Mi­jail Barysh­ni­kov “En el es­ce­na­rio, un hom­bre sin na­da fe­me­nino es un abu­rri­mien­to”

¿Un bai­la­rín desafía la ma­ne­ra en que se es­pe­ra que se mue­va un hom­bre? Po­co an­tes de lle­gar al país, el ar­tis­ta ha­bla de dan­za. Y del pa­so del tiem­po.

Clarin - Spot - - Nota De Tapa - NUE­VA YORK. EN­VIA­DA ES­PE­CIAL Pa­tri­cia Ko­les­ni­cov pko­les­ni­cov@cla­rin.com

Só­lo las fo­tos, la dia­gra­ma­ción, el co­rrer del tex­to pue­den ha­cer pen­sar que es­to fue fá­cil. Di­ga­mos la ver­dad: fue di­fi­ci­lí­si­mo. Es­te hom­bre, que se sien­ta pa­ra ha­cer su en­tre­vis­ta nú­me­ro qui­nien­tos mil, es Mi­jail Barysh­ni­kov, es el hom­bre a quien por to­das par­tes -goo­gleen y ve­rán­lla­man, sin pu­dor “el me­jor bai­la­rín del mun­do”, es el que triun­fó jo­ven­ci­to en la Unión So­vié­ti­ca y se que­dó en Ca­na­dá en 1974 y en­se­gui­da era el bai­la­rín prin­ci­pal del Ame­ri­can Ba­llet Thea­tre y en 1978 ya es­ta­ba no­mi­na­do a un Os­car pe­ro na­da que ver con el bai­le: co­mo ac­tor de re­par­to en Mo­men­to de de­ci­sión. El que de­jó el bai­le clá­si­co y se me­tió al con­tem­po­rá­neo, por cam­biar no­más. El que lle­gó a tan­tí­si­mas ca­sas co­mo el no­vio de Ca­rrie en la se­rie Sex and the city. De la al­ta cul­tu­ra a Broad­way, a Holly­wood y al Tea­tro Co­li­seo, don­de se pre­sen­ta del 7 al 14 de sep­tiem­bre. Es­te es el ti­po. Es­tá can­sa­do de las en­tre­vis­tas, pe­ro es su tra­ba­jo: es­ta­mos en su lu­gar en el mun­do, el Barysh­ni­kov Arts Cen­ter, en Man­hat­tan, y an­tes de arran­car Barysh­ni­kov sube a una im­pre­sio­nan­te te­rra­za, con pai­sa­je de ras­ca­cie­los y nu­bes, y bai­la. No se mue­ve una mos­ca ni se es­cu­cha una no­ta: con al­gu­na mú­si­ca in­ter­na, Barysh­ni­kov bai­la pa­ra las fo­tos, pri­me­ro arri­ba, lue­go en el estudio don­de se en­tre­na to­dos los días. El fo­tó­gra­fo que lo si­gue y dis­pa­ra, dis­pa­ra asu al­re­de­dor, es blan­quí­si­mo, al­to, fla­co: es su hi­jo Pe­ter.

Es­tá can­sa­do de las en­tre­vis­tas, así que no di­ce ni mu has­ta que se sien­ta en una sa­la de reunio­nes, en la pun­ta de una me­sa ova­la­da, y lar­ga: “Las co­sas que hay que ha­cer pa­ra ven­der en­tra­das”. An­ti­pá­ti­co pro­fe­sio­nal, ya ha d icho es­to en otras no­tas, co­mo pa­ra que su in­ter­lo­cu­tor arran­que con el pie cam­bia­do. Vie­ne al país pa­ra ha­cer Let­ter to a

