Is­mael Se­rrano Sen­sa­tez y sen­ti­mien­tos

El can­tau­tor com­bi­na en sus le­tras la me­lan­co­lía y el es­pí­ri­tu de pro­tes­ta. Cla­rín com­par­tió la gra­ba­ción en vi­vo de “20 años hoy es siem­pre”, ál­bum que aca­ba de edi­tar. Y en un mano a mano en Ma­drid el es­pa­ñol ha­bló de in­fan­cia, re­fe­ren­tes y amo­res. Y de

Clarin - Spot - - Portada - MA­DRID. EN­VIA­DA ES­PE­CIAL Sil­vi­na La­ma­za­res sla­ma­za­res@cla­rin.com

El mú­si­co es­pa­ñol com­bi­na en sus can­cio­nes la pro­tes­ta y la emo­ción, y pu­lió su pro­pio es­ti­lo de can­tau­tor. En Ma­drid, ha­bló de sus amo­res, sus desamo­res, la in­fan­cia y su vie­ja ten­den­cia al me­lo­dra­ma.

La no­ta se reali­zó cuan­do en Es­pa­ña ha­cía un in­ten­so ca­lor fue­ra de épo­ca. Los 44 gra­dos de la tar­de no de­be­rían ser un da­to pa­ra una ca­be­za in­for­ma­ti­va -el pri­mer pá­rra­fo de una cró­ni­ca-, pe­ro aquí se cue­lan por­que ter­mi­na­ron dan­do cuen­ta

de la di­men­sión del ar­tis­ta. Is­mael Se­rrano ha­bía pro­gra­ma­do du­ran­te me­ses la gra­ba­ción en vi­vo de un dis­co do­ble y un DVD en el Au­di­to­rio Pi­lar Bar­dem, an­te 200 per­so­nas, con un es­ce­na­rio de dos pi­sos, con re­crea­ción de cli­ma in­ver­nal en va­rios mo­men­tos de la pues­ta, y unas ho­ras an­tes del con­cier­to el ai­re acon­di­cio­na­do de la sa­la de­jó de

fun­cio­nar. Al­guien mi­dió y la tem­pe­ra­tu­ra a puer­tas ce­rra­das mar­ca­ba 47. El aba­ni­co im­pro­vi­sa­do con lo que fue­ra no al­can­za­ba. La bri­sa era una uto­pía “se­rra­nia­na” en una Ma­drid que se de­rre­tía. Pe­ro na­die se mo­vió du­ran­te las más de tres ho­ras del show. Y eso no lo lo­gra cual­quie­ra.

Aho­ra, 20 años hoy es siem­pre, que sa­lió a la ven­ta ha­ce unos días, es una jo­yi­ta mu­si­cal que pa­ra quie­nes fui­mos tes­ti­gos de su rea­li­za­ción

tie­ne aro­ma a ha­za­ña fí­si­ca. Al día si­guien­te del re­ci­tal, en su ofi­ci­na del pin­to­res­co ba­rrio de La La­ti­na, él es­tá más agra­de­ci­do que fas­ti­dia­do. Igual asu­me que “que­dé muy con­ten­to, pe­ro me le­van­té enoja­do pen­san­do que ha­bía que bus­car un res­pon­sa­ble por lo del ai­re. La gen­te no se me­re­cía su­frir tre­men­do ca­lor”.

-Ter­mi­nó sien­do un desafío a la re­sis­ten­cia…

-Pues cla­ro, pien­so que esas co­sas que­dan pa­ra el re­cuer­do, en el mar­co de la anéc­do­ta, co­mo un va­lor aña­di­do. Si nos hu­bie­ran avi­sa­do con tiem­po que no fun­cio­na­ba bien, lo po­dría­mos ha­ber so­lu­cio­na­do.

-De arri­ba se te veía per­fec­to. ¿Al es­ce­na­rio no lle­ga­ba el ca­lor?

-¿Que si lle­ga­ba? Era un horno. Pe­ro, bueno, siem­pre pa’lan­te. No sé có­mo sal­dré en cá­ma­ra, si su­dan­do o no, pe­ro con la me­jor ca­ra de aquí no pa­sa na­da. Los mú­si­cos me que­rían ma­tar por­que es­tá­ba­mos to­dos con pa­ja­ri­ta (la­zo cor­ba­te­ro).

