Sub­je­ti­vi­da­des

Clarin - Viajes - - ULTIMA PARADA -

To­do lle­ga en la vi­da. To­do lle­ga, in­clu­so lo que creías que nun­ca ja­más ven­dría. Tam­bién lo que evi­ta­bas a ca­pa y es­pa­da, lo que re­cha­za­bas. To­do lle­ga. To­do, por fin.

En es­pe­cial lle­ga de pre­po lo que ju­ras­te no ser nun­ca. Tiem­po en vano que­rien­do rom­per el mol­de pro­ge­ni­tor (¿ser me­jor?); mi­nu­tos per­di­dos pro­me­tien­do al cie­lo mar­car otro rum­bo: sa­lir­te de lo tri­lla­do, ser me­nos es­pe­ra­ble y na­da an­ti­cua­do, sem­brar un fu­tu­ro di­fe­ren­te pa­ra vos y tu li­na­je. Pe­ro to­do te lle­ga y, al fi­nal, na­da cam­bia tan­to. La Roma del fi­nal es la mis­ma. Tu se­llo es de es­tir­pe fa­mi­liar y so­cial. Y no le es­ca­pás ni si­quie­ra cuan­do sen­tís que rom­pés to­da con­ven­ción im­pues­ta. In­clu­so en ese mo­men­to, la ló­gi­ca es la mis­ma.

Co­mo le pa­só a tus ma­yo­res, de a po­co los chi­cos te van co­pan­do to­do: los pla­nes, re­cuer­dos, la vi­da. No te mo­les­ta: los amás y es­tá di­cho que es así. Ibas a ser di­fe­ren­te y me­jor, pe­ro que­rés rea­li­zar el sue­ño del par­que te­má­ti­co, no im­por­ta cuán­to lo ha­yas cues­tio­na­do por tri­vial y ma­si­vo. Jun­tás ca­da cen­ta­vo y te me­tés en mil qui­nien­tas cuo­tas con in­te­rés. Es­tá di­cho que ser pa­dre es más es­to que otra co­sa. To­do lle­ga.

La ru­ti­na te de­la­ta. Vier­nes a la no­che fren­te a la te­le (“al fi­nal nos que­da­mos en ca­sa... por los chi­cos”), sá­ba­do en el club –gran plan o cien por cien­to de­pre–, “así po­trean un po­co”. Ve­ra­neo en un cha­lé os­cu­ro (“...noo, es­tu­vo bue­ní­si­mo. A un par de cua­dras de la pla­ya; ni mo­ví el au­to en quin­ce días”). Te po­ne con­ten­to que el pa­ra­dor ten­ga ba­ños acep­ta­bles, que pa­se el de los chu­rros, que no te ha­yas ol­vi­da­do los bal­des, el re­pe­len­te y el pro­tec­tor con FPS 50.

De los via­jes só­lo te que­dan fo­tos de los chi­cos (sorry, tu mi­nu­to de fa­ma ya fue). Las vi­ven­cias son su­yas. Vos que­rés mos­trar­les el mun­do.

Y des­pués si­gue así: más allá de to­da as­pi­ra­ción de otro tiem­po (in­te­lec­tual, ar­tís­ti­ca...), un día re­co­no­cés co­mo po­si­ti­vo que el cuer­po se te es­té inun­dan­do de la cos­mo­vi­sión in­fan­til, vi­sión má­gi­ca­men­te lú­di­ca del to­do. Ves con ojos de ne­ne y sen­tís con sus ma­nos.

Na­die se sal­va. A es­ta re­dac­to­ra le bro­tan de re­pen­te los de­seos de Ema. Ema la de ojos ver­des y pes­ta­ñas eter­nas, la so­ña­do­ra de seis años que des­de los tres sa­be lo que quie­re. Su fu­tu­ro es­tá sig­na­do en­tre un an­tes y un des­pués que de­fi­nió ella mis­ma y pa­ra ella. To­do se di­ri­mi­rá cuan­do cum­pla ese de­seo, su sue­ño. ¿Pe­ro cuán­do voy a po­der to­car la nie­ve, ma?

A Vio­le­ta (hoy mi­ra con an­sias el oa­sis de la ado­les­cen­cia), un re­cuer­do de los cua­tro años le re­su­me el ges­to y el ca­rác­ter, su ser y sen­si­bi­li­dad; su ima­gi­na­ción ili­mi­ta­da. Es Vio­le­ta con la na­riz fría y los ojos aten­tos al pai­sa­je tras la ven­ta­ni­lla. “Es­tás ca­lla­da... ¿te pa­sa al­go, Vio­le?”. No, na­da. Es­toy con mi pen­sa­mien­to.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina

© PressReader. All rights reserved.