man (Car­ta a un hom­bre), una obra di­ri­gi­da por Bob Wil­son y ba­sa­da en los dia­rios de otra fi­gu­ra de la dan­za: Vas­lav Ni­jinsky. Es un tex­to con­mo­ve­dor: na­ci­do en 1890 en Po­lo­nia, Ni­jinsky bri­lló des­de muy chi­co co­mo bai­la­rín y se re­ve­ló co­mo un co­reó­gra­fo re­vo­lu­cio­na­rio. Pe­ro en 1917 em­pe­zó a mos­trar sig­nos de es­qui­zo­fre­nia y en­tre enero y mar­zo de 1919, mien­tras la ca­be­za se le iba, es­cri­bió su dia­rio. “Quie­ro llo­rar, pe­ro Dios me or­de­na que es­cri­ba. No quie­re que me de­ten­ga”, di­ce al fi­nal. “Creo que he su­fri­do más que Cristo”. Es­te es el es­pí­ri­tu en el que se tie­ne que me­ter Barysh­ni­kov. -Us­ted ha di­cho que no es po­si­ble ac­tuar la lo­cu­ra.

- Qui­zás en ci­ne o tea­tro ha­ya mo­men­tos en que se com­po­ne a una per­so­na con pro­ble­mas men­ta­les. Pe­ro hay que te­ner cui­da­do de no imi­tar la ra­re­za. -¿El ries­go de es­te­reo­ti­par?

- Sí. Y el di­rec­tor es Bob Wil­son, que de­tes­ta el tea­tro psi­co­ló­gi­co. En sus obras nun­ca vas a ver un hom­bre o una mu­jer llo­ran­do. Es la idea de que es­ta­mos re­crean­do un tex­to, no una dis­fun­ción men­tal. -¿Y pa­ra us­ted qué re­pre­sen­ta? - Es un estudio no­ta­ble, un do­cu­men­to. No hay otro ca­so en la his­to­ria en el que un pa­cien­te men­tal ha­ya es­cri­to un dia­rio día a día, du­ran­te seis o sie­te se­ma­nas, sin pa­rar. Y lue­go, que eso se ha­ya con­ver­ti­do en un li­bro. Es el des­cen­so ha­cia la os­cu­ri­dad. Cla­ro que hay mu­chos ele­men­tos: su pa­ci­fis­mo, su re­la­ción con Dios, su ma­tri­mo­nio. -Ni­jinsky se ca­só en Bue­nos Ai­res, des­pués de de­jar a su aman­te, el em­pre­sa­rio tea­tral Ser­guei Diag­hi­lev. -El ves­tua­rio que yo uso es un frac que es co­mo el que

lle­va­ba en la foto del día de su ca­sa­mien­to. Su mu­jer, Ró­mo­la Pulszky iba de blanco y él te­nía un som­bre­ro co­mo con un ci­lin­dro. Y la idea de que era un ca­sa­mien­to ha­cia Dios, ha­cia una nue­va vi­da; él de­ja a Diag­hi­lev y Diag­hi­lev lo de­ja a él. Se se­pa­ran. Lo que yo ha­go no es la des­crip­ción de su voz ni de su as­pec­to; él era muy dis­tin­to, soy un bai­la­rín muy di­fe­ren­te. La idea es (y Barysh­ni­kov le­van­ta la voz) que eso LE- PUEDEPA-SAR- A- CUAL-QUI-ERA. El per­so­na­je es más pa­re­ci­do a mí que a él. Le pue­de pa­sar a cual­quie­ra. -¿Y us­ted re­co­no­ce dón­de es­tá su lo­cu­ra?

-¿La lo­cu­ra en mí? Bueno, cual­quie­ra que prac­ti­ca el ar­te se­ria­men­te es­tá un po­co lo­co. Es un tra­ba­jo inusual, aun­que la pa­la­bra “tra­ba­jo” es erra­da: es una ob­se­sión. Pe­ro re­ci­bís al­go de pla­ta por tu ac­tua­ción, es un po­co ex­tra­ño que te pa­guen por un pla­cer. Bob cree que en­tien­de a es­ta gen­te. Co­mo Ni­jisky, él di­ce: “Me gus­tan los lu­ná­ti­cos, los co­noz­co, son co­mo yo, por­que mi her­mano era un lu­ná­ti­co”. - ¿Y a us­ted no le pa­sa na­da?

