Jor­ge Drex­ler Un ar­te­sano de la can­ción

El can­tau­tor uru­gua­yo vuel­ve a Bue­nos Ai­res con nue­vo dis­co ba­jo el bra­zo, “Sal­va­vi­das de hie­lo”, gra­ba­do só­lo con gui­ta­rras, re­gi­do por la idea de ha­cer más con me­nos.

Clarin - Spot - - Portada - Juan To­más Er­bi­ti jer­bi­ti@cla­rin.com

En la ra­dio del au­to, des­pués de de­jar a los pi­bes en el co­le­gio, Jor­ge Drex­ler (53) es­cu­cha la des­crip­ción de una no­ve­la que ana­li­za los mo­vi­mien­tos mi­gra­to­rios y to­ma pres­ta­da la idea. Otro día, re­pi­tien­do esa ru­ti­na, oye el nue­vo sin­gle de Joa­quín Sa­bi­na y de­ci­de de­di­car­le unas es­tro­fas. Ins­pi­ra­cio­nes co­ti­dia­nas, im­pul­sos y jue­gos de azar ali­men­ta­ron mu­chas de las can­cio­nes de Sal­va­vi­das de

hie­lo, el nue­vo dis­co del can­tau­tor uru­gua­yo; el vi­gé­si­mo ter­ce­ro de su ca­rre­ra.

Drex­ler cuen­ta al­gu­nas de esas his­to­rias des­de Madrid, don­de vi­ve ha­ce va­rios años con su pa­re­ja, la ac­triz es­pa­ño­la Leo­nor Watling ma­dre de dos de sus tres hi­jos-, y di­ce es­tar sor­pren­di­do con la re­per­cu­sión que vie­nen te­nien­do sus pró­xi­mos shows en el Tea­tro Gran Rex 19, 20, 21 y 22 de oc­tu­bre-. “Quie­ro agra­de­cer al pú­bli­co ar­gen­tino, por­que me pa­re­ce un mi­la­gro que en tiem­pos di­fí­ci­les, de cris­pa­ción y de tur­bu­len­cia en la so­cie­dad y con la eco­no­mía tam­ba­lean­te, la gen­te se to­me el tiem­po y el ca­ri­ño de com­prar una en­tra­da e ir a ver un con­cier­to”, di­ce con la usual par­si­mo­nia de un rio­pla­ten­se de la otra ori­lla.

Aman­te de las pa­ra­do­jas, Drex­ler eli­gió ti­tu­lar al ál­bum con un con­cep­to que en­cie­rra una en sí mis­ma. Pe­ro el fo­co con­cep­tual, en es­te dis­co, es­tá pues­to en la mú­si­ca: uti­li­zó so­la­men­te gui­ta­rras. Unos po­cos días des­pués del lan­za­mien­to, el mú­si­co, com­po­si­tor y mé­di­co mon­te­vi­deano aún no sa­be có­mo des­cri­bir su fla­man­te tra­ba­jo.

“Me da la sen­sa­ción de que los dis­cos los co­noz­co en el es­pe­jo retrovisor, una vez que pa­sa­ron. La des­crip­ción im­pli­ca una dis­tan­cia. Mien­tras los es­toy ha­cien­do, es­toy de­ma­sia­do ab­sor­bi­do por el pro­ce­so. Y no es un pro­ce­so ló­gi­co o ra­cio­nal”, re­fle­xio­na.

-¿Por qué de­cís que ha­cer un dis­co no es un pro­ce­so ra­cio­nal?

-La com­po­si­ción vie­ne des­de un lu­gar que pre­ci­sa de la cor­te­za ce­re­bral, la con­cien­cia. Pe­ro vie­ne des­de más aba­jo tam­bién. Es­tá ba­sa­do en im­pul­sos, en aza­res, en pul­sio­nes pro­fun­das. Si fue­ra un pro­ce­so ra­cio­nal, uno es­cri­bi­ría so­bre lo que quie­re o so­bre lo que

ne­ce­si­ta es­cri­bir. Y uno es­cri­be so­bre lo que pue­de, so­bre lo que le cae en las ma­nos. Yo no con­tro­lo el pro­ce­so, de­jo que sea el pro­ce­so el que man­de. Y el azar tie­ne un rol muy im­por­tan­te.

-¿Có­mo jue­ga el azar?

-A ve­ces es­cu­cha­ba un pa­trón rít­mi­co y pen­sa­ba que por ahí te­nía que ir la can­ción. Así sa­lie­ron Mo­vi­mien­to (te­ma que abre el dis­co) y Pon­ga­mos

que ha­blo de Mar­tí­nez (de­di­ca­da a Sa­bi­na). Hay un mo­men­to en el que abrís el apa­ra­to evo­ca­ti­vo: cual­quier co­sa que te to­ca, evo­ca. Va­rias can­cio­nes vie­nen de es­cu­char la ra­dio co­mo quien ti­ra los da­dos; no con una aten­ción ra­cio­nal.

