Ma­ña­na se­rá un día cru­cial

Clarin - Rural - - LA COLUMNA DE LA SEMANA - Héc­tor A. Huer­go hhuer­go@cla­rin.com

Ma­ña­na se­rá un día cru­cial. La Ar­gen­ti­na tie­ne una gran es­pe­ran­za. No, no voy a rom­per la ve­da elec­to­ral. Me estoy re­fi­rien­do a Los Pu­mas. Oja­lá po­da­mos fes­te­jar en el de­sa­yuno y que la ce­le­bra­ción se pro­lon­gue has­ta la fi­nal. Que se jue­ga en no­viem­bre.

Pe­ro el cam­po ya ga­nó, pa­ra­fra­sean­do a uno (a) de los can­di­da­tos (a). Por­que pa­se lo que pa­se (con Los Pu­mas, ojo) lo que vie­ne es otra his­to­ria. En­ton­ces, la cla­ve es un nue­vo re­la­cio­na­mien­to con la po­lí­ti­ca que vie­ne y con la so­cie­dad. Por­que el con­tra­to so­cial es­tá tam­bién en es­cru­ti­nio. El víncu­lo el pro­duc­tor y el ciu­da­dano de a pie, que sa­be que los ali­men­tos no na­cen en una gón­do­la y por eso des­con­fía, ne­ce­si­ta una con­ven­ción cons­ti­tu­yen­te.

“No va­yas por ahí di­cien­do que el mun­do te de­be su sus­ten­to. El mun­do no te de­be na­da, es­ta­ba aquí an­tes”, de­cía Mark Twain. La di­ri­gen­cia ru­ra­lis­ta ma­cha­có con la mu­le­ti­lla de que le da­mos de co­mer no sé a cuán­tos mi­llo­nes (creo que 400, con­ta­ron to­das las pa­tas y di­vi­die­ron por dos) y que el mun­do va a te­ner más bo­cas en el 2050, y otras ca­la­mi­da­des mal­tu­sia­nas. A la luz de los re­sul­ta­dos, pa­re­ce que es­te dis­cur­so no fue muy con­mo­ve­dor, pe­ro si­gue en­ca­be­zan­do cuan­to li­bro, pa­per o has­ta fo­lle­tos pu­bli­ci­ta­rios de ca­rros mi­xer (que no mez­clan ali­men­tos pa­ra la gen­te sino pa­ra los ani­ma­les).

Una vez, en pleno apo­geo, le pre­gun­ta­ron a Bri­git­te Bar­dot qué con­se­jo le da­ría a una ac­triz que re­cién se ini­cia­ba. “Sé bo­ni­ta y cá­lla­te la bo­ca”, res­pon­dió al to­que. Al­gu­na vez lo con­té y me til­da­ron de ma­chis­ta. Bueno, qui­zá lo sea, por­que pien­so que BB te­nía ra­zón. Du­ran­te años, el agro sin­tió que su pro­ble­ma era que la gen­te no lo co­no­cía y por eso no lo apre­cia­ba. En reali­dad, es­te es un pro­ble­ma glo­bal. Pe­ro en la Ar­gen­ti­na tu­vi­mos la du­do­sa for­tu­na del ex­pe­ri­men­to K. An­tes de que la so­cie­dad se die­ra cuen­ta de lo bo­ni­to que era el cam­po, lo des­cu­brió la po­lí­ti­ca con su es­pe­cial ol­fa­to pa­ra en­con­trar te­so­ros. Y fue­ron por to­do. Co­no­ce­mos la his­to­ria.

Ese ci­clo se va a ce­rrar en po­cas se­ma­nas, cual­quie­ra sea el re­sul­ta­do del partido de ma­ña­na. Seen­tre rán tiem­pos de pro­pues­tas. Que im­pli­can un enor­me ries­go, por aque­llo de la “ten­ta­ción del bien”. La cues­tión de las re­ten­cio­nes, por ejem­plo, da­rá ori­gen a to­da suer­te de al­qui­mias con un de­no­mi­na­dor co­mún: de qué ma­ne­ra sos­te­ner­las por­que “no se pue­den sa­car de un día pa­ra el otro”. So­bre to­do las de la so­ja, que es co­mo de­cir el 80% de to­do lo que le ma­man al cam­po por de­ba­jo del alam­bra­do. Pe­ro no hay más pas­to y la va­ca se es­tá se­can­do.

Una de las jus­ti­fi­ca­cio­nes -ex­plí­ci­tas o im­plí­ci­tas- de los de­re­chos de ex­por­ta­ción es que es­ti­mu­lan el “va­lor agre­ga­do en ori­gen”. Un can­to de si­re­nas que ca­ló hon­do in­clu­so aden­tro del sec­tor. Una co­sa son los pe­que­ños di­fe­ren­cia­les (en ge­ne­ral, co­mo po­lí­ti­ca es­pe­jo del pro­tec­cio­nis­mo, que tien­de a lle­var­se el tra­ba­jo a su ca­sa pa­gan­do más por el pro­duc­to bá­si­co que por sus de­ri­va­dos in­dus­tria­les, co­mo es el ca­so de la so­ja), y otra co­sa son re­ten­cio­nes del 35% pa­ra la so­ja, y el 32% pa­ra la ha­ri­na de so­ja o el acei­te. Es­to só­lo sir­ve pa­ra que al­gu­nos vi­vos mez­clen so­ja con maíz y lo ex­por­ten co­mo ali­men­to ba­lan­cea­do, que pa­ga el 5%.

El ver­da­de­ro va­lor agre­ga­do, en la eco­no­mía ar­gen­ti­na, es­tá en la com­pe­ti­ti­vi­dad in­trín­se­ca de las ca­de­nas más evo­lu­cio­na­das. Co­mo pre­ci­sa­men­te es la de la so­ja, des­de la bio­tec­no­lo­gía en la se­mi­lla al pa­cú de Ro­sa­mon­te. Un clus­ter que in­te­gra a fa­bri­can­tes y dea­lers de sem­bra­do­ras, pul­ve­ri­za­do­ras, co­se­cha­do­ras, aco­pla­dos, ca­mio­nes, la po­de­ro­sa in­dus­tria de crus­hing, los puer­tos. De­je­mos que es­to vuel­va a su­ce­der. Y ha­brá be­lle­za.

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