-Yo soy un in­tér­pre­te, se tra­ta de ac­tuar. Y no po­dés ac­tuar en las pues­tas de Bob: te­nés que dar, te­nés que di­se­ñar tu pro­pia vi­da in­te­rior. Voy con la ca­ra blan­ca, ape­nas par­pa­dee se va a no­tar, co­mo en esas pe­lí­cu­las mu­das. Aquí es ne­ce­sa­rio ser muy aus­te­ro, de otra ma­ne­ra es tra­ves­tis­mo. - ¿Y a us­ted, un bai­la­rín, có­mo le cae esa aus­te­ri­dad en los mo­vi­mien­tos?

- Es la se­gun­da obra que ha­go con Bob, y en las dos tu­ve la ca­ra blan­ca.

- Le pre­gun­to­qué le pa­sa a us­ted y us­ted con­tes­ta: “Di­ce Bob, di­ce Bob...”

- Él es el di­rec­tor.

-¿Qué pa­sa con sus sen­ti­mien­tos, con su cuer­po?

- No ha­ría na­da que a Bob no le pa­re­cie­ra. Lo dis­cu­ti­mos jun­tos pe­ro él to­ma las de­ci­sio­nes. - Es de­cir que us­ted va a sen­tir lo que él le di­ga que sien­ta...

- ¡Ahhh noooo! El no le di­ce a na­die qué tie­ne que sen­tir, ja­más.

- ¿Qué en­tien­de cuan­do Ni­jinsky di­ce “soy Dios, soy Dios, soy Dios”?

- Ni­jinsky di­ce al­go co­mo: “Soy cris­tiano pe­ro no prac­ti­co. Pe­ro creo en la di­vi­ni­dad del hom­bre, en la di­vi­ni­dad de los de­más. No ne­ce­sa­ria­men­te de la mía.. soy un pe­ca­dor, una per­so­na ba­ja, con una vi­da ba­ja”. Mu­chos fi­ló­so­fos di­je­ron que Dios vi­ve en ca­da hom­bre. Es­to es lo que él di­ce, “des­cu­brí a Dios por­que Dios es­tá en mí”.

Po­ne a Dios con­tra Diag­hi­lev. Di­ce: “No soy per­fec­to, ten­go ma­los com­por­ta­mien­tos y quie­ro que la gen­te me ayu­de a des­ha­cer­me de ellos”. - ¿Mal com­por­ta­mien­to es la re­la­ción con Diag­hi­lev? ¿La ho­mo­se­xua­li­dad?

-So­bre ma­los há­bi­tos, di­ce: “Soy una bes­tia, soy un pre­da­dor, voy a ir a tra­ba­jar al mer­ca­do fi­nan­cie­ro por­que quie­ro en­ga­ñar a la gen­te.. qué ho­rri­ble soy”. So­mos to­dos así, él es muy no­ta­ble por su ho­nes­ti­dad. - Leí que es­ta­ba an­gus­tia­do por la ho­mo­se­xua­li­dad.

-Era to­tal­men­te bi­se­xual. Sus fan­ta­sías eró­ti­cas eran con mu­je­res. Per­se­guía “co­cot­tes”, pros­ti­tu­tas, en las ca­lles de Pa­rís, ha­cía el amor cin­co ve­ces al día, sen­tía que era por lu­ju­ria y lo per­tur­ba­ba es­ta ex­ci­ta­ción per­ma­nen­te, te­nía un com­por­ta­mien­to vo­lup­tuo­so que no po­día pa­rar. Ha­brá te­ni­do dos re­la­cio­nes ho­mo­se­xua­les en su vi­da: una con su pri­mer aman­te, que le pre­sen­tó por te­lé­fono a Diag­hi­lev di­cién­do­le “es­toy can­sa­do de es­te ti­po”, y Dhia­gi­lev se enamo­ró de él. No que­da cla­ro que ha­ya te­ni­do otra re­la­ción con un hom­bre pe­ro sí mu­chas con mu­je­res. Y se ca­só, tu­vo hi­jos.. - Pe­ro ha­bla­ba de an­gus­tia.