Agua y “ca­fe­li­to” pa­ra ame­ni­zar la char­la sin apu­ro, aun­que en la ha­bi­ta­ción de al la­do hay tres re­lo­jes mar­can­do la ho­ra: la de Ma­drid, la de La Ha­ba­na y la de Bue­nos Ai­res. Ca­sa­do con una ar­gen­ti­na, la ac­triz Ji­me­na Ruiz Echa­zú, el país se le cue­la per­ma­nen­te­men­te en su de­cir. Tal vez por eso de­ci­dió in­cluir

Spag­het­ti del rock, de Di­vi­di­dos, en su nue­vo ál­bum: “Es una can­ción que siem­pre me ha gus­ta­do. Un día, de gi­ra por el In­te­rior, sa­lía­mos de ce­nar y vi que en un bar to­ca­ba una ban­di­ta ha­cien­do su ver­sión... pa­re­cía co­mo una ce­le­bra­ción muy ‘beatleia­na’. Me pre­gun­té: ‘¿Y si ha­go

yo al­go con es­to?’. Em­pe­cé tra­ba­jar con el arre­glis­ta y a lle­var­la a mi te­rri­to­rio. Es una le­tra ca­si psi­co­dé­li­ca, un po­co her­mé­ti­ca, pe­ro tie­ne imá­ge­nes muy bo­ni­tas, muy po­ten­tes. Bueno, es lo que tie­ne el rock ar­gen­tino. Me di­vier­te mu­cho ha­cer ver­sio­nes. Ya en un dis­co an­te­rior hi­ci­mos Mu­cha­cha ojos de pa­pel, lle­va­da ha­cia mi zo­na”.

-En el show hi­cis­te “To­do cam­bia” muy “is­mael­se­rra­ni­za­do”.

Es­cu­chan­do to­da mi mú­si­ca te pue­des ha­cer un idea de mis in­quie­tu­des, de mi bús­que­da, de mi sen­ti­do del hu­mor, de lo que soy y de lo que no soy”.

-Mi­ra, uno de los mo­men­tos más emo­cio­nan­tes de mi ca­rre­ra fue cuan­do gra­bé con Mer­ce­des So­sa la

Zam­ba del emi­gran­te. Lue­go me in­vi­tó a su ca­sa a to­mar el té. Y me acuer­do que me re­ga­ña­ba por­que no le ha­bía man­da­do la can­ción con su­fi­cien­te an­te­la­ción. Apren­dí mu­cho. Yo he cre­ci­do con ella, por­que ni te ima­gi­nas la de ve­ces que la he es­cu­cha­do en el to­ca­dis­cos de mi pa­dre cuan­do era ni­ño.

-¿Tu pa­dre te hi­zo fan de la mú­si­ca ar­gen­ti­na?

-A él lo en­lo­que­ce la mú­si­ca la­ti­noa­me­ri­ca­na en ge­ne­ral y la vues­tra en par­ti­cu­lar. Es ad­mi­ra­dor del Po­la­co Go­ye­ne­che. Es un fo­ro­fo del tan­go.

-¿Fo­ro­fo?

-Un fan, di­ga­mos. Y de Mer­ce­des ni te cuen­to... Fue inol­vi­da­ble pa­ra to­dos cuan­do can­té con ella Co­mo la

ci­ga­rra en Mar del Pla­ta.

-Te­nés mu­cha cer­ca­nía afec­ti­va con la Ar­gen­ti­na, ¿no?

-Mu­chí­si­ma. Pa­so gran par­te del año allí (en di­ciem­bre vie­ne de vi­si­ta) y he to­ca­do en to­das las pro­vin­cias. La pri­me­ra vez que es­tu­ve fue en el ‘97, ape­nas sa­lió mi dis­co de­but, Atra­pa­dos en azul. Me pre­sen­té en La Tras­tien­da y en­con­tré un pú­bli­co en­can­ta­dor. Des­de Ju­juy a Us­huaia he to­ca­do en mu­chas par­tes, he pa­de­ci­do huel­gas de las ae­ro­lí­neas, pe­ro siem­pre me las he in­ge­nia­do pa­ra lle­gar con mi gui­ta­rri­ta.

