Mar del Pla­ta a pu­ro vue­lo

Un pa­seo en avión bi­pla­za que ofre­ce una pers­pec­ti­va dis­tin­ta de la ciu­dad y al­re­de­do­res.

Clarin - Viajes - - PORTADA - Die­go Je­mio Es­pe­cial pa­ra Cla­rín

Vuel­tas en el ai­re Pi­lo­to por un se­gun­do

El via­je si­gue por el puer­to, la ca­so­na ele­gan­te del Golf Club, Pun­ta Mo­go­tes, las pla­yas del sur y el mí­ti­co faro mar­pla­ten­se. Lue­go de me­dia ho­ra de vue­lo, lle­ga el tiem­po de vol­ver. El avión cru­za la pis­ta y mues­tra con cla­ri­dad la vis­ta de las can­te­ras de las que se ex­trae la pie­dra Mar del Pla­ta. De re­gre­so, Iván vuel­ve a ex­pli­car al­gu­nas cues­tio­nes téc­ni­cas; por ejem­plo, có­mo ga­nar al­tu­ra y có­mo ba­jar. El Cess­na tie­ne un do­ble man­do, y el pi­lo­to in­vi­ta a to­mar por unos se­gun­dos uno de ellos: la sen­sa­ción de vér­ti­go es tan bre­ve co­mo her­mo­sa. “Aho­ra el co­man­do es mío”, or­de­na el pi­lo­to. Y el Cess­na ate­rri­za plá­ci­da­men­te en el cés­ped el ae­ro­club.

Des­de las al­tu­ras, el día se veía glo­rio­so. El via­je ter­mi­na y el au­to se ale­ja del ae­ro­club. Mar del Pla­ta re­ga­la un nuevo día de pla­ya. Y me con­vier­to nue­va­men­te en un ti­po sen­ta­do en una si­lla de plás­ti­co, co­bi­ja­do por una som­bri­lla que, des­de allí arri­ba, se veía co­mo un círcu­lo per­fec­to. se­gun­dos... ¡es­ta­mos en el ai­re!

“Aquel es el par­que in­dus­trial y pa­ra allá es­tá el au­tó­dro­mo. ¿Ves allá a lo le­jos? Es la Sie­rra y Laguna de los Pa­dres”, va ilus­tran­do Iván, en los pri­me­ros mi­nu­tos de un vue­lo se­reno, mu­cho más del que uno po­dría ima­gi­nar pa­ra un avión de es­te por­te.

Des­pués, la ciu­dad va cre­cien­do a nues­tro pies. Las ave­ni­das prin­ci­pa­les, la ru­ta 2, el ae­ro­puer­to... has­ta que lle­ga­mos a la cos­ta. A par­tir del ba­rrio La Per­la, el avión co­mien­za a vo­lar en di­rec­ción sur por la lí­nea de cos­ta. Se van dis­tin­guien­do, co­mo en una ma­que­ta, los gran­des íco­nos de Mar­del: el Club de Pes­ca­do­res co­mo un gran bra­zo me­ti­do en el bar, el Edi­fi­cio De­me­trio Elía­des (co­no­ci­do co­mo Edi­fi­cio Ha­van­na, el más al­to de "La fe­liz"), el To­rreón del Mon­je, pla­ya Va­re­se, To­rres de Ma­nan­tia­les y el ca­bo Co­rrien­tes, que mar­ca el fi­nal de la sie­rra de Tan­di­lia.

Aun­que los pa­seos se rea­li­zan to­do el año, tie­ne un sa­bor es­pe­cial ha­cer­lo du­ran­te el ve­rano. Des­de los 500 me­tros de al­tu­ra se distinguen, per­fec­tas, las postales de la tem­po­ra­da, cuan­do el avión avan­za por pla­ya Chi­ca, pla­ya Gran­de y el par­que San Mar­tín. Se ven las hi­le­ras si­mé­tri­cas de las car­pas y el círcu­lo de las som­bri­llas; los sur­fers desafian­do las olas y las mi­les de ca­be­zas re­fres­cán­do­se en el mar siem­pre fres­co. Des­de acá, la ciu­dad pa­re­ce apa­ci­ble, co­mo el vue­lo del pe­que­ño bi­pla­za. años 60, que aho­ra es­tá man­so en el sue­lo, lle­gue a los 500 me­tros de al­tu­ra. Ha­blar con Iván trans­mi­te cal­ma, lo que es im­por­tan­te si el vi­si­tan­te lle­ga a sen­tir­se in­ti­mi­da­do por un avión de di­men­sio­nes re­du­ci­das.

