Inol­vi­da­ble pa­ra Ri­ver, Mar­tí­nez y Scoc­co rom­pie­ron los ar­cos de la Bom­bo­ne­ra

El Pity cla­vó una vo­lea de zur­da im­pre­sio­nan­te pa­ra abrir el par­ti­do. Scoc­co ce­rró una bue­na ju­ga­da co­lec­ti­va con otro fuer­te re­ma­te de de­re­cha que de­jó nocaut la reac­ción de Bo­ca.

Clarin - Deportivo - - DEPORTIVO - Da­niel La­ga­res dla­ga­res@cla­rin.com

Dos bom­ba­zos. Dos go­la­zos. Dos a ce­ro. A Bo­ca y en la Bom­bo­ne­ra. Pri­me­ro el Pity, des­pués Nacho. Mar­tí­nez y Scoc­co, ra­ti­fi­ca­dos pa­ra siem­pre en la me­mo­ria de los hin­chas de Ri­ver. ¿En qué rin­cón amo­ro­so de la his­to­ria de ca­da hin­cha que­da­rán guar­da- dos esos dos go­les, esos dos pu­ña­les cruen­tos en la es­ti­ma del ri­val de siem­pre? En el me­jor lu­gar, en el es­tan­te más al­to, el más cui­da­do, en el al­tar don­de se ve­ne­ran los dio­ses má­xi­mos, portadores de ale­grías eter­nas. Es­ta­rán allí, jun­to a los de la pe­lo­ta na­ran­ja del Be­to Alon­so, los del bai­le del 5-2 con Ra­món y Ca­rras­co y el Ne­gro Or­tiz, por ejem­plo. ¿A qué equi­va­len esos dos go­les, go­la­zos? A lo me­jor de la vi­da de ca­da uno.

Pity Mar­tí­nez tu­vo un de­ja vu, un año des­pués de ma­yo de 2017 cuan­do hi­zo un gol pa­re­ci­do en el 3-1 que com­ple­ta­ron Ala­rio y Drius­si. En el mis­mo ar­co. De zur­da tam­bién, por su­pues­to. Y és­te, co­ro­la­rio de una se­rie de desa­ti­nos de Bo­ca. Pa­vón qui­so gam­be­tear don­de no se de­be, en cam­po pro­pio y de es­pal­das al te­rreno ad­ver­sa­rio. La per­dió. La res­pues­ta fue im­pla­ca­ble y lle­gó la pe­lo­ta al área. Apu­ra­do, Iz­quier­doz ha­cia aden­tro. No es lo me­jor, di­ce el ma­nual pe­ro no tu­vo más re­me­dio y la pe­lo­ta que­dó ahí, pa­ra cual­quie­ra. Mas, zur­do, ce­rró tam­bién aden­tro, tra­ba­do por pie ri­val. Vo­ló la pe­lo­ta y Mar­tí­nez pre­pa­ró la zur­da. La cal­zó lle­na. Ple­na. Ro­tun­da.

De­bía ser gol. Fue gol. Go­la­zo. Tan go­la­zo que na­die po­drá ha­cer­le un mí­ni­mo re­pro­che a Agustín Ros­si. No son fre­cuen­tes los go­les de vo­lea, to­ma­da la pe­lo­ta así, de ai­re, tan bru­tal, tan inata­ja­ble. Y en la Bom­bo­ne­ra. In­ape­la­ble.

Lo que le sa­lió a Mar­tí­nez no le sa­lió a Be­ne­det­to. Ni en ese pri­mer in­ten­to cuan­do re­cién arran­ca­ba el par­ti­do que Ar­ma­ni di­lu­yó con sim­ple­za, ni en la ti­je­ra-vo­lea del se­gun­do tiem­po que al 9 de Bo­ca se le fue al­ta y des­via­da. Tan des­via­da que na­die sa­be dón­de ca­yó. Ca­ra y ce­ca. Gol y for­tu­na de uno, con­de­na del otro.

Di­cen que la suer­te jue­ga. Ju­gó pa­ra Ri­ver. Era ob­vio que en al­gún mo­men­to Ignacio Scoc­co iba a sa­lir del ban­co pa­ra re­em­pla­zar a Lu­cas Prat­to, ya sin com­bus­ti­ble, de tan­to co­rrer a Mas y des­pués de tan­to pi­car ha­cia afue­ra y ha­cia aden­tro pa­ra abrir sur­cos en la de­fen­sa de Bo­ca. Y aun­que los goleadores siem­pre me­re­cen res­pe­to por lo que pue­den ha­cer, no era ima­gi­na­ble que lo hi­cie­ra un pu­ña­do de mi­nu­tos des­pués de ha­ber sal­ta­do al cam­po. Gol de go­lea­dor, gol de nocaut. Gol de epi­ta­fio.

Quin­te­ro ju­gó de 8. Zur­do a la de­re­cha, co­mo Mes­si con las dis­cul­pas de la com­pa­ra­ción. En ese per­fil, el co­lom­biano se sien­te a gus­to y ha­ce es­tra­gos. Alar­gó a Scoc­co, que se fue de pun­te­ro de­re­cho, le­jos de su há­bi­tat na­tu­ral. Scoc­co se la pa­só a Montiel y los ri­va­les se ol­vi­da­ron de él. Pe­ca­do mor­tal, la fie­ra siem­pre ace­cha. Montiel a Quin­te­ro y pa­se en­tre Ba­rrios y Ma­ga­llán a la dia­go­nal de Bo­rré que le ga­nó la po­si­ción a Iz­quier­doz. El con­trol de Bo­rré fue de­fec­tuo­so, se le fue lar­ga. Pe­ro si la suer­te jue­ga, ju­gó otra vez pa­ra Ri­ver. La pe­lo­ta re­bo­ta­da fue jus­to a la tra­yec­to­ria de Scoc­co, que iba a bus­car po­si­ción en el co­ra­zón del área. No hi­zo fal­ta. Cla­vó otro bom­ba­zo que hi­zo vo­lar a Ros­si, pa­ra na­da. ¿Go­les son amo­res? Si es así, Ri­ver es­ti­ró su ro­man­ce con las re­des de los ar­cos de la Bom­bo­ne­ra.

JOR­GE SANCHEZ

De zur­da, pa­ra abrir el Su­per­clá­si­co. Mar­tí­nez ya ce­le­bra su go­la­zo, con Ros­si ven­ci­do sin ha­ber te­ni­do chan­ces de des­viar la vo­lea. Ri­ver se po­nía en ven­ta­ja tem­prano.

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