Don­de Piaz­zo­lla em­pe­zó su ro­man­ce con el tan­go

En el ba­rrio East Vi­lla­ge, ca­sas, ca­lles, ba­res y leyendas ates­ti­guan la in­fan­cia del ban­do­neo­nis­ta en Nue­va York. Un re­co­rri­do tras sus pri­me­ros pa­sos co­mo mú­si­co.

Clarin - Viajes - - CIRCUITOS ESTADOS UNIDOS - Gus­ta­vo Ng Es­pe­cial pa­ra Cla­rín GEM SPA.

Se crió en Lo­wer Man­hat­tan, pe­ro no parece ve­ro­sí­mil que Ás­tor Piaz­zo­lla ha­ya pe­lea­do un round con Ja­ke La Mot­ta. Tam­bién es di­fí­cil que su maes­tro de piano, un ve­cino ca­sual, fue­ra dis­cí­pu­lo de Ser­guéi Raj­má­ni­nov. Piaz­zo­lla te­nía una fuer­te ten­den­cia a ha­cer­se le­yen­da, sien­do Nue­va York una de las ver­tien­tes que la nu­tren. Es que es­ta ciu­dad es tie­rra de leyendas, y lo más in­tere­san­te de es­tos re­la­tos no es que no sean reali­dad sino que ten­gan un fon­do de ver­dad. Piaz­zo­lla pu­do ha­ber men­ti­do en to­do, pe­ro la ver­dad es que fue un ge­nio y su mú­si­ca es ma­ra­vi­llo­sa. Y la ver­dad es que el ba­rrio don­de se crió, el East Vi­lla­ge, es má­gi­co.

De vi­si­ta a es­ta fas­ci­nan­te ciu­dad de Es­ta­dos Uni­dos es po­si­ble mo­ver­se tras los pa­sos de la ni­ñez del mú­si­co en el East Vi­lla­ge, que se ex­tien­de des­de la ca­lle East Hous­ton has­ta la East 14th, y des­de East La­fa­yet­te y la 4th Ave­nue has­ta el East Ri­ver. El ba­rrio ex­pli­ca con cla­ri­dad quién fue Piaz­zo­lla, sin con­tar que ofre­ce un cos­ta­do neo­yor­quino sor­pren­den­te.

Éra­se una vez

En 1925, Vi­cen­te Piaz­zo­lla fue con su es­po­sa y su hi­jo Ás­tor, de 4 años, a Nue­va York. Allí se que­da­ron has­ta 1936. El pri­mer lu­gar don­de vi­vie­ron es el nú­me­ro 8 de Saint Mark’s Pla­ce (East 8th Street).

En las no­ches en que el frío mor­día, el edi­fi­cio sen­tía el des­con­sue­lo de Ju­lio de Ca­ro o de Car­los Gar­del, que sa­lía de la vic­tro­la de No­nino. El East Vi­lla­ge fue siem­pre te­rri­to­rio de in­mi­gran­tes, ita­lia­nos, ucra­nia­nos, por­to­rri­que­ños.

Ás­tor se crió en la ca­lle, con ami­gos que te­nían ape­lli­dos co­mo Som­mer­kovsky o Gra­ziano. Se hi­zo un street­wi­se, un sa­ban­di­ja. “En Nue­va York apren­dí a ha­cer­me du­ro y a cui­dar­me”, di­jo en una bio­gra­fía. Y tam­bién: “To­do que­da ba­jo la piel”.

La cua­dra don­de pa­só sus pri­me­ros años es un co­ra­zón del East Vi­lla­ge, que al­ber­gó gangs en aque­lla épo­ca, y lue­go fue un en­tre­ve­ro de hip­pies, bohe­mios y punks, siem­pre con el mis­mo es­pí­ri­tu de li­ber­tad, ex­cen­tri­ci­dad y ar­te.

