“De­jar de su­frir no tie­ne na­da que ver con su­pe­rar­se”

Re­fe­ren­te de una de las mo­da­li­da­des más com­ple­tas del yo­ga, por pri­me­ra vez ofre­ce cla­ses abier­tas.

Clarin - Spot - - Vida Espiritual - María Flo­ren­cia Pé­rez Es­pe­cial pa­ra Cla­rín

El yo­ga es­tá de mo­da. Se prac­ti­ca en los gim­na­sios; a 42 gra­dos de tem­pe­ra­tu­ra “pa­ra que­mar gra­sas”; en posturas acro­bá­ti­cas y con ar­ne­ses; con mas­co­tas, ba­jo el nom­bre “do­ga”... En los úl­ti­mos diez años su po­pu­la­ri­dad y ex­cen­tri­ci­dad cre­cie­ron pro­por­cio­nal­men­te. Tam­bién, los ne­go­cios aso­cia­dos a es­ta actividad: mu­chas de las gran­des fir­mas de in­du­men­ta­ria pa­ra fit­ness tie­nen una lí­nea es­pe­cí­fi­ca pa­ra yo­ga y has­ta al­gu­nos ca­na­les tra­di­cio­na­les de de­por­tes lo in­cor­po­ra­ron en su pro­gra­ma­ción.

De­trás de la “mar­ke­ti­ni­za­ción” de es­ta doc­tri­na mi­le­na­ria hay un cul­to al cuer­po que po­co tie­ne que ver con las prio­ri­da­des de Fedora Fon­se­ca, re­fe­ren­te y pro­fe­so­ra de Kundalini yo­ga que por pri­me­ra vez ofre­ce en Bue­nos Ai­res ac­ti­vi­da­des abier­tas al pú­bli­co: “El Kundalini lle­gó a Oc­ci­den- te en los años se­ten­ta. En­tre otras co­sas, se tra­ba­ja con se­ries de ejer­ci­cios con ob­je­ti­vos es­pe­cí­fi­cos, res­pi­ra­cio­nes, cantos de man­tras, re­la­ja­ción pro­fun­da y me­di­ta­ción. El ob­je­ti­vo es el des­per­tar de la con­cien­cia más que una de­pu­ra­ción del cuer­po”, ex­pli­ca es­ta chi­le­na re­si­den­te en Bar­ce­lo­na, que lle­gó a la Ar­gen­ti­na de la mano de la es­cue­la Sa­mad­hi (www.sa­mad­hi­bie­nes­tar.com). ¿El yo­ga es relax? Sí. ¿Es un an­tí­do­to con­tra el es­trés y un alia­do de la salud fí­si­ca? Tam­bién. Sin em­bar­go, Fedora vie­ne a de­cir que es mu­cho más que eso.

-Ac­tual­men­te el yo­ga es­tá muy aso­cia­do al fit­ness. ¿Es­to dis­trae de su esen­cia o co­la­bo­ra a su di­fu­sión?

-Yo­ga no es gim­na­sia. Por mu­cho que ha­gas en el cuer­po, si no ha­ces en la men­te, no se sos­tie­ne. En los tra­ta­dos más an­ti­guos que se en­cuen­tran, se des­cri­be una asa­na, una so­la pos­tu­ra. El yo­ga se pre­sen­ta­ba co­mo un ár­bol de ocho ra­mas y só­lo una era el cuer­po. Des­pués hu­bo un em­pe­ra­dor de la In­dia que por in­fluen­cias oc­ci­den­ta­les le en­car­gó a uno de los maes­tros más im­por­tan­tes de yo­ga que di­se­ña­ra una gim­na­sia in­dia, los yo­gas más fí­si­cos vie­nen de ahí. En Oc­ci­den­te es­ta­mos des­co­nec­ta­dos de nues­tro ba­ga­je es­pi­ri­tual que per­te­ne­cía a los pue­blos na­ti­vos. Por eso no­so­tros va­mos don­de los yan­quis y re­in­ter­pre­ta­mos es­ta tra­di­ción con nues­tros có­di­gos. Si vas a una cla­se de yo­ga en un gim­na­sio, te lo po­nes di­fí­cil pa­ra con­tac­tar con­ti­go mis­mo. Pe­ro me ha pa­sa­do de gen­te que me ha di­cho: “Ha­cía yo­ga en el gim­na­sio, un día sa­lí de la cla­se y me pu­se a llo­rar y qui­se sa­ber más”. Si tu puer­ta es­tá abier­ta, te pue­de caer una ma­ce­ta en la ca­be­za y te ilu­mi­nas o eres una se­ño­ra que te­je y con eso ya es­tás me­di­tan­do. Yo que sé... El yo­ga no es na­da, el yo­ga eres tú. Se pue­de lle­gar al mis­mo es­ta­do a tra­vés de otra bús­que­da per­so­nal.