-Con­tás que hay mu­cho de azar y de in­cons­cien­cia en las es­cri­tu­ra de las can­cio­nes. Y sin em­bar­go, has di­cho que el pro­ce­so de com­po­si­ción es ca­si una ob­se­sión pa­ra vos. ¿Fue tam­bién así en es­te dis­co?

-Eso que te cuen­to es la me­to­do­lo­gía, la par­te sub­cons­cien­te del pro­ce­so. Pe­ro una vez que es­ta­ble­cés el cha­sis de la can­ción, el vec­tor prin­ci­pal, ahí en­tra la cons­cien­cia a or­de­nar, a re­cor­tar, a in­ves­ti­gar. Es­te fue el pe­río­do de com­po­si­ción más lar­go de mi vi­da: un año en­te­ro. To­do ese pro­ce­so es bas­tan­te ob­se­si­vo. Es­cri­bís al­go que con­si­de­rás bueno y es­tás un par de días ba­jo el in­flu­jo de esa ale­gría. Pe­ro al día si­guien­te, te­nés la ne­ce­si­dad de su­pe­rar o igua­lar el día an­te­rior. Y eso lo con­se­guís po­cas ve­ces. La ver­dad es que la ma­yor par­te de los días ten­go que sa­ber so­bre­lle­var la frus­tra­ción. Soy muy ma­la com­pa­ñía en ese pro­ce­so.

-¿Fue siem­pre así o te em­pe­zó a pa­sar cuan­do el com­po­ner y gra­bar dis­cos se vol­vió, qui­zás, un tra­ba­jo?

-Com­po­ner es un tra­ba­jo. Pe­ro tra­ba­jo pue­de de­cir mu­chas co­sas: des­de la­brar la tie­rra has­ta es­tu­diar la Di­vi­na Co­me­dia de me­mo­ria. Yo no ten­go nin­gún pro­ble­ma en sa­ber que es­cri­bir can­cio­nes y can­tar­las es un tra­ba­jo. El tra­ba­jo en­no­ble­ce. Pa­ra mí siem­pre fue una ob­se­sión com­po­ner. An­tes te­nía la li­ber­tad ab­so­lu­ta de dis­po­ner del tiem­po. Pe­ro lo cu­rio­so es que el tiem­po es una en­ti­dad frac­tal: cuan­to más te­nés, más de­mo­rás en ha­cer las co­sas; y cuan­do me­nos te­nés, más con­cen­tra­do es­tás. En­ton­ces, ape­nas em­pe­cé a te­ner mi tiem­po di­vi­di­do en otras co­sas -hi­jos, un equi­po de tra­ba­jo, gi­ras-, em­pe­cé a com­po­ner de una ma­ne­ra más con­cen­tra­da y más efec­ti­va. Pa­ra mí, un dead­li­ne es muy im­por­tan­te pa­ra ha­cer un dis­co por­que soy de­ma­sia­do dis­per­so, cu­rio­so y des­con­cen­tra­do. No me enor­gu­llez­co de eso. A los 53, uno em­pie­za a co­no­cer sus ta­lo­nes de Aqui­les.

-"Hie­lo" es una pa­la­bra que se re­pi­te va­rias ve­ces en el dis­co. ¿Es una ca­sua­li­dad o es un con­cep­to?

-Es una ca­sua­li­dad. Sal­va­vi­das de hie­lo no es un con­cep­to ni un re­su­men del dis­co, es una frase que me gus­ta poé­ti­ca­men­te. Es una pa­ra­do­ja, y me gus­tan las pa­ra­do­jas. Tie­ne una con­tra­dic­ción in­ter­na: es agua flo­tan­do so­bre agua. Es un so­lo ele­men­to y es efí­me­ro: es un sal­va­vi­das que sal­va de ma­ne­ra tran­si­to­ria. A la vez es una oda a lo efí­me­ro. Es acep­tar que en la vi­da to­do es tran­si­to­rio, em­pe­zan­do por no­so­tros, y lue­go por las pe­que­ñas epi­fa­nías a las que uno pue­de as­pi­rar y agra­de­cer: brin­dar, le­van­tar una co­pa, es­cu­char a un hi­jo, dar­le un be­so a al­guien. Son pe­que­ños sal­va­vi­das que se di­suel­ven. Y lue­go uno va a bus­car otro. Me gus­tan los tí­tu­los co­mo La bal­sa de pie­dra, de Sa­ra­ma­go, que con­tie­nen su pro­pia des­truc­ción, su pro­pia an­tí­te­sis.

-En­ton­ces, ¿hay con­cep­to en “Sal­va­vi­das de hie­lo”?