Un tra­go de agua fría y pi­de re­to­mar el con­cep­to del “to­do cam­bia. Sue­le ha­ber una re­sis­ten­cia por par­te de uno al cam­bio y el cam­bio no con­lle­va una re­nun­cia. Si no, mírame a mí, có­mo he evo­lu­cio­na­do en es­tos 20 años. Cuan­do veo a gen­te de mi ge­ne­ra­ción que si­gue can­tan­do des­de un lu­gar ca­si ado­les­cen­te, es­cri­bién­do­le úni­ca­men­te al de­sen­ga­ño amo­ro­so... Pe­ro, tío, aco­mo­da­te a tus nue­vas in­quie­tu­des. De he­cho yo aho­ra es­toy ha­cien­do con mi mu­jer un es­pec­tácu­lo in­fan­til (que lo tra­jo a Bue­nos Ai­res en las va­ca­cio­nes de in­vierno), Oli­ve­rio y la tor­men­ta. Hay que saber des­pre­jui­ciar­se. Me di­vier­te ver­me a los 20 años con una so­lem­ni­dad, una co­sa ro­tun­da en la can­ción so­cial, muy pro­pia de los vein­ti­pi­co. No le es­ca­po a ser so­lem­ne, pe­ro tam­bién quie­ro di­ver­tir­me un po­co. Cuan­do hi­ci­mos La lla­ma­da, que ha­bla del pre­ca­ria­do y de la cri­sis del país, me pu­se fir­me y di­je quie­ro trans­mi­tir el men­sa­je a lo (Ma­rio) Be­ne­det­ti, que de­cía que la ale­gría es una trin­che­ra. Hay que lu­char y reivin­di­car, pe­ro sin ins­ta­lar­se en la que­ja. Es­tá bien ser cir­cuns­pec­to cuan­do la can­ción lo me­re­ce. Pe­ro tam­bién hay que saber aflo­jar.

-En el re­ci­tal te to­mas­te con hu­mor va­rias ve­ces la fi­gu­ra del can­tau­tor. Co­mo que te pres­tas­te, en el diá­lo­go con una ro­sa, a re­vi­sar el ar­que­ti­po.

-Es que es­tá la ima­gen co­lec­ti­va del can­tau­tor tris­te. Y la ver­dad no es ésa. Creo que hay un es­tig­ma en cual­quier ti­po de pro­pues­ta que in­vi­te a la re­fle­xión en pro­fun­di­dad. Ni qué de­cir cuan­do hay una con­no­ta­ción po­lí­ti­ca o so­cial. Si quie­res ha­blar so­bre los re­fu­gia­dos en­se­gui­da te lle­ga el cues­tio­na­mien­to de

“¿Y por qué?”. Al pop o al rock li­ge­ro eso no le pa­sa. Y la ver­dad es que, oye, yo le can­to a to­do lo que me emo­cio­na, al amor, al desamor, a la de­sigual­dad, a lo que quie­ro.

-¿Te han cues­tio­na­do tus le­tras al­gu­na vez?

-En Es­pa­ña exis­te un pre­jui­cio muy ex­tra­ño, no sé si tan­to en la Ar­gen­ti­na, con res­pec­to al can­tau­tor: si di­ces que tus re­fe­ren­cias son Joan Ma­nuel Se­rrat, Sil­vio Ro­drí­guez, in­clu­so Joa­quín Sa­bi­na, en­trás co­mo en un anacro­nis­mo. En cam­bio, si di­ces que tus re­fe­ren­cias son Leo­nard Cohen, Jo­ni Mit­chell y Bob Dy­lan eres un ti­po cool. Hay un cier­to pro­vin­cia­nis­mo con eso.

-¿Y cuá­les son tus re­fe­ren­tes?

-Se­rrat, Luis Eduar­do Au­te, Sa­bi­na y Ro­drí­guez. Yo he cre­ci­do es­cu­chan­do esa mú­si­ca y reivin­di­co esas tra­di­cio­nes y el tér­mino del can­tau­tor co­mo gé­ne­ro, aun­que a ve­ces me ría. Aquí por ejem­plo se ha per­di­do la mú­si­ca de raí­ces. Tu vas por los pue­blos de la Ar­gen­ti­na y en las pe­ñas, los ga­ra­ges y en los pa­tios sue­na el fol­clo­re más ge­nuino y se ha­ce con un res­pe­to que con­mue­ve.