-En es­ta fie­bre de la su­pera­ción per­so­nal que se da a par­tir de la au­to­ayu­da y las te­ra­pias al­ter­na­ti­vas se ve cons­tan­te­men­te per­so­nas que em­pie­zan y aban­do­nan es­to re­cur­sos ca­si compulsivamente…

-Es que hay un pa­trón apren­di­do que tie­ne mu­cha fuer­za y es­tá re­la­cio­na­do a la au­to­su­pera­ción, a la exi­gen­cia. Te­ne­mos que me­ter­nos en un hospital de des­in­to­xi­ca­ción pa­ra no ac­tuar au­to­má­ti­ca­men­te des­de la exi­gen­cia. Es lo pri­me­ro que nos sa­le, es lo que he­mos ma­ma­do y lo se­gui­mos fo­men­tan­do. ¡Pe­ro es que no te tie­ne que su­pe­rar, ca­ri­ño! En to­do ca­so hay que de­jar de su­frir, que no tie­ne na­da que ver con su­pe­rar­se. Los se­res hu­ma­nos pre­ci­sa­mos mu­cha ayu­da pa­ra con­tac­tar con no­so­tros mis­mos. No pa­ra te­ner una me­jor ima­gen. Aho­ra cla­ro, vie­nen con la ima­gen del yo­gui. ¡Jo­der! Ya es­ta­mos en lo mis­mo, usan­do la ima­gen del yo­gui pa­ra el su­fri­mien­to. Mos­tran­do a es­tas per­so­nas que pa­re­cen que es­tán más allá del bien y del mal. ¿Y yo qué sé có­mo es­tán? El re­ca­do es: “Yo co­mo soy, no val­go. Ten­go que ha­cer al­go”. Cuan­do des­can­sas de te­ner que ser al­guien di­fe­ren­te a quien eres, no­tas que siem­pre es­tu­vis­te bien.

-¿Có­mo ope­ró la trans­for­ma­ción del en vos? ¿Cam­bias­te de há­bi­tos?

-Los cam­bios más po­ten­tes que uno pue­de sen­tir pa­san por có­mo per­ci­bís el mun­do, a tí mis­mo y a los de­más. Pue­des te­ner unos há­bi­tos muy yó­gui­cos, ser muy ve­ge­ta­riano, prac­ti­car mu­cho, ves­tir­te de de­ter­mi­na­da ma­ne­ra, te­ner es­tos có­di­gos y no te­ner paz en tu men­te. La paz te la da co­no­cer­te, sa­ber quién eres. La paz no es­tá en la die­ta.

-¿El yo­ga no im­pli­ca re­nun­cias?

-Hay un as­ce­tis­mo en el yo­ga, una fa­ce­ta de re­nun­cia, pe­ro den­tro de esa aus­te­ri­dad hay una pre­mi­sa que es no ha­cer las co­sas por ne­ce­si­dad ni por há­bi­to, sino por pla­cer. ¿Hay sopa de pa­ta­tas ca­da día? Pues, no pa­sa na­da. Pe­ro si por ejem­plo, vas a be­ber vino que no sea por ne­ce­si­dad sino por pla­cer. Lo que tú ne­ce­si­tas ya es­tá. Sea en el ám­bi­to que sea, lo tie­nes cu­bier­to con lo bá­si­co. Si vas a dar un pa­so más allá, que sea por pla­cer y en­ton­ces es ino­cuo, no hay una de­pen­den­cia. Pa­ra no­so­tros, los oc­ci­den­ta­les, eso es la li­be­ra­ción, la ilu­mi­na­ción. No pre­ci­sa­mos flo­tar, ni te­ner po­de­res, bas­ta con eso.w

FO­TO RU­BÉN DIGILIO

En la ca­lle. “Yo­ga no es gim­na­sia. Por mu­cho que ha­gas en el cuer­po, si no ha­cés en la men­te no se sos­tie­ne”.

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