pa­ra nada, pe­ro eso no quie­re de­cir que no quie­ro es­tar en pa­re­ja. Pue­do ser ma­dre sol­te­ra, no es­toy bus­can­do un pa­dre pa­ra Matilda, sino una pa­re­ja pa­ra mí. Si el día de ma­ña­na esa per­so­na tie­ne un fee­ling in­creí­ble con Matilda y da pa­ra que for­me­mos una fa­mi­lia, bien­ve­ni­do sea.

Por pri­me­ra vez, la mo­de­lo po­sa con su hija de un mes en su nue­va ca­sa de Nor­del­ta. A di­fe­ren­cia de lo que creía, aho­ra los hom­bres la lla­man más. Di­ce que tie­ne un nue­vo can­di­da­to, pe­ro pre­fie­re no po­ner­le nin­gún tí­tu­lo aún.

“Lu­li” no tie­ne ni­ñe­ra y só­lo cuen­ta con la ayu­da de sus pa­dres y de su me­jor ami­ga, Ya­mi­la. Al ha­ber na­ci­do en Es­ta­dos Unidos, di­ce que le ha­bla en in­glés y cas­te­llano.

La actriz di­ce que no de­ja que na­die be­se a su hija. Le atri­bu­ye a Dios la co­ne­xión ins­tan­tá­nea con Matilda y ase­gu­ra que la cri­ti­can por ha­ber su­bro­ga­do por­que es un sex sym­bol.

Ade­más de la cu­na en su cuarto, Matilda tie­ne una “cu­na co­le­cho” que se co­nec­ta a la ca­ma y le acon­se­jó su pe­dia­tra. La beba duer­me 6 ho­ras de co­rri­do por la no­che.

Salazar le con­fe­só a CARAS que Re­dra­do co­no­ció a su hija. El en­cuen­tro lo ge­ne­ró ella. Le­jos de la dis­cu­sión de prin­ci­pio de di­ciem­bre, cuan­do ella lo ata­có en Twit­ter por no acom­pa­ñar­la al na­ci­mien­to de Matilda, hoy tie­nen un buen víncu­lo.

Du­ran­te el emo­ti­vo en­cuen­tro con Re­dra­do, Luciana le mos­tró tuits de sus se­gui­do­res que de­no­ta­ban un su­pues­to pa­re­ci­do en­tre el eco­no­mis­ta y Matilda. Siem­pre en tono de bro­ma, él le con­tes­tó que por la al­tu­ra de la beba ha­bía sa­li­do al do­nan­te de 1,95m.

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