El ae­ro­club -don­de tam­bién se for­man pi­lo­tos pri­va­dos y co­mer­cia­les e ins­truc­to­res de vue­lo- es­tá re­gi­do por las nor­mas de la Ad­mi­nis­tra­ción Na­cio­nal de Avia­ción Ci­vil (ANAC). “Siem­pre te­ne­mos que ha­cer che­queos an­tes de vo­lar. Si hay al­go que no es­tá en con­di­cio­nes, no sa­li­mos. Te­ne­mos una lis­ta que, por más que co­noz­ca­mos de me­mo­ria, de­be­mos leer an­tes de ca­da des­pe­gue”, cuen­ta Laz­za­rino. Re­vi­sa el acei­te y el com­bus­ti­ble de la na­ve. Mue­ve los ale­ro­nes. Lue­go prue­ba el mo­tor ca­si a pleno y otras cues­tio­nes bá­si­cas an­tes de vo­lar. Un he­li­cóp­te­ro de la Po­li­cía, de esos que pa­tru­llan las pla­yas, ate­rri­za en el ae­ro­club. Y en­se­gui­da lle­ga el turno del Cess­na, que pi­de por ra­dio per­mi­so pa­ra vo­lar. El avión po­ne su mo­tor a pleno, ga­na ve­lo­ci­dad y a los po­cos La es­ce­na for­ma par­te del pai­sa­je de los ve­ra­nean­tes. Cual­quie­ra sea la pla­ya de la ciu­dad en la que pa­se sus va­ca­cio­nes, el tu­ris­ta ve­rá esos pe­que­ños avio­nes atra­ve­san­do la fran­ja cos­te­ra con car­te­les de pu­bli­ci­dad. Allí va un anun­cio de un cir­co, lue­go pa­sa el de un re­ci­tal, y más tar­de, el clá­si­co de un pro­tec­tor so­lar. ¿Có­mo se­rá ver la ciu­dad des­de esa pers­pec­ti­va? Ver Mar del Pla­ta des­de las al­tu­ras, y las mi­les de som­bri­llas co­mo círcu­los coloridos y per­fec­tos, es la pro­pues­ta que ha­ce a los vi­si­tan­tes el ae­ro­club de la ciu­dad.

Se pue­de lle­gar al ae­ro­club Mar del Pla­ta en un co­lec­ti­vo de lí­nea des­de del cen­tro. Se re­co­rren ca­si 10 km por la ru­ta 88 -don­de es­tán el Po­lo In­dus­trial y la cár­cel de Ba­tán-, has­ta lle­gar al lu­gar don­de es­pe­ra el an­fi­trión, el pi­lo­to Iván Laz­za­rino.

“El avión vuela por­que tie­ne alas. Si se las sa­cá­ra­mos y de­já­ra­mos so­lo las hé­li­ces, se­ría co­mo un au­to”, ex­pli­ca Laz­za­rino co­mo al pa­sar. Aun­que sue­na a al­go ob­vio, el jo­ven co­mien­za a ex­pli­car los prin­ci­pios bá­si­cos de fí­si­ca, ae­ro­di­ná­mi­ca y re­sis­ten­cia del ai­re. Cuen­ta có­mo ha­ce pa­ra que ese Cess­na 150 bi­pla­za de los

Una vis­ta aé­rea de la pla­ya Bris­tol, el Ca­sino, las es­co­lle­ras y los edi­fi­cios cén­tri­cos. Pa­no­rá­mi­ca.

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