Por qué la ele­gi­mos

Por­que se des­ta­ca en la obra de tea­tro “Con­fe­sio­nes de mu­je­res de 30”.

Clarin - Mujer - - News - Agra­de­ci­mien­to al Four Sea­sons Ho­tel, Po­sa­das 1086, CABA, don­de se reali­zó es­ta no­ta.

So­fía lle­ga pun­tual. Es­tá ra­dian­te, son­rien­te y con­ver­sa­do­ra. Ma­du­ra. Sos una mu­jer de ca­si 30, ¿cuá­les son los te­mas que an­gus­tian e in­tere­san a los 30?

Hay al­go uni­ver­sal, y a mí me pa­só an­tes, a los 24 más o me­nos, una es­pe­cie de cri­sis, de no sa­ber qué que­ría ha­cer de mi vi­da, de sen­tir­me gran­de, de sen­tir que ya era tar­de pa­ra al­gu­nas co­sas. Exis­te un de­cre­to so­cial: des­pués de los 30 em­pe­zás a ser una mi­na gran­de. Las mi­nas de más de 35 pue­den ser di­vi­nas, pe­ro pa­ra los ti­pos son se­ño­ras y pre­fie­ren una pen­de­ja.

¿Có­mo se sien­ten fren­te a ese pa­no­ra­ma?

Em­pie­zo a ver in­se­gu­ri­dad en ami­gas mías de 30, a las que les aga­rra una de­ses­pe­ra­ción por es­tar so­las y sien­ten que nun­ca van a es­tar con al­guien. Es un de­cre­to so­cial muy ma­chis­ta. Y es una edad re-ple­na: no sos pen­de­ja, tam­po­co sú­per adul­ta, sos una jo­ven que vi­vis­te una can­ti­dad de años su­fi­cien­tes y no sos tan pe­lo­tu­da como a los 21. La mu­jer hoy, más allá del tra­ba­jo, si es in­de­pen­dien­te de es­pí­ri­tu, vue­la y tie­ne to­das las ar­mas pa­ra enfrentar la vi­da. Di­fie­re mu­cho lo que se sien­te in­ter­na­men­te con lo que pa­sa afue­ra.

De­cís que a es­ta edad una mu­jer vue­la, ¿te sen­tís mu­cho me­jor que cuan­do eras chi­ca?

Soy un po­co más ra­cio­nal. Cuan­do una es jo­ven, sien­te que tie­ne la razón, es­tá dis­pues­ta a to­do, es­tá for­man­do sus pro­pias teo­rías so­bre la vi­da. Yo era me­nos di­plo­má­ti­ca. Hoy creo que lo di­ver­ti­do de la vi­da es ha­cer­te la pro­pia idea pu­dien­do es­cu­char.

¿Aho­ra es­cu­chás?

Es­cu­cho más. Me cues­ta me­nos acep­tar que no sé to­do. Sé al­go, pe­ro no to­do. Cuan­do no te sen­tís más sú­per po­de­ro­sa, de­jás de pa­sar­le por en­ci­ma a la gen­te. Yo iba pa­ra ade­lan­te como un caballo.

¿Te sa­cas­te las an­teo­je­ras, de­cís?

Y sí. No es­tá bueno siem­pre te­ner razón o ha­cer la tu­ya, es­tá bueno ha­cer la del otro tam­bién o la de los cua­tro, o la de los seis, com­par­tir, mez­clar, unir.

¿Te­ra­pia?

Em­pe­cé ha­ce dos se­ma­nas.

¿Por qué? ¿Có­mo fue esa de­ci­sión?

Por­que soy muy ira­cun­da, ten­go mu­chos pro­ble­mas de ira, gro­sos.

¿Sos de rom­per co­sas?

Sí y, en es­pe­cial, rom­po psi­quis (ri­sas). Cuan­do me enojo, no me im­por­ta si es­tá Dios, Bu­da o Cris­to ade­lan­te. Voy a des­truir­te y de­jo to­do ti­po Ko­so­vo, he­cho mier­da y no es­tá bueno. Me ha­ce da­ño a mí y a un mon­tón de per­so­nas, ten­go que po­der plan­tear las co­sas de otra ma­ne­ra. Y, ade­más, es­tá bueno te­ner un es­pa­cio en don­de al­guien te ayu­de. Quie­ro ayu­da, es­toy har­ta de ha­cer las co­sas so­la y de au­to­sa­nar­me.

