El po­der del di­ne­ro en la pa­re­ja

La pe­rio­dis­ta eco­nó­mi­ca ex­pli­ca la re­la­ción del amor y el pa­tri­mo­nio. Ade­más, ha­bla de lo que se vie­ne en el fa­mo­so se­gun­do se­mes­tre: in­fla­ción, dó­lar y con­su­mo.

Clarin - Mujer - - Consumo - T: Mó­ni­ca So­ra­ci / mso­ra­ci@cla­rin.com / f: Ju­pi­ter Images

Pe­rio­dis­ta es­pe­cia­li­za­da en Eco­no­mía, Ce­ci­lia Bouf­flet pu­bli­có el año pa­sa­do -jun­to a Mar­ce­lo El­baum- “Las billeteras son de Mar­te, las car­te­ras son de Ve­nus. Te­ra­pia fi­nan­cie­ra pa­ra los di­le­mas de di­ne­ro en la pa­re­ja de hoy”. In­te­gra el staff del pro­gra­ma “La Quin­ta Pa­ta”, que se emi­te por la Te­le­vi­sión Pú­bli­ca y ana­li­za, ade­más, qué pa­sa­rá en el tan es­pe­ra­do se­gun­do se­mes­tre.

Ya em­pe­zó el fa­mo­so se­gun­do se­mes­tre, ¿ba­ja­rá la in­fla­ción, co­mo se con­ten­tan en el Go­bierno?

La in­fla­ción va a ba­jar, pe­ro no só­lo por con­se­cuen­cia de las po­lí­ti­cas mo­ne­ta­rias, sino tam­bién co­mo re­sul­ta­do de la des­ace­le­ra­ción de la eco­no­mía, que fue mu­cho más al­ta de lo que el go­bierno es­pe­ra­ba. La pau­ta del 25% de es­te año es in­cum­pli­ble y yo pon­dría en du­da la po­si­bi­li­dad de al­can­zar un ob­je­ti­vo de 17% en 2017, ya que las ta­ri­fas ten­drán que vol­ver­se a ajus­tar el año que vie­ne, y eso im­pac­ta­rá en la suba de pre­cios.

¿El dó­lar es­tá atra­sa­do? ¿Qué se de­be­ría ha­cer?

Es el gran di­le­ma del mo­men­to. La eco­no­mía pro­duc­ti­va po­dría mo­ver­se me­jor con un ti­po de cam­bio más al­to, pe­ro la in­fla­ción vol­ve­ría a re­ca­len­tar­se si se des­li­za el dó­lar con una nue­va de­va­lua­ción. Es­te ti­po de cam­bio fun­cio­na co­mo un an­cla an­ti­in­fla­cio­na­ria.

¿Qué pa­sa­rá con el con­su­mo en los pró­xi­mos me­ses? Pro­ba­ble­men­te me­jo­re un po­co des­pués del co­bro del

me­dio agui­nal­do, en com­pa­ra­ción con el ni­vel de abril y ma­yo,que fue­ron desas­tro­zos. Pe­ro se­gui­rá peor que en 2015. El pro­ble­ma es que la in­fla­ción tan al­ta de­jó atra­sa­dos to­dos los sa­la­rios que ajus­ta­ron por pa­ri­ta­rias y hu­bo pér­di­da del po­der ad­qui­si­ti­vo y el de com­pra. La Ley de re­pa­ra­ción his­tó­ri­ca a los ju­bi­la­dos bus­ca re­com­po­ner ese mer­ca­do en caí­da, pe­ro el im­pac­to re­cién se sen­ti­rá en el úl­ti­mo tri­mes­tre de es­te año.

¿Qué se vis­lum­bra pa­ra 2017?