-El dis­co es­tá he­cho só­lo con gui­ta­rras. Eso ya es una de­ci­sión con­cep­tual, un ca­pri­cho con­cep­tual. De la mis­ma ma­ne­ra, el tí­tu­lo es­tá he­cho con un so­lo ele­men­to, agua; y el di­se­ño gráfico es­tá he­cho de un so­lo ele­men­to, un bo­lí­gra­fo Bic azul. Y eso, en una épo­ca del “To­do ya”, co­mo di­ce Ar­ca­de Fi­re en su úl­ti­mo dis­co (Everyt­hing Now), re­su­me muy bien la era en dos pa­la­bras. Es­ta­mos acos­tum­bra­dos a to­do ya: la bi­blio­te­ca uni­ver­sal nos ca­be en el bol­si­llo del pan­ta­lón. Te­nés más in­for­ma­ción en un ce­lu­lar que la que te­nía Ro­nald Rea­gan con to­do su equi­po de ase­so­res. Es una lo­cu­ra.

-¿Pe­ro exis­te real­men­te el “To­do ya”?

-No, es una ilu­sión. Siem­pre te­nés que ele­gir. Y en ese ac­to de ele­gir, pro­fun­di­cé en la gui­ta­rra. Fue un ejer­ci­cio de res­tric­ción, de fru­ga­li­dad y de mi­ni­ma­lis­mo. Y nos dio mu­chos do­lo­res de ca­be­za. Los per­cu­sio­nis­tas nos odia­ron du­ran­te la pri­me­ra me­dia ho­ra. Pe­ro de gol­pe le pe­ga­ban al cla­vi­je­ro, al man­go con un pom­pón, fro­ta­ban las cuer­das y apa­re­cían nue­vos rui­dos. Y em­pe­za­mos a en­con­trar un mun­do so­no­ro tam­bién frac­tal. Aun­que achi­ques el cam­po de jue­go, la den­si­dad es in­fi­ni­ta. Es co­mo el es­pa­cio fí­si­co o el con­cep­to de reali­dad: cuan­to más te acer­cás, más ma­ti­ces hay. Fue un dis­co he­cho con lu­pa.

-Ese achi­ca­mien­to del es­pa­cio, en tiem­pos don­de la tec­no­lo­gía per­mi­te re­pli­car el so­ni­do de ca­si cual­quier ins­tru­men­to, ¿es una búsqueda de vol­ver a lo pri­mi­ti­vo?

-Sí y no. Hay una búsqueda de re­gre­sar a la po­bre­za de me­dios: a te­ner una co­sa y arre­glar­te con eso. Es una cos­tum­bre que he­mos per­di­do. Te­ne­mos to­do a nues­tro al­can­ce. Pe­ro la abun­dan­cia in­con­tro­la­da es otra for­ma de po­bre­za. Por­que te im­pi­de pro­fun­di­zar. Y pro­fun­di­zar es en­ri­que­cer­se. Co­mo de­cía Stra­vinsky: "Cuan­to más me li­mi­to, más me li­be­ro". Yo me em­po­bre­cí en me­dios pa­ra en­ri­que­cer­me en búsqueda y so­no­ri­da­des. Es el dis­co más di­gi­tal que hi­ce, pe­ro no se es­cu­cha eso. Por­que, de ver­dad, sal­vo al­gún ca­na­rio que se me­tió en la gra­ba­ción, en el dis­co no hay na­da más que vo­ces, sil­bi­dos y las co­sas que pue­de ha­cer el hom­bre con sus ma­nos (pal­mas, chas­qui­dos) y gui­ta­rras.w

Si fue­ra un pro­ce­so ra­cio­nal, uno es­cri­bi­ría so­bre lo que quie­re o ne­ce­si­ta es­cri­bir. Y uno es­cri­be so­bre lo que pue­de.”

El tiem­po es una en­ti­dad frac­tal: cuan­to más te­nés, más de­mo­rás en ha­cer las co­sas. Y cuan­do me­nos te­nés, más con­cen­tra­do es­tás.”

Me em­po­bre­cí en me­dios pa­ra en­ri­que­cer­me en búsqueda y so­no­ri­da­des. Es el dis­co más di­gi­tal que hi­ce, pe­ro no se es­cu­cha eso.”

El se­xo fuer­te. En su dis­co, Drex­ler tie­ne co­mo in­vi­ta­das a Ju­lie­ta Ve­ne­gas, Na­ta­lia La­four­ca­de y Mon La­fer­te.

El ofi­cio del com­po­si­tor. Drex­ler di­ce que hay al­go de azar en el co­mien­zo de la crea­ción de una can­ción, y mu­cho de ob­se­sión en el de dar­le sus for­mas de­fi­ni­ti­vas.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina

© PressReader. All rights reserved.