Te fuis­te a los 16 años a vi­vir so­la.

Sí, to­da mi vi­da sen­tí que yo siem­pre po­día, que no ne­ce­si­ta­ba ayu­da y es men­ti­ra. Las me­jo­res co­sas me han sa­li­do con ayu­da y he sa­li­do de las peo­res con ayu­da. La au­to­su­fi­cien­cia es ha­cer las co­sas so­la, pe­ro tam­bién es en­ten­der cuán­do pe­dir ayu­da. Ser real­men­te in­de­pen­dien­te es po­der acep­tar que te den una mano cuan­do lo ne­ce­si­tás.

¿Cuán­do des­cu­bris­te que de­bías bus­car ayu­da?

Cuan­do de­jé las dro­gas. Tu­ve un 2013 muy di­fí­cil de dro­gas y fue la pri­me­ra vez que me di cuen­ta de que so­la no iba a po­der.

¿Tu ma­ri­do te ayu­dó?

Sí, ayu­dó por­que el tam­bién bus­có ayu­da. Pe­ro la re­cu­pe­ra­ción es in­di­vi­dual. To­do el año pa­sa­do es­tu­vi­mos se­pa­ra­dos. Creo que nin­guno de los dos se pu­do rea­li­zar con otra per­so­na.

¿Es­ta­ban muy pe­lea­dos?

Muy pe­lea­dos. Nos pe­leá­ba­mos mu­cho y en la se­pa­ra­ción, dis­cu­tía­mos.

¿Y có­mo se vuel­ve cuan­do uno de los dos que­da do­li-

do, re­sen­ti­do, de­silu­sio­na­do?

Hu­bo to­do eso y to­da­vía lo hay. Vol­vi­mos y vol­vie­ron un mon­tón de pro­ble­mas pe­ro, al mis­mo tiem­po, vol­vió al­go que no te­nía­mos an­tes. Ne­ce­si­tá­ba­mos vol­ver. So­mos una pa­re­ja con­flic­ti­va. Su­pon­go que so­mos muy pa­re­ci­dos. El es tre­men­do tam­bién.

¿Aho­ra le dan más va­lor a la pa­re­ja?

Sí. A no­so­tros, a la fa­mi­lia. So­mos muy pe­ga­dos.

Cuan­do te re­cu­pe­ras­te, ¿con qué te en­con­tras­te?

Con­mi­go. No te vol­vés adic­to de un día pa­ra el otro, em­pie­za el peor mo­men­to y es fun­da­men­tal ver có­mo cor­tar. Una vez que es­tás en el pas­to te­nés que cor­tar o cor­tar, por­que si no te vas me­tien­do ca­da vez más pro­fun­do. Cuan­do te per­dés a vos mis­mo, no te­nés más la opor­tu­ni­dad de ele­gir. Tu vi­da se po­ne en ma­nos de una sus­tan­cia. Por suer­te, cuan­do em­pe­cé a no po­der con­tro­lar la si­tua­ción, qui­se sa­lir. Nun­ca me que­dé có­mo­da: “Bueno lis­to, ti­ro a la mier­da to­do y que pa­se lo que pa­se”. Eso es lo que le ter­mi­na pa­san­do al que se dro­ga. Que la dro­ga es­té an­tes que tu fa­mi­lia, que vos; eso no me pa­só. Siem­pre que me vi atra­pa­da, qui­se sa­lir. Siem­pre tu­ve vo­lun­tad, nun­ca me ol­vi­dé de lo que te­nía ni de lo que que­ría te­ner.

Aho­ra re­cu­pe­ra­da, ¿se­guís sintiendo una mi­ra­da con­de­na­to­ria?

Sí, pa­ra bien y pa­ra mal. Hay gen­te pe­lo­tu­da que te condena por dro­gón, o lo con­tra­rio. Hay una condena so­cial. Y los pre­jui­cios que tie­nen todos: soy la hi­ja de Mo­ria, fui rebelde...