Fue el ba­rrio de Iggy Pop, Charlie Par­ker, Jean Mi­chel Bas­qiat, John Le­gui­za­mo, Cho­leo Se­vigny, Da­ve Ma­ni­to­ba y Ma­don­na. The Ra­mo­nes to­ca­ban por mo­ne­das y Pat­ti Smith leía poe­mas en las se- sio­nes de la St. Mark Church (East 10th Street y 2nd Ave­nue), a las que cual­quie­ra po­día asis­tir.

Piaz­zo­lla re­cor­da­ba que a me­tros de su ca­sa es­ta­ba el Orp­heum, en la 2da Ave­ni­da, don­de to­ca­ban mú­si­cos co­mo Gersh­win y Sop­hie Tuc­ker. Aún es­tá –y hoy se pue­de ir– el in­creí­ble Stomp, es­pec­tácu­lo de per­cu­sión que com­bi­na un despliegue de ob­je­tos, ar­ti­lu­gios y ex­pre­sión cor­po­ral.

Hoy, en­tre el tea­tro y la ca­sa de Piaz­zo­lla abun­dan piz­ze­rías, pe­que­ños restaurantes ára­bes, ja­po­ne­ses y me­xi­ca­nos, ta­ba­que­rías orien­ta­les, pues­tos en que pa­kis­ta­níes ven­den som­bre­ros, bi­joute­rie y re­me­ras con la on­da del ba­rrio; lo­ca­les de ro­pa ti­be­ta­na y cen­tros de yo­ga.

Ta­tua­jes y ar­qui­tec­tu­ra

En el East Vi­lla­ge lo al­ter­na­ti­vo es mar­ca de ori­gen. Hay mu­cho pro­duc­to orien­tal co­mo al­ter­na­ti­va a Oc­ci­den­te. Es­tá lo me­xi­cano, lo ve­gano, lo ba­ra­to (al­ter­na­ti­va al con­su­mis­mo), los ta­tua­jes y pier­cings, lo des­pro­li­jo en con­tras­te con una ciu­dad ele­gan­te. Es al­ter­na­ti­vo del mis­mo mo­do en que Piaz­zo­lla es lo di­fe­ren­te al tan­go tra­di­cio­nal.

Es un ba­rrio fue­ra de la pa­sa­re­la tu­rís­ti­ca. Uno se po­dría lle­var de re­cuer­do un ta­tua­je y sin du­das vol­ve­rá con fo­tos de los fren­tes de los edi­fi­cios, las vie­jas cons­truc­cio­nes que enamo­ran de Nue­va York. Mu­chas tie­nen una pla­ca re­cor­dan­do qué fun­cio­nó allí, lo que agre­ga un to­que his­tó­ri­co a un ba­rrio que es una ga­le­ría de ar­qui­tec­tu­ra.

Uno de los edi­fi­cios que tie­ne una pla­ca es el 313 de la East 9th Street, don­de se con­sig­na que allí vi­vió el com­po­si­tor Ás­tor Piaz­zo­lla. Aún es­tá la puer­ta por la que en­tra­ron el pa­dre y su hi­jo de 8 años el día que fue­ron a com­prar un ban­do­neón a una ca­sa de re­ma­tes.

A po­cos me­tros es­tá el le­gen­da­rio res­tau­ran­te ucra­niano Ve­sel­ka (144 2nd. Av.), cla­va­do en el co­ra­zón de mu­chos neo­yor­qui­nos por­que allí en­cuen­tran una co­mi­da aco­ge­do­ra. Pe­di­mos unos pie­ro­gies fri­tos re­lle­nos con que­so y pa­pas, y una ham­bur­gue­sa que só­lo ha­ce Ve­sel­ka.

Hay un gru­po de tu­ris­tas jó­ve­nes, una se­ño­ra ucra­nia­na que vi­vió en el East Vi­lla­ge y un ma­tri­mo­nio de neo­yor­qui­nos con un be­bé. “¿Qué es eso?”, di­cen que pre­gun­tó Ás­tor cuan­do el pa­dre le dio el ban­do­neón. Ya adul­to, re­pe­tía que su pro­fe­sor no le en­se­ñó mi­lon­gas sino amor por Bach.

