“Dios creó el mun­do, pe­ro...”

Clarin - Rural - - LA COLUMNA DE LA SEMANA - Héc­tor A. Huer­go hhuer­go@clarin.com

“Dios creo el mun­do, pe­ro fue­ron los ho­lan­de­ses los que crea­ron Ho­lan­da”. En su blog, el es­pañol Jo­sé Doncel re­co­ge el vie­jo pro­ver­bio con el que se ufa­nan los súb­di­tos de la rei­na Má­xi­ma. Por­que en Ho­lan­da to­do fue cons­trui­do, en una mi­le­na­ria pe­lea con­tra los em­ba­tes del agua. Por al­go el nom­bre oficial es el de “Paí­ses Ba­jos”.

Aho­ra, cuan­do las inun­da­cio­nes vuel­ven a aso­lar es­tas pam­pas, va­le la pe­na echar una mi­ra­da pro­fun­da y des­pre­jui­cia­da so­bre la epo­pe­ya que con­vir­tió a Ho­lan­da en una po­ten­cia agrí­co­la, cul­ti­van­do mi­llo­nes de hec­tá­reas de tie­rras pro­te­gi­das de los em­ba­tes del mar. Y de los des­bor­des de tres gran­des ríos, el Rhin, el Mo­sa y el Es­cal­da, que lue­go de re­co­rrer Eu­ro­pa desem­bo­can en el Mar del Nor­te.

Allí vi­ven 17 mi­llo­nes de ha­bi­tan­tes. La agri­cul­tu­ra, tec­ni­fi­ca­da e in­ten­si­va, es un sec­tor cla­ve en su economía. El mun­do re­co­no­ce el pai­sa­je de sus tu­li­pa­nes, que de­co­ran la cam­pi­ña en fran­jas mul­ti­co­lo­res. Su in­dus­tria le­che­ra es im­po­nen­te, con una tra­di­ción sub­ra­ya­da por la ra­za em­ble­má­ti­ca en to­do el mun­do: la Hols­tein.

Pe­ro los tu­li­pa­nes y los fo­rra­jes que co­men las le­che­ras, así co­mo los cham­pig­no­nes, las fru­tas, las hor­ta­li­zas, los tri­ga­les y los gi­ra­so­les de Van Gogh, se cul­ti­van hoy no so­la­men­te en tie­rras pro­te­gi­das, sino en mi­les de hec­tá­reas ga­na­das al mar y por de­ba­jo de su ni­vel. Un de­sa­fío in­ge­nie­ril im­po­nen­te, que a tra­vés de los si­glos fue ge­ne­ran­do pro­pues­tas ca­da vez más au­da­ces y crea­ti­vas.

Otro pro­ver­bio, es­ta vez chino, di­ce que cuan­do vie­ne el vien­to fuer­te, unos se es­con­den y otros ha­cen mo­li­nos. Los ho­lan­de­ses hi­cie­ron mo­li­nos des­de la Edad Me­dia. Los usa­ron pa­ra bom­bear el agua excedente. Al prin­ci­pio, eran eó­li­cos. Hoy, to­da­vía vi­vi­tos y co­lean­do, son Pa­tri­mo­nio de la Hu­ma­ni­dad y fuen­te inago­ta­ble de re­cur­sos por el tu­ris­mo. Más tar­de, con la re­vo­lu­ción in­dus­trial, lle­ga­ron los mo­to­res de va­por. Lue­go, la elec­tri­ci­dad. Hoy, mi­les de mo­li­nos eó­li­cos ja­lo­nan los ta­blo­nes de flo­res y cul­ti­vos en los pol­ders ba­jo el ni­vel del mar. Ya no se inun­dan.

Aquí, mien­tras tan­to, se­gui­mos bus­can­do un cul­pa­ble. Fe­liz­men­te, se des­pe­jó la tor­men­ta que ame­na­za­ba a la siem­bra di­rec­ta y a su ahi­ja­da la so­ja, se­ña­la­das co­mo res­pon­sa­bles del even­to. Tam­po­co al­can­za con la ex­pli­ca­ción de las obras no rea­li­za­das. Es pro­ba­ble que, aun cuan­do las obras pro­yec­ta­das ha­ce trein­ta años se hu­bie­sen con­cre­ta­do, no hu­bie­ran po­di­do ata­jar el alu­vión. Hay que ba­ra­jar y dar de nue­vo.

Ha­ce trein­ta años no ha­bía bio­tec­no­lo­gía y no sa­bía­mos na­da de fertilización. Ni ha­bía plan­tas de urea o fos­fa­tos. No se co­no­cía el si­lo de maíz ni el grano hú­me­do de sor­go.

Hoy te­ne­mos la siem­bra di­rec­ta, la so­ja In­tac­ta, los hí­bri­dos sim­ples de maíz Bt, la al­fal­fa hí­bri­da, las pi­ca­do­ras au­to­mo­tri­ces, las pul­ve­ri­za­do­ras con bo­ta­lo­nes de 45 me­tros que pi­den cam­po. Las fá­bri­cas de fer­ti­li­zan­tes. Los cos­tos por tonelada de grano ba­ja­ron sus­tan­cial­men­te. Es to­do mu­cho más sus­ten­ta­ble, con una hue­lla de car­bono que to­do el mun­do mi­ra y en­vi­dia.

En­ci­ma, es­tá el cam­bio cli­má­ti­co, que plan­tea un es­ce­na­rio de ma­yo­res pre­ci­pi­ta­cio­nes y even­tos más to­rren­cia­les en es­tas pam­pas. Hay que con­ver­tir “tie­rras ba­jas” en agrí­co­las. Y pro­te­ger­las.

El in­ge­nie­ro Os­car Ro­drí­guez Diez, con enor­me ex­pe­rien­cia en el te­ma, afir­ma en una no­ta que nos en­vió es­ta se­ma­na: “con so­lo par­te de los in­gre­sos ge­ne­ra­dos por el im­pues­to a las ex­por­ta­cio­nes agro­pe­cua­rias, ad­mi­nis­tra­dos con efi­cien­cia y trans­pa­ren­cia, en me­nos de una dé­ca­da, po­drían con­cre­tar­se las obras pa­ra el de­fi­ni­ti­vo con­trol de las fre­cuen­tes inun­da­cio­nes; que tan­tos per­jui­cios eco­nó­mi­cos y da­ños per­so­na­les cau­san. Por lo que, en prin­ci­pio, no ha­bría ex­cu­sas va­le­de­ras pa­ra pos­ter­gar su pues­ta en mar­cha”.

Los Paí­ses Ba­jos de­mos­tra­ron que el agua no es in­do­ma­ble (http://ja­don­celd.blogs­pot.com. ar). Pen­se­mos en gran­de. t

In­ge­nie­ría. Los ho­lan­de­ses usan los mo­li­nos des­de la Edad Me­dia pa­ra bom­bear el agua excedente en sus cam­pos.

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