Se apa­sio­na Se­rrano de­fen­dien­do la esen­cia, lo ver­da­de­ro. Di­ce que a él lo de­fi­ne “la ce­le­bra­ción co­mo es­pí­ri­tu. Yo le can­to a lo hon­do y a lo co­ti­diano. Es­cu­chan­do to­da mi mú­si­ca te pue­des ha­cer una idea de mis in­quie­tu­des, de mi bús­que­da, de mi sen­ti­do del hu­mor, de lo que soy y de lo que no soy”. Me­lan­có­li­co con­fe­so, asu­me que “cuan­do uno es­tá enamo­ra­do sa­ca lo me­jor y lo peor de uno. Y más si uno ha si­do no co­rres­pon­di­do”.

-¿Has si­do no co­rres­pon­di­do?

-Pues sí. Y yo creo que to­dos lo he­mos si­do. Son si­tua­cio­nes que te ubi­can. Hay al­go de de­rro­ta en eso y, co­mo di­go en una can­ción, to­do tem­po­ral de­ja una en­se­ñan­za. El ejer­ci­cio de re­com­po­si­ción cuan­do su­fres el desamor te ayu­da a ha­cer lim­pie­za.

-¿Cuan­do eras jo­ven­ci­to te iba bien con las chi­cas, te­nías un dis­cur­so ga­na­dor?

-Bueno, me ha ido bien, pe­ro tam­bién he te­ni­do mis fra­ca­sos. Has­ta el ga­lán más ga­na­dor tie­ne sus tro­pie­zos. De­bo re­co­no­cer que no fui un chi­co es­pe­cial­men­te su­fri­dor. Pe­ro mis pa­dres di­cen que ten­día al me­lo­dra­ma des­de pe­que­ñi­to. Pa­re­ce que era un ni­ño muy llo­rón. Y en mis re­la­cio­nes de pa­re­ja he vi­vi­do las cri­sis con pa­sión y mu­cha pro­fun­di­dad. Pe­ro el amor es así.

-¿Te­nés bue­na red fa­mi­liar?

-Cla­ro, con una ni­ña ma­ra­vi­llo­sa, Li­la, que tie­ne 3 añi­tos. Ella ha re­vo­lu­cio­na­do mi mun­do, ha re­no­va­do mi mi­ra­da, co­mo que to­do vuel­ve a ser por pri­me­ra vez. Las pri­me­ras Na­vi­da­des jun­tos, la pri­me­ra vez que ves el mar, el pri­mer vue­lo a la Ar­gen­ti­na. To­do vuel­ve a te­ner un pun­to de aven­tu­ra. Ha­ce po­co la lle­vé a la Fe­ria del li­bro y re­cor­dé cuan­do iba con mis pa­dres y mis her­ma­nos... Có­mo me cos­ta­ba ele­gir con qué his­to­ria que­dar­me, to­do era un su­fri­mien­to...

-¿Qué que­rías ser de gran­de?

-Em­pe­cé una ca­rre­ra, Cien­cias fí­si­cas, por­que me gus­ta­ba la as­tro­fí­si­ca. Era buen es­tu­dian­te, pe­ro en se­gun­do año ya em­pe­za­ba a to­car en ba­res. Lo cier­to es que siem­pre me ha gus­ta­do mi­rar las es­tre­llas.

-To­do un sen­ti­men­tal.

-Sí, es muy mío eso. Mi­rar y so­ñar.

Sa­be con­tes­tar, Is­mael Se­rrano. Sa­be cons­truir bo­ni­tas imá­ge­nes com­bi­nan­do las pa­la­bras. Y, a esa vir­tud, no hay ca­lor so­fo­can­te que pue­da de­rre­tir­la.

El pa­dre de Li­la. Ca­sa­do con una ac­triz ar­gen­ti­na, tie­ne una hi­ja de 3 años que, se­gún con­fie­sa, “ha re­vo­lu­cio­na­do mi mun­do”.

Me­lan­có­li­co y di­ver­ti­do. A los 43 años, Is­mael Se­rrano su­po mol­dear su pro­pio es­ti­lo de can­tau­tor. Re­co­no­ce que en sus co­mien­zos era más so­lem­ne.

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