Hi­cis­te una es­ce­na lés­bi­ca con tu mamá, es fuer­te.

Sí, es to­do tra­ba­jo.

No es una co­sa sen­ci­lla.

Sí, trans­gre­so­ra, po­né­le. El ar­te es así. No me di­vier­te de otra ma­ne­ra. Yo nun­ca tu­ve pro­ble­mas con mi cuer­po y la des­nu­dez. Cuan­do mi mamá me lo pro­pu­so, nos pa­re­ció bueno. Yo ja­más trans­gre­do mis idea­les. No ha­ría al­go si pa­ra mí es­tá mal.

¿Te­nés ru­ti­nas a los 30? Los chi­cos obli­gan a te­ner ru­ti­nas.

Ten­go y fue­ron cam­bian­do. Una ru­ti­na en pa­re­ja, otra se­pa­ra­da. Me se­pa­ré cuan­do mi be­bé te­nía dos me­ses y tu­ve ru­ti­na de ma­dre sol­te­ra. Aho­ra des­de que pa­pá vol­vió, mamá duer­me has­ta el me­dio­día (ri­sas). Ob­vio que mi ru­ti­na es des­per­tar a los ne­nes, co­le­gio, desa­yuno del be­bé. Cuan­do tra­ba­jo, ten­go ni­ñe­ras. Pe­ro es­toy siem­pre con los chi­cos. A He­le­na la tu­ve a los 21 y es muy di­fe­ren­te ser mamá a los 21 que a los 27. He­le­na es mi com­pa­ñe­ra. Por mo­men­tos, me ol­vi­do de la edad que tie­ne. Me cues­ta po­ner­le lí­mi­tes.

¿Có­mo es hoy la re­la­ción con tu mamá?

Estamos en un buen mo­men­to. La pa­sa­mos mal, hu­bo un quie­bre cuan­do ella ar­mó to­do ese qui­lom­bo te­le­vi­si­vo. Ella se dio cuen­ta de que se ha­bía equi­vo­ca­do y vio que yo ma­du­ra­ba y acep­ta­ba la pa­la­bra del otro. Me ex­pu­so a al­go ver­da­de­ra­men­te ver­gon­zo­so.

¿La per­do­nas­te?

Sí. Cuan­do ella tu­vo el problema en Pa­ra­guay, vos no ha­blas­te. No. Yo no soy como ella. La me­jor ma­ne­ra de mos­trar­le al otro que se equi­vo­ca es, an­te una si­tua­ción igual, reac­cio­nar di­fe­ren­te. Yo no doy cur­sos de mo­ral.

¿Va­lo­ró ella que no sa­lis­te a ha­blar?

Yo creo que sí.

¿No lo ha­blan?

No. Es­to es más me­diá­ti­co que otra co­sa. Me afec­ta­ba sa­ber que es­ta­ba en la cár­cel. Pe­ro ella pe­día tran­qui­li­dad. Yo no po­día per­der el con­trol. Ob­vio que la pa­sé mal. Pe­ro ella trans­mi­tía que to­do iba a es­tar bien y con­fié en lo que ella sen­tía.

Mo­ria tie­ne una mi­ra­da muy op­ti­mis­ta.

Sí. Yo soy muy trá­gi­ca, muy dra­má­ti­ca y ella me ayu­da un mon­tón. Me ba­ja tres mil re­vo­lu­cio­nes.

¿Es­tá enamo­ra­dí­si­ma de sus nie­tos?

Sí, de los dos. Es vol­ver a te­ner un hi­jo sin la res­pon­sa­bi­li­dad de criar­lo, so­lo dis­fru­tar­lo.

Sos ac­triz, pe­ro sos más ma­dre que otra co­sa.

Sí, es lo que más me gus­ta. La úni­ca ta­rea en la que me sien­to muy res­pon­sa­ble. Con una res­pon­sa­bi­li­dad vi­tal y mo­ral. Todos pue­den vi­vir sin vos: el ci­ne, el tea­tro, me­nos tus hi­jos. La crian­za de tus hi­jos es al­go que que­da, les que­da a ellos y a los hi­jos de tus hi­jos.

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