Si se lo­gra el con­trol de la in­fla­ción y el con­su­mo re­pun­ta a fin de año, apa­re­ce­rán las in­ver­sio­nes tan es­pe­ra­das y Ar­gen­ti­na pue­de lle­gar a un cre­ci­mien­to en torno al 3%. Pue­de so­nar co­mo un nú­me­ro ma­gro, pe­ro no hay que ol­vi­dar que la eco­no­mía lo­cal ten­drá cin­co años acu­mu­la­dos de caí­da y que Bra­sil, su prin­ci­pal so­cio del Mer­co­sur, es­tá atra­ve­san­do una se­ve­ra cri­sis.

Va­ya­mos al te­ma del di­ne­ro en la pa­re­ja. ¿Cuá­les son los di­le­mas en la re­la­ción con el di­ne­ro?

Qui­si­mos ac­tua­li­zar la his­to­ria de que la mu­jer aho­ra tie­ne in­gre­sos y la pre­gun- ta de quién es el que man­da. Y vi­mos que hay al­gu­nas cues­tio­nes que si­guen exis­tien­do, so­bre to­do en las pa­re­jas de me­dia­na edad. Pe­ro en las jó­ve­nes apa­re­cen mu­je­res que ga­nan más que el hom­bre y que tie­ne po­der so­bre el di­ne­ro, ade­más de ser pro­vee­do­ras. No tie­nen el pu­dor de otras ge­ne­ra­cio­nes que si­mu­lan pa­ra que el va­rón no se vea in­ter­pe­la­do. Pe­ro tam­bién ellos, los más jó­ve­nes, di­cen que no quie­ren ser Sú­per­man. Es­ca­pan a ese for­ma­to e im­pul­san a que sus mu­je­res es­tén al tan­to y se ha­gan car­go de las cues­tio­nes del ma­ne­jo del di­ne­ro.

¿Exis­te des­con­fian­za en el ma­ne­jo del di­ne­ro?

La des­con­fian­za tal vez se mues­tre con el di­ne­ro. Se mues­tra con lo que lla­ma­mos “in­fi­de­li­dad fi­nan­cie­ra”. Por ahí el es­te­reo­ti­po es esa mu­jer que se com­pra una re­me­ra y no le di­ce na­da al ma­ri­do o di­ce que la tie­ne des­de ha­ce mu­cho. Pe­ro va más allá: hay hom­bres y mu­je­res que tie­nen una cuen­ta en un ban­co y no le di­cen na­da al otro. El que tie­ne un in­gre­so que no de­cla­ra. Pe­ro lo más no­ve­do­so es que la idea de que el va­rón era el que es­con­día el di­ne­ro, ya no es tan así. Aho­ra las mu­je­res tam­bién lo ha­cen. Ese aho­rro no de­cla­ra­do tie­ne que ver con la des­con­fian­za, con que pen­sás que el otro te pue­de en­ga­ñar con otra per­so­na o se pue­den se­pa­rar. Se abre el pa­ra­güas, por las du­das. El hom­bre que ve que la co­sa no va más y pien­sa que su mu­jer lo va a des­plu­mar, em­pie­za a ocul­tar el pa­tri­mo­nio. El di­ne­ro ha­bla. Y es co­mo un emer­gen­te de lo que la pa­re­ja atra­vie­sa y no re­suel­ve, no dis­cu­te ni se po­ne de acuer­do.

La in­fi­de­li­dad fi­nan­cie­ra se de­be dar en pa­re­jas de ni­vel so­cial al­to...

Aun­que pa­rez­ca in­creí­ble, tam­bién se da en las más hu­mil­des. Por ejem­plo, cuan­do su ma­ri­do co­bra la se­ma­na de chan­gas, su mu­jer guar­da al­go por las du­das, pa­ra una emer­gen­cia.

¿Cuá­les son las di­fe­ren­cias a la ho­ra de pe­dir un as­cen­so o un au­men­to sa­la­rial?

