Las pa­ces

Clarin - Mujer - - Entrevista -

La vi­da ha­ce las co­sas de ma­ne­ra que uno no lo com­pren­de. To­do pa­re­ce fru­to del azar cuan­do su­ce­de, y sin em­bar­go, cuan­do pa­sa el tiem­po y echa la vis­ta atrás el ca­mino que ca­da uno tra­zó tie­ne un sen­ti­do. El pa­sa­do era el abono del fu­tu­ro. Al­go así di­jo en voz ba­ja Si­món mien­tras lo hos­pi­ta­li­za­ban en Pi­na­mar y le pa­sa­ban sue­ro por­que re­sul­tó que era alér­gi­co a las aguas vi­vas. El nun­ca ha­bía pen­sa­do que ju­gan­do al aje­drez en el bar El Ri­no­ce­ron­te de San Tel­mo, ha­lla­ría a la que fue­ra la ma­dre de sus hi­jos. Tam­po­co ha­bía creí­do que una jugarreta del des­tino, o si se quie­re, un ca­pri­cho pro­pio, iba a ale­jar­lo de ella y de sus hi­jos. Na­die sa­bía lo que él apre­cia­ba el he­cho de te­ner fa­mi­lia: ha­bía cre­ci­do en un cir­co, to­da su vi­da su in­fan­cia se ha­bía ba­sa­do en ha­cer pi­rue­tas en­ci­ma de un pony. Sus pa­dres no creían ne­ce­sa­rio que fue­ra a la es­cue­la ni que es­tu­dia­ra una ca­rre­ra uni­ver­si­ta­ria: los ar­tis­tas de cir­co no pre­ci­san doc­to­ra­dos. Para po­der de­di­car­se al aje­drez, Si­món tu­vo que es­ca­par­se de su ca­sa, aban­do­nar a su fa­mi­lia en me­dio de re­pro­ches y mal­di­cio­nes, sin­tién­do­se una ove­ja ne­gra. Sin em­bar­go, con los años ha­bía lo­gra­do for­mar una, la pro­pia, y por un be­rre­tín ha­bía es­ta­do a pun­to de arrui­nar­lo. To­do lo de Von­da, la se­xó­lo­ga, ha­bía que­da­do atrás. In­clu­so, ha­bía que­da­do más atrás para Von­da que para él, por­que se­gún le­ye­ron en los se­ma­na­rios más po­pu­la­res bra­si­le­ños y en O Glo­bo, ella es­ta­ba te­nien­do un tó­rri­do ro­man­ce con el ac­tor que ha­cía de Rey Se­ti en Los diez man­da­mien­tos. Apro­ve­chan­do que el Rey Se­ti ha­bía muer­to en la te­le­no­ve­la ha­cía un buen tiem­po, el ac­tor y ella ha­bían via­ja­do jun­tos por el país y aho­ra an­da­ban anun­cian­do su pró­xi­mo ca­sa­mien­to. Tal vez fue­ra pu­ro des­pe­cho de Von­da a raíz de que Si­món la hu­bie­ra de­ja­do para vol­ver con Caty, y tal vez fue­ra que a Von­da él siem­pre le im­por­tó dos pe­pi­nos. Tam­bién Caty vio la no­ti­cia en los pro­gra­mas de pren­sa ro­sa de la te­le, mien­tras sos­te­nía la mano de Si­món en la guar­dia del hos­pi­tal. Y oyó el re­la­to de Si­món y su pe­di­do para que ella ol­vi­da­ra las ofen­sas y lo per­do­na­ra. En la ca­sa de Bue­nos Ai­res, la ma­dre de Caty te­nía pre­pa­ra­do un ar­se­nal de tor­tu­ras me­die­va­les para en cuan­to él pu­sie­ra un pie en la ciu­dad. Pe­ro Caty no te­nía áni­mo de ven­gan­za; Caty que­ría per­do­nar­lo aun­que no es­ta­ba se­gu­ra de que su co­ra­zón pu­die­ra con­se­guir­lo. ¿Puede vol­ver­se a amar a al­guien que te trai­cio­nó? Te­nían una fa­mi­lia, pen­só mi­ran­do el mar que no se veía a tra­vés de los mé­da­nos, te­nían dos hi­jos y una fa­mi­lia cu­yo fu­tu­ro no se veía. Des­pués de to­do, el fu­tu­ro es eso, el mar abier­to que a ve­ces no se puede ver por­que nos lo ta­pa la edi­fi­ca­ción, los mé­da­nos… Sin em­bar­go, las olas es­tán allá y más allá tam­bién está Africa, otro con­ti­nen­te y otra vi­da. Ha­bía dos se­res que pe­dían que ellos fue­ran fuer­tes para lle­var­los de la mano has­ta la adul­tez y la ver­dad… a Caty Khar­ma el co­ra­zón le la­tía más fuer­te cuan­do te­nía cer­ca a su ma­ri­do. La en­fer­me­ra anun­ció que en dos ho­ras él ten­dría el al­ta y ya po­dría re­ti­rar­se: no co­rría más pe­li­gro de un ata­que alér­gi­co. Si­món asin­tió y pre­gun­tó a Caty si po­día bus­car­le al­gún ho­tel en el ce­lu­lar, re­ser­var­le un cuar­to, para que él pa­sa­ra la no­che y des­pués ini­cia­ran los trá­mi­tes de di­vor­cio sino que­da­ba más re­me­dio. Caty se ne­gó. A cam­bio de eso sa­có de su car­te­ra dos pa­sa­jes de re­gre­so a Bue­nos Ai­res. Apre­tó la mano de su ma­ri­do con la su­ya y le di­jo: “Hay quien di­ce que el amor es más fuer­te que to­do. Pro­be­mos a ver si es cier­to…” y des­pués se­lla­ron la re­con­ci­lia­ción con un be­so. Eso lo que ha­cen los aman­tes en to­das las pe­lí­cu­las cuan­do se de­ci­den a es­tar jun­tos y es lo que hi­cie­ron ellos.

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