- Con­fu­sión, sí. En el si­glo pa­sa­do las nor­mas de com­por­ta­mien­to, y muy es­pe­cial­men­te en el mun­do del tea­tro, eran tan abier­tas que la gen­te del ba­llet, del tea­tro, la gen­te ri­ca, ele­gía jó­ve­nes ac­tri­ces, jó­ve­nes ac­to­res, de a dos. Era la co­sa bohe­mia, la co­caí­na se ven­día en las far­ma­cias. El mun­do no era tan hi­pó­cri­ta co­mo el que vi­vi­mos en los años 70, 80, 90. Pa­ra él no ha­bía cul­pa. Diag­hi­lev fue un gran pa­tro­ci­na­dor, ami­go, aman­te, y le abrió to­das las po­ten­cia­li­da­des, co­mo co­reó­gra­fo, co­mo bai­la­rín. - ¿Aun hoy la ho­mo­se­xua­li­dad, la bi­se­xua­li­dad, se pre­su­men en to­dos los bai­la­ri­nes? Por­que pa­ra bai­lar te­nés que desafiar la ma­ne­ra en que se su­po­ne que se mue­ve un hom­bre. - En el es­ce­na­rio un hom­bre sin cua­li­da­des fe­me­ni­nas es un abu­rri­mien­to, es te­rri­ble, la fe­mi­ni­dad tam­bién da cier­to pa­ra­guas de com­ple­tud. Re­cuer­de que to­dos em­pe­za­mos nues­tra vi­da co­mo mu­je­res, en la con­cep­ción al prin­ci­pio el hue­vo es fe­me­nino. Yo ado­ro ha­cer pa­pe­les fe­me­ni­nos. Es­toy tra­ba­jan­do en uno aho­ra mis­mo, no sé si

se ha­rá fi­nal­men­te. - ¿Pue­do pre­gun­tar de qué se tra­ta?

-No, no. Lo que quie­ro de­cir es que pa­ra no hay evi­den­cias de que Ni­jinsky pro­ble­mas con su se­xua­li­dad, era so­la­men­te la ma­ne­ra en que sen­tía. Sus dos aman­tes, Pa­vel Lvov y Dhia­gi­lev, fue­ron bue­nos pa­ra él .. eran ami­gos. - Us­ted na­ció en Le­to­nia, vi­vió en Mos­cú, de­jó la Unión So­vié­ti­ca en 1974. ¿La pa­la­bra “pa­tria” tie­ne al­gún sen­ti­do pa­ra us­ted? ¿Cuál es su pa­tria? -Soy es­ta­dou­ni­den­se. Mi fa­mi­lia es­tá acá, mis chi­cos na­cie­ron acá, me sien­to es­ta­dou­ni­den­se. Aho­ra Le­to­nia me dio una ciu­da­da­nía ho­no­ra­ria y pue­do ser par­te de la Unión Eu­ro­pea, ten­go dos pa­sa­por­tes, lo que es agra­da­ble. Pe­ro no creo que pue­da vi­vir en otro lu­gar que en los Es­ta­dos Uni­dos. - Di­jo mu­chas ve­ces que nun­ca iba a bai­lar tan­go. ¿Por qué?

-Lo amo, voy a ver mi­lon­ga, es­toy ob­se­sio­na­do con mi­rar, sa­car fo­tos, pe­ro bai­lo te­rri­ble­men­te. - ¿Apren­dió?

