La No­che­bue­na en las ro­ton­das

Clarin - Rural - - LOS TEMA DE LA SEMANA - Héc­tor A. Huer­go hhuer­go@clarin.com

¡Fe­liz Na­vi­dad! Co­mo mu­chas ve­ces en los úl­ti­mos años, qui­se pa­sar la No­che­bue­na en una ro­ton­da en el sud­es­te, com­par­tien­do si­dra y pan dul­ce con los mu­cha­chos que van a le­van­tar la co­se­cha.

Mi pe­que­ño homenaje a los con­tra­tis­tas que con sus cor­ta y tri­lla son el úl­ti­mo es­la­bón de la ca­de­na que sir­ve la me­sa de los ar­gen­ti­nos. Las fies­tas de fin de año los aga­rran siem­pre le­jos de sus ca­sas y sus fa­mi­lias, ins­ta­la­dos en los cru­ces de ru­tas, es­pe­ran­do que los ven­gan a bus­car de las es­tan­cias y las cha­cras.

Pe­ro es­te año no ha­bía ca­ra­va­nas en las ro­ton­das. Ni en la de Azul, ni en la de la rue­da de Juá­rez. Ni en Tan­dil. El tri­go ya no es lo que era. Pa­ra na­die.

Los con­tra­tis­tas se que­da­ron en sus ca­sas. Mo­ver las co­se­cha­do­ras es muy ca­ro. Má­qui­nas mu­chos más gran­des y cos­to­sas, se de­ben trans­por­tar aho­ra en ca­rre­to­nes, al igual que el res­to del “cir­co”, que sí se achi­có: en lu­gar de los tres o cua­tro ca­rri­tos tol­va, aho­ra al­can­za con un gran au­to­des­car­ga­ble por cor­ta y tri­lla.

Otra de las gran­des trans­for­ma­cio­nes de los úl­ti­mos 30 años. Me­nos gen­te, ca­si­llas más con­for­ta­bles y so­fis­ti­ca­das. Pe­ro pa­ra que mo­ver es­ta com­par­sa re­mo­za­da, ha­ce fal­ta mu­cho tri­go. Y mu­cha ce­ba­da, que se co­se­cha an­tes. Bueno, hay me­nos de los dos. Ya sa­be­mos por qué.

Pe­ro exis­ten otras ra­zo­nes que ex­pli­can el cam­bio. El de ma­yor im­pac­to es la irrup­ción de los cul­ti­vos de ve­rano en las zo­nas tra­di­cio­nal­men­te tri­gue­ras del sud­es­te y sud­oes­te. En pri­mer lu­gar, la so­ja, a par­tir del fe­nó­meno de la RR. Pe- ro tam­bién el maíz y el sor­go, que era con­si­de­ra­do de zo­nas tem­pla­do cá­li­das has­ta ha­ce po­cos años. Y ya es­ta­ba el girasol.

La con­so­li­da­ción de la co­se­cha grue­sa abrió un pa­no­ra­ma nue­vo pa­ra los con­tra­tis­tas lo­ca­les, que en­con­tra­ron, aho­ra sí, jus­ti­fi­ca­ción pa­ra te­ner una cor­ta y tri­lla. Tam­bién mu­chos pro­duc­to­res, en una zo­na con fuer­te tra­di­ción

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Fal­tan las ca­ra­va­nas de con­tra­tis­tas en el sud­es­te. El tri­go ya no es lo que era

fie­rre­ra, en­con­tra­ron que va­lía la pe­na de­jar de de­pen­der de las “norteñas”, muy ata­rea­das en aten­der lo pro­pio en San­ta Fe, Cór­do­ba, y atraí­das ca­da vez más por el boom del NEA y el NOA. Y en­ton­ces se fue­ron equi­pan­do y hoy se las es­tán arre­glan­do so­los.

Es­tas son ex­pre­sio­nes muy cla­ras de los enor­mes cam­bios tec­no­ló­gi­cos y or­ga­ni­za­cio­na­les de la Se­gun­da Re­vo­lu­ción de las Pam­pas. A mu­chos los to­ma por sor­pre­sa. En reali­dad, la tran­si­ción hu­bie­ra si­do más or­de­na­da si no se hu­bie­ra pro­du­ci­do la fa­len­cia de los cul­ti­vos de in­vierno.

Una de las gran­des ca­tás­tro­fes de la dé­ca­da ga­na­da es es­te de­fault, que sig­ni­fi­có no só­lo la pér­di­da de opor­tu­ni­da­des pa­ra el sec­tor ru­ral, sino la pér­di­da del au­to­abas­te­ci­mien­to tri­gue­ro del Mer­co­sur. Ya lo con­ta­mos ha­ce un par de se­ma­nas: los pro­duc­to­res de tri­go nor­te­ame­ri­ca­nos agra­de­cie­ron a los mo­li­nos bra­si­le­ños por ha­ber­los con­ver­ti­do en sus prin­ci­pa­les pro­vee­do­res. Re­cor­de­mos: Bra­sil es el se­gun­do im­por­ta­dor mun­dial de tri­go, de­trás de Egip­to.

Has­ta ha­ce cin­co años, la Ar­gen­ti­na era prác­ti­ca­men­te su abas­te­ce­dor ex­clu­si­vo. Con pre­fe­ren­cia aran­ce­la­ria, el ce­real pam­peano era im­ba­ti­ble.

Y lo más la­men­ta­ble es que aquí si­gue so­bran­do, mien­tras las ex­por­ta­cio­nes si­guen ce­rra­das.

En las úl­ti­mas ho­ras hu­bo fuertes ru­mo­res acer­ca de una po­si­ble li­be­ra­ción del mer­ca­do, no tan­to co­mo res­pues­ta a la jus­ta pre­ten­sión de los pro­duc­to­res, sino por el ape­ti­to ofi­cial por más dó­la­res y re­cur­sos fis­ca­les. Re­cor­de­mos: el pre­cio del tri­go ba­jó un 25% en el mer­ca­do mun­dial, pe­ro aquí si­gue pa­gan­do el 23% de re­ten­cio­nes.

Si al­go que­dó cla­ro en to­da es­ta ab­sur­da sa­ga, es que los de­re­chos de ex­por­ta­ción tie­nen in­ci­den­cia nu­la en el pre­cio del pan. Pe­ro ahí es­tán.

Es­ta es la úl­ti­ma co­se­cha fi­na que se le­van­ta en la era K. La pró­xi­ma se­rá, se­gu­ra­men­te, la cam­pa­ña de la re­cu­pe­ra­ción. Ru­sia, si­guien­do el ejem­plo mo­re­liano, tra­bó sus ex­por­ta­cio­nes. Los pre­cios subie­ron. El pró­xi­mo go­bierno lle­ga­rá con un pan aba­jo del bra­zo.

¡Fe­liz Año Nue­vo!

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