El sue­ño de la tie­rra do­ra­da

Clarin - Viajes - - ULTIMA PARADA - Ma­ría Creu­za

La vi­da de los ar­tis­tas es una vi­da con via­jes cons­tan­tes, pe­ro hay lu­ga­res que te mar­can: hay lu­ga­res que te de­jan un buen sa­bor en la bo­ca, co­mo di­cen us­te­des, los ar­gen­ti­nos. Y es­tu­ve pen­san­do que ese lu­gar pa­ra mí se­ría Es­tam­bul, una ciu­dad que ha­cía años que­ría co­no­cer.

Hay una ra­zón por la cual me in­tere­sa­ba es­pe­cial­men­te es­ta ciu­dad de Tur­quía: uno de mis abue­los, si bien no lo co­no­cí mu­cho, na­ció ahí. Y por eso te­nía una gran cu­rio­si­dad por sa­ber más de ese lu­gar, aun­que siem­pre ten­go po­co tiem­po pa­ra los via­jes de pla­cer.

Por suer­te, ha­ce cin­co años, es­tan­do en Ma­drid, me in­vi­ta­ron a Es­tam­bul. Te­nía mu­chos re­ci­ta­les pre­vis­tos, pe­ro igual pu­de ir.

El via­je real­men­te me mar­có. De re­pen­te me en­con­tré en una ciu­dad con un co­lor es­pe­cial. Me fas­ci­na­ron los puen­tes enor­mes y ese so­ni­do par­ti­cu­lar que se oye per­ma­nen­te­men­te. Es­tam­bul no só­lo tie­ne mu­cho mo­vi­mien­to sino que se mez­clan las cos­tum­bres an­ti­guas con las mo­der­nas.

Lo pri­me­ro que vi fue­ron los edi­fi­cios con his­to­ria. Por más que es­tu­ve en un ho­tel mo­derno bien lo­ca­li­za­do, mi­ra­ba el es­tre­cho de Bós­fo­ro y no po­día creer que tu­vie­ra tan­ta per­so­na­li­dad, tan­ta pre­sen­cia fren­te a mis ojos. Des­per­ta­ba to­da mi sen­si­bi­li­dad.

Ca­mi­né mu­cho, pa­seé mu­cho, en­tré a mu­chas igle­sias que mues­tran esa atrac­ti­va mez­cla de los es­ti­los mu­sul­mán y bi­zan­tino. Y ob­via­men­te co­mí to­das las de­li­cias tur­cas que es­tu­vie­ron a mi al­can­ce. To­do me pa­re­ció ri­quí­si­mo, ade­más de muy in­tere­san­te. En los restaurantes po­dés de­gus­tar de­ce­nas de es­ti­los cu­li­na­rios.

Des­de ya, no po­día per­der­me el Gran Ba­zar ¡Me com­pré de to­do! En es­pe­cial me vol­vie­ron lo­ca las ban­de­jas, una be­lle­za... Pe­ro que­dé im­pre­sio­na­da con lo tre­men­dos que pue­den lle­gar a ser los tur­cos pa­ra ven­der. Yo de al­gu­na ma­ne­ra creía que es­ta­ba acos­tum­bra­da por có­mo es Bahía, mi tie­rra, don­de los mer­ca­dos tie­nen una gran in­fluen­cia orien­tal.

Pe­ro ellos, los tur­cos, son co­mer­cian­tes real­men­te na­tos. Te sir­ven té y em­pie­zan a que­rer con­ven­cer­te de to­do. A mí me hi­cie­ron com­prar unas bo­tas lle­nas de de­ta­lles bor­da­dos di­vi­nos, y una car­te­ri­ta ha­cien­do jue­go. Los ten­go bien guar­da­dos en al­gún ar­ma­rio de ca­sa por­que en Bra­sil ¡son im­po­si­bles de usar! ¡Tie­nen piel aden­tro y dan mu­cho ca­lor! Ellos te con­ven­cen de que com­pres cual­quier co­sa, aun­que no te sir­va...

La gen­te es muy sim­pá­ti­ca y agra­da­ble. Pa­ra co­mu­ni­car­nos, tra­té de ha­cer­me en­ten­der por los tur­cos del Gran Ba­zar: ha­bla­mos en in­glés, fran­cés y has­ta en por­tu­gués. ¡Fue muy gra­cio­so!

Quie­ro com­par­tir tam­bién otra ex­pe­rien­cia. Es que en ese via­je tam­bién fui­mos a Ca­pa­do­cia, un lu­gar mag­ní­fi­co. Que­dé fas­ci­na­da con to­do el tra­yec­to de ru­ta –te parece que es­tás en Mar­te–, con esos ca­mi­nos ex­tra­or­di­na­rios, las mon­ta­ñas y has­ta un ho­tel aden­tro de una ro­ca. Fue her­mo­so. Y des­pués, los via­jes en glo­bo, que me pa­re­cie­ron in­creí­bles aun­que ad­mi­to que no pu­de ani­mar­me a su­bir. Es mi cuen­ta pen­dien­te.

De esa ex­pe­rien­cia de via­je me que­da­ron mar­ca­dos los co­lo­res. Hoy cie­rro los ojos y pue­do ver­los; pue­do ima­gi­nar que Tur­quía es do­ra­da. A ve­ces pien­so que la ban­de­ra, con esa lu­na, tie­ne al­go que ver. Por­que tam­bién me fas­ci­nó la no­che. Es que en Es­tam­bul es má­gi­ca.

PA­SO DE EUROPA A ASIA. QUIÉN ES. Ma­ría Creu­za es una re­co­no­ci­da can­tan­te bra­si­le­ña. El 24 de ju­nio pre­sen­ta jun­to a To­quin­ho el re­ci­tal “El ar­te del en­cuen­tro” (tea­tro Gran Rex: ave­ni­da Co­rrien­tes 857, ciu­dad de Bue­nos Ai­res). Es­tam­bul, di­vi­di­da en dos sec­to­res por el Es­tre­cho de Bós­fo­ro.

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