-Sí, el ABC, pe­ro bai­lar, bai­lar tan­go es al­go se­cre­to pa­ra mí, qui­sie­ra ser una mos­ca en la pa­red... -¿Qué va a ha­cer en Bue­nos Ai­res?

-¡Ac­túo to­dos los días! Qui­zás una pe­que­ña y agra­da­ble ce­na des­pués del tea­tro... qui­zás vaya a ver al­gu­nos lu­ga­res nue­vos de mi­lon­ga. Y es­ta obra es fí­si­ca­men­te exi­gen­te, es ago­ta­do­ra. - ¿Qué es pa­ra us­ted bai­lar, qué fue des­de el co­mien­zo?

-No me da­ba cuen­ta a los 10, 11 años, era una cues­tión de iden­ti­dad pro­ba­ble­men­te. Y re­sul­ta que em­pe­zás a bai­lar pro­fe­sio­nal­men­te cuan­do te­nés 11 años. .. - ¿Y an­tes?

-Uh, des­de el jar­dín. Bai­lá­ba­mos, era una tra­di­ción en la Unión So­vié­ti­ca.. yo cre­cí en Ri­ga, en Le­to­nia. Bai­lá­ba­mos, can­tá­ba­mos to­dos los días a los 5, 6 7, años... Des­pués em­pe­zás a pre­sen­tar­te en el tea­tro con una or­ques­ta real y una co­reo­gra­fía real... y ahí me di cuen­ta de que pa­ra mí era más di­ver­ti­do que ju­gar al fút­bol (pe­ro nun­ca di­ría es­to en Bue­nos Ai­res). Y sin em­bar­go me gus­ta ver fút­bol, mi hi­jo es un buen ju­ga­dor... Él jue­ga, yo muy po­co, pe­ro si­go el fúb­tol bri­tá­ni­co, o el sud­ame­ri­cano... al Real Ma­drid, al Bar­ce­lo­na. - ¿Pe­ro jue­ga, ju­gó?

-Un po­co cuan­do era chi­co, por ju­gar. - ¿En qué pues­to?

- Nun­ca su­pe, era no­más pa­tear una pe­lo­ta al ai­re li­bre, en la ca­lle.

- Us­ted tie­ne 69 años. ¿Có­mo cam­bia la dan­za con el tiem­po?

- Bai­lar es bai­lar.

- Pe­ro el cuer­po cam­bia

- Por su­pues­to. Y el bai­le cam­bia, y las obras. Aho­ra tra­ba­jo so­bre to­do en tea­tro pe­ro na­da cam­bia. - ¿Ya sien­te la di­fi­cul­tad del cuer­po?

- Así es en­ve­je­cer. Es más di­fí­cil le­van­tar­se a la ma­ña­na. To­do es pro­ble­má­ti­co con la edad. -Ha­ce tiem­po us­ted di­jo que los jó­ve­nes bai­la­ri­nes bai­la­ban “de más”. Y que lue­go se lle­ga­ba a hac er las co­sas de ma­ne­ra más sim­ple. -Bueno, bueno. Aho­ra prác­ti­ca­men­te no soy un bai­la­rín, me mue­vo en el es­ce­na­rio se­gún los de­seos del di­rec­tor. De­le es­te men­sa­je a la au­dien­cia de Bue­nos Ai­res: si cree que va a ver dan­za, no ven­ga, qué­de­se en ca­sa y mi­re fút­bol en la te­le­vi­sión.

PE­TER BARYSH­NI­KOV

Bai­lar es bai­lar. Barysh­ni­kov, an­tes de la en­tre­vis­ta, bai­lan­do (no po­san­do) pa­ra las fo­tos.

Mo­vi­mien­tos. Ni­jinsky en la obra “Schehe­ra­za­de, Pa­rís, 1910.

PE­TER BARYSH­NI­KOV

La ca­ra blan­ca. Barysh­ni­kov en la obra que vie­ne.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina

© PressReader. All rights reserved.