Cór­do­ba

La se­re­na ca­li­dez de los pin­to­res­cos rin­co­nes de San Mar­cos Sie­rras, un pue­blo de ar­te­sa­nos es­con­di­do en el ex­tre­mo nor­te del Va­lle de Pu­ni­lla.

Clarin - Viajes - - EL VIAJE DEL LECTOR - Mir­ta Fio­ren­tino Ase­so­ra de Se­gu­ros. Vi­ve en Ave­lla­ne­da (pro­vin­cia de Bue­nos Aires) y via­jó a Cór­do­ba en abril de 2009.

Ha­ce más de sie­te años fui con mi hi­ja Ma­ria­na a co­no­cer un lu­gar per­di­do en me­dio de los her­mo­sos pai­sa­jes de Cór­do­ba, uno de los po­cos pue­blos que aún con­ser­van in­tac­tos su ori­gen y la na­tu­ra­le­za.

Lle­ga­mos en avión hasta Cór­do­ba ca­pi­tal y tres ho­ras y me­dia des­pués un mi­cro nos de­jó en San Mar­cos Sie­rras, a mi­tad de ca­mino de Ca­pi­lla del Mon­te a Cruz del Eje. Nos alo­ja­mos en una ca­ba­ña y, para co­mer al­go, fui­mos al cen­tro del pue­blo, de só­lo cua­tro cua­dras a la re­don­da des­de la úni­ca pla­za. Por suer­te, en­con­tra­mos don­de al­mor­zar y nos aten­die­ron muy bien, pe­ro a las dos de la tar­de ya no que­da­ba na­die en las ca­lles y ha­cía bas­tan­te ca­lor.

Des­can­sa­mos un ra­to en la pi­le­ta de las ca­ba­ñas y a la tar­de re­gre­sa­mos al cen­tro para co­no­cer el pue­blo, su gen­te y su mo­do de vi­da. Des­cu­bri­mos que la ma­yor par­te de los po­bla­do­res sub­sis­te gra­cias a la pro­duc­ción ar­te­sa­nal de miel, dul­ces, li­co­res, ar­te­sa­nías y acei­tu­nas.

Tam­bién tu­vi­mos tiem­po para re­co­rrer los dis­tin­tos bal­nea­rios cer­ca­nos y las ca­lle­ci­tas de tie­rra. Mien­tras es­tán en cla­se en la úni­ca es­cue­la, los niños de­jan sus bi­ci­cle­tas a la en­tra­da y sin can­da­dos. Asi­mis­mo, las ca­sas no tie­nen re­jas. Es que to­do trans­cu­rre en me­dio de la ma­yor tran­qui­li­dad. To­dos vi­ven sin apu­ros ni es­trés. No hay es­ta­cio­nes de ser­vi­cio ni se­má­fo­ros y al­gu­nos ve­ci­nos se reúnen una vez por se­ma­na para re­co­rrer el pue­blo en sus au­tos de los años 60 y 70, mos­tran­do or­gu­llo por man­te­ner­los ori­gi­na­les de fá­bri­ca.

El último día a la ma­ña­na, un re­mís nos con­du­jo hasta la ori­lla del río Quil­po. Re­sul­tó uno de los si­tios más lin­dos que co­no­ci­mos, con unas pla­yi­tas de are­na en las que rei­na la tran­qui­li­dad. Du­ran­te ese ra­to inol­vi­da­ble nos cru­za­mos con muy po­ca gen­te. El agua trans­pa­ren­te nos im­pul­só a re­fres­car los pies y pu­di­mos ob­ser­var cla­ra­men­te las pie­dri­tas del fon­do.

Un puen­te cons­trui­do en el pue­blo nos per­mi­tió apre­ciar el es­pec­ta­cu­lar atar­de­cer de San Mar­cos Sie­rras. Es­tá­ba­mos ma­ra­vi­lla­das ob­ser­van­do el sol, que se iba es­con­dien­do len­ta­men­te en­tre los ár­bo­les, las sie­rras y el río. Creo que en­tre tan­tas vi­ven­cias agra­da­bles, ese pue­blo fa­mo­so por su im­pron­ta hip­pie es un lu­gar ideal para re­gre­sar en cual­quier mo­men­to y dis­fru­tar de la tran­qui­li­dad y la na­tu­ra­le­za.

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