“SOY CO­MO MA­MA, BLAN­CA Y NE­GRA” MEG­HAN MAR­KLE Y DORIA

La fla­man­te es­po­sa del prín­ci­pe Harry lo­gró su­mar a la Fa­mi­lia Real In­gle­sa a su ma­dre, una ple­be­ya, “des­cen­dien­te de es­cla­vos”, co­mo ella mis­ma di­ce, que se “ag­gior­nó” a la realeza sin per­der su esen­cia.

Caras - - CARAS - Fo­tos: AFP

Lo más di­fí­cil pa­ra la di­nas­tía de los Wind­sor no fue só­lo acep­tar una ple­be­ya más en su fa­mi­lia cuan­do el prín­ci­pe Harry (33) anun­ció su bo­da con la ex ac­triz Meg­han Mar­kle (37). Se­gún co­men­tan en el Pa­la­cio de Buc­king­ham, los gri­tos de la reina Isabel II (92) hi­cie­ron tem­blar las pa­re­des al en­te­rar­se que la que se con­ver­ti­ría en es­po­sa de su nie­to pre­fe­ri­do era “des­cen­dien­te de es­cla­vos”, co­mo ella mis­ma lo su­po con­tar en al­gu­na de sus en­tre­vis­tas en la te­le­vi­sión. Pe­ro bas­tó que la fa­mi­lia real bri­tá­ni­ca co­no­cie­ra a Meg­han pa­ra que és­ta con su sim­pa­tía y be­lle­za los con­quis­ta­ra rá­pi­da­men­te. Y uno de los te­mas más di­fí­ci­les pa­ra la hoy Du­que­sa de Sus­sex era la pre­sen­ta­ción ofi­cial de su ma­dre, la ins­truc­to­ra de yo­ga y tra­ba­ja­do­ra so­cial Doria Loy­ce Ra­gland (62), una afro­ame­ri­ca­na di­vor­cia­da de un al­cohó­li­co, que vi­vía en uno de los ba­rrios más pe­li­gro­sos de Los An­ge­les, el Crens­haw, y man­te­nía una vie­ja deu­da de 28 mil dó­la­res con el ban­co. “Adies­trar” a su ma­dre en las ex­cén­tri­cas cos­tum­bres de su nue­va fa­mi­lia po­lí­ti­ca, fue el pri­mer gran desafío de Meg­han. “Cuan­do Meg­han era be­bé y la pa­sea­ba, me pre­gun­ta­ban si era su ni­ñe­ra. Una ne­gra con un be­bé blan­co no era ha­bi­tual ha­ce 35 años”, con­tó Doria. La mis­ma que irrum­pió en la fa­mi­lia de los Wind­sor con su piel os­cu­ra, su ca­be­za cu­bier­ta de ras­tas y un pier­cing en la na­riz. Por eso en la bo­da de su hi­ja, a pe­sar de lu­cir un Os­car de la Ren­ta, que­dó so­la en la igle­sia. Di­cen que fue el pro­pio prín­ci­pe Car­los (69) quien se “apia­dó” de ella y con­ver­só du­ran­te lar­go ra­to. Y allí Meg­han de­bió en­se­ñar a su ma­dre la

ma­ne­ra de co­mu­ni­car­se con la aris­to­cra­cia que habla es­ti­lo “stiff up­per lip” (ape­nas ges­ti­cu­lan­do, sin mo­ver el la­bio su­pe­rior, ca­si con una mue­ca de as­co).

“Mi ma­dre es és­to. Ras­tas. Aro en la na­riz. Ins­truc­to­ra de yo­ga. Es­pí­ri­tu li­bre. Aman­te de las pa­ta­tas fri­tas y las tar­tas de li­món. La mi­ra­réis y sen­ti­réis ale­gría. Y si el DJ po­ne el clá­si­co de Al Green, ‘Call Me’, ol­ví­den­se. Gi­ra­rá sus ca­de­ras con el mo­vi­mien­to más dul­ce que ja­más ha­yáis vis­to, ba­lan­cean­do su ca­be­za y chas­can­do los de­dos con gran rit­mo. Y son­rei­réis. No se­réis ca­pa­ces de pa­rar­la. Amo a Doria. Ella es afro­ame­ri­ca­na. Y yo soy co­mo ella. Me­dio blan­ca y me­dio ne­gra; soy blan­ca y soy ne­gra…”, ase­gu­ró Meg­han. Aho­ra se la lle­vó a vi­vir a un pi­so cer­ca de Ken­sing­ton Pa­la­ce, don­de ella es­tá con Harry. Y en una de sus úl­ti­mas apa­ri­cio­nes pú­bli­cas la pa­re­ja real se mos­tró jun­to a Doria que lu­cía impecable con un out­fit en to­nos ca­mel.

Doria Loy­ce Ra­gland tie­ne 62 años, es ins­truc­to­ra de yo­ga y tra­ba­ja­do­ra so­cial. Aca­ba de de­jar su ca­sa en uno de los ba­rrios más pe­li­gro­sos de Los An­ge­les pa­ra ins­ta­lar­se jun­to a su hi­ja y de­bu­tar en un even­to so­cial de la realeza in­gle­sa.“Mi ma­dre es és­to. Es afro­ame­ri­ca­na. Ras­tas. Aro en la na­riz. Ins­truc­to­ra de yo­ga. Es­pí­ri­tu li­bre. Y yo soy co­mo ella”.

Con su es­ti­lo Meg­han con­quis­ta a to­dos. En la Royal Academy of Arts, by Gi­venchy; y en la Uni­ver­si­dad Lough­bo­rough, by Al­tu­za­rra y De la Ren­ta.

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