De la mano de Gar­del

La cua­dra de la se­gun­da ca­sa de Piaz­zo­lla es otro con­cen­tra­do del East Vi­lla­ge, aun­que más ac­tual, con bou­ti­ques exclusivas, mi­cro ga­le­rías de ar­te, lo­ca­les de per­fu­mes, de ani­llos o de ves­ti­dos do­ra­dos y una co­lec­ción de tien­das vin­ta­ge don­de se es­con­den ac­ce­so­rios Marc Ja­cobs o Pra­da, bo­tas de cue­ro le­gen­da­rias, bra­za­le­tes de oro, jeans Ka­te Spa­de, len­tes Illes­te­va y más jo­yas a pre­cios im­pre­de­ci­bles.

Se su­ce­den una car­ni­ce­ría or­gá­ni­ca, una ca­sa de ma­sa­jes, una sas­tre­ría an­ti­gua, un wi­ne­bar y un cen­tro de ar­te taoís­ta. To­dos los edi­fi­cios son igua­les al de Piaz­zo­lla, de los años 20, y el mun­do de esa cua­dra es pu­ro Piaz­zo­lla: sor­pren­den­te, ace­le­ra­do, cuan­tio­so, ex­qui­si­to. No hay por qué que­dar­se con las ga­nas de en­trar a ca­da lu­gar.

En los al­re­de­do­res se con­se­gui­rán dis­cos in­creí­bles en A1, 439 (East 6th Street), Ot­her Mu­sic (15 East 4th Street) y en Good Re­cords (218 East 5th Street). Es­ta­mos en un ba­rrio bohe­mio. En el 66 de la A Ave­nue es­tá Mast Books, li­bre­ría mag­ní­fi­ca­men­te cu­ra­da, y en el 828 de Broad­way, la le­gen­da­ria Strand Book Sto­re.

Po­dría­mos de­jar­nos ten­tar por el bar Mc­sor­ley’s Old Ale Hou­se (15 East 7th Street), cer­ca de allí, con su si­glo y me­dio de vi­da, su ai­re de cueva his­tó­ri­ca, el es­pí­ri­tu de be­be­do­res co­mo Abraham Lin­coln, las es­po­sas de Hou­di­ni col­ga­das en una pa­red, la luz de otra épo­ca que se pier­de en la ma­de­ra oscura.

La ta­ber­na es­tá igual que cuan­do el pe­que­ño Ás­tor to­ca­ba en el Ca­fé La­tino. Lue­go to­ca­ría en el show An eve­ning in Ar­gen­ti­na, en el Roe­rich Hall, y más tar­de pre­sen­ta­ría su pri­mer te­ma, Step by step in Broad­way, re­bau­ti­za­do por su pa­dre “La Ca­tin­ga” pa­ra que so­na­ra tan­gue­ro. To­do eso an­tes de que Piaz­zo­lla cum­plie­ra 15 años.

Al chi­co no le in­tere­sa­ba el tan­go, pe­ro No­nino –su pa­dre– su­po que Gar­del es­ta­ba en la ciu­dad y lo lle­vó a co­no­cer­lo. Gar­del lo adop­tó, lo lle­vó a Macy’s y a Saks co­mo in­tér­pre­te, lo hi­zo tra­ba­jar de ca­ni­lli­ta en “El día que me quie­ras”. Lo in­vi­tó a su gi­ra por Co­lom­bia.

No­nino no lo de­jó por­que era chi­co. Más tar­de, Ás­tor es­cri­bi­ría a Gar­del una car­ta ima­gi­na­ria: “Era la pri­ma­ve­ra del 35 y yo cum­plía 14. Los viejos no me die­ron per­mi­so y el sin­di­ca­to tam­po­co. Charlie, ¡me sal­vé! En vez de to­car el ban­do­neón es­ta­ría to­can­do el ar­pa”.

En Se­gun­da Ave­ni­da y St. Mark’s Pla­ce, un his­tó­ri­co kios­co de re­vis­tas, a me­tros de la ca­sa de Piaz­zo­lla.

EXÓ­TI­CO. Ne­go­cios in­só­li­tos en las ca­lles don­de se crió es­te mú­si­co.

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