A las mu­je­res les si­gue cos­tan­do más pe­dir­lo. Le cues­ta pe­lear cuán­to cues­ta su tra­ba­jo. Y creo que es­to ocu­rre por­que pa­ra el hom­bre su tra­ba­jo lo de­fi­ne mu­cho más que a la mu­jer, que no se sien­te có­mo­da cuan­do es­tá de­fi­ni­da por lo que ha­ce. Es ab­so­lu­ta­men­te cul­tu­ral. Un hom­bre que no con­si­gue un au­men­to se sien­te fra­ca­sa­do. La mu­jer, en cam­bio, has­ta lo jus­ti­fi­ca. Pue­de lle­gar a de­cir al­go no muy sano: “A lo me­jor no me lo me­rez­co”, en lugar de in­ter­pe­lar a su je­fe so­bre cuán­to va­le. Es di­fí­cil que se plan­te pa­ra ne­go­ciar un sa­la­rio. Pe­ro eso va a ir cam­bian­do.

¿El ma­ne­jo del di­ne­ro en­tra en cri­sis cuan­do se mez­clan los in­gre­sos?

Si se vie­ne de fa­mi­lias muy dis­tin­tas, de una muy aus­te­ra y la otra, gas­ta­do­ra, la­xa con el di­ne­ro, jun­tar los in­gre­sos va a ge­ne­rar una cri­sis. Y lo que vi­mos es que cuan­do el aus­te­ro se po­ne muy aus­te­ro, el gas­ta­dor se po­ne más gas­ta­dor.

¿Hay lu­ces ama­ri­llas de la in­fi­de­li­dad fi­nan­cie­ra?

Sí, hay que es­tar aten­tos si el otro no se sien­ta a ha­blar de cuán­to ga­na o cuán­to gas­ta. Tam­bién de cuán­to de­be, un pun­to im­por­tan­te. Si ocu­rren esas co­sas, al­go es­tá pa­san­do.

¿Cuá­les son los mie­dos más co­mu­nes en una pa­re­ja que se se­pa­ra?

Hay hom­bres que vi­ven 30 años con una mu­jer con la que se lle­va mal y no se se­pa­ran pa­ra no di­vi­dir la ca­sa. El de más de 40, que vie­ne con la cul­tu­ra de pro­vee­dor, le cues­ta en­ten­der que tie­ne una sociedad con esa mu­jer con la que es­tu­vo de acuer­do en que ella se ocu­pa­ra de los hi­jos y él sa­lie­ra a tra­ba­jar. En­ton­ces, cues­ta mu­cho di­vi­dir los bie­nes. Ese hom­bre se sien­te em­po­bre­ci­do. Y a la ho­ra de vol­ver a ar­mar otra pa­re­ja, que­da con mu­cho re­sen­ti­mien­to y no ha­rá con­ce­sio­nes con el di­ne­ro. El mie­do de la mu­jer, en cam­bio, es per­der el for­ma­to de vi­da. Pe­ro la que man­tie­ne un ni­vel de in­gre­sos y su ac­ti­vi­dad pro­fe­sio­nal, es­tá más ar­ma­da. Tie­ne que atra­ve­sar el de­sier­to de una se­pa­ra­ción, pe­ro que­da em­po­de­ra­da.

¿Qué es lo que más te­men acer­ca de la ju­bi­la­ción?

La mu­jer tie­ne que vol­ver a la ca­sa, su ám­bi­to. El lugar don­de pue­de es­tar có­mo­da. En cam­bio el va­rón, tie­ne que in­ven­tar­se un for­ma­to que le re­sul­te. Pa­sar más ho­ras en la ca­sa, hom­bres que son y se sien­ten jó­ve­nes, pe­ro que tal vez pa­ra tra­ba­jar en una mul­ti­na­cio­nal, ya son gran­des. Al hom­bre le cues­ta fe­mi­ni­zar­se mu­cho más que a la mu­jer que tu­vo que ocu­par ro­les mas­cu­li­nos. Es mu­cho más ami­ga­ble el re­ti­ro pa­ra la mu­jer que pa­ra el hom­bre

El di­ne­ro en el amor.

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