Ju­juy

Nos­tal­gia y emo­cio­nes a flor de piel, des­pués de un inol­vi­da­ble iti­ne­ra­rio por Pur­ma­mar­ca y Til­ca­ra, en­tre otros pue­blos de la Que­bra­da de Hu­mahua­ca.

Clarin - Viajes - - EL VIAJE DEL LECTOR -

Si ese no es el pa­raí­so, de­be pa­re­cér­se­le Ahí arri­ba em­pe­cé a com­pren­der mu­cho. Fue lo pri­me­ro que pen­sé la obra de la na­tu­ra­le­za; esos co­lo­res ape­nas lle­gué a Ju­juy. Des­pués de vi- no po­dían ser ca­sua­li­dad. Evi­den­te- si­tar el Pa­so de Ja­ma -en la fron­te­ra men­te, al­guien pen­só en la ma­ra­vi- con Chi­le, en ple­na Cor­di­lle­ra- des­cu- lla y pin­tó ese cua­dro, de un la­do plas- bri­mos Pur­ma­mar­ca, que no tie­ne mó mil co­lo­res. ¿Sie­te di­cen al­gu­nos? so­la­men­te el Ce­rro de los Sie­te Co­lo- ¡no, son mil!: mil ma­ti­ces, mil emo­cio­nes, res. Ese pue­blo es her­mo­so por don­de mil re­cuer­dos aho­ra. Del otro se lo mi­re, es ai­re y luz, co­lo­res y fies- la­do se apre­cia verde, oscuro, co­mo ta, su plaza y su fe­ria. Es el aje­drez ta- pa­ra equi­li­brar. Se­rá que la pu­pi­la no lla­do en ce­rá­mi­ca que com­pré pa­ra pue­de dar pa­so a tan­to co­lor jun­to y, mi hi­jo y mi mo­rral, es el al­muer­zo de re­pen­te, uno ne­ce­si­ta dar­se vuel­ta en un hos­tal es­cu­chan­do rock, son y mi­rar el gris y el verde oscuro pa­ra sus ca­lles y sus ar­te­sa­nos, sus mon­ta- no alu­ci­nar con el ar­co iris. Más tar­de, ñas y su ce­rro, que es­ca­la­mos jun­tos. en la ru­ta de vuel­ta, otra vez Mai­ma- rá y una de las co­sas mas lin­das que ví: el ce­rro La Paleta del Pin­tor.

Asu­mo que el afor­tu­na­do pin­tor fue quien creó to­do eso y de­jó sus pa­le­tas so­bre las mon­ta­ñas co­mo mues­tra de su tra­ba­jo. No exis­te paleta de ar­co iris tan be­lla, cá­li­da y per­fec­ta co­mo esa. So­bre la en­tra­da al pue­blo tam­bién se ob­ser­va una lo­ma­da ca­si es­ca­lo­na­da, pre­cio­sa y lla­ma­ti­va: es el ce­men­te­rio, con sus ni­chos orien­ta­dos ha­cia la ru­ta y las flo­res mez­cla­das en­tre el blan­co de los ni­chos y el tono oscuro de la tie­rra. Más arri­ba se lee “Vi­si­te Mai­ma­rá”.

Vol­vi­mos en mi­cro a Til­ca­ra, don­de nos hos­pe­da­mos, y ca­mi­na­mos un ki­ló­me­tro has­ta el Pu­ca­rá de Til­ca­ra, va­lio­sa mues­tra del pa­sa­do y de la cruel­dad de los co­lo­ni­za­do­res, res­pon­sa­bles de la des­truc­ción cul­tu­ral de los pue­blos ori­gi­na­rios.

El Pu­ca­rá es un ce­rro que ate­so­ra rui­nas ar­queo­ló­gi­cas. Allí pa­re­cie­ra que el tiem­po no hu­bie­ra trans­cu­rri­do y en cual­quier mo­men­to fue­ra a apa­re­cer el je­fe con­tro­lan­do los mo­vi­mien­tos de to­dos des­de lo más al­to, mi­ran­do Mai­ma­rá des­de la dis­tan­cia, cui­dan­do a su fa­mi­lia y or­ga­ni­zan­do sus ce­re­mo­nias an­ces­tra­les ¿có­mo ha­bría si­do la vi­da pre­co­lom­bi­na en ese pa­ra­je mon­ta­ño­so? Cuán­to co­no­ci­mien­to se per­dió con la san­gre de sus ha­bi­tan­tes y los gri­tos de do­lor.

Esa tie­rra de­be guar­dar tan­to gri­to aho­ga­do por los con­quis­ta­do­res que si uno acer­ca el oí­do al sue­lo po­dría es­cu­char­lo. Dor­mi­mos tem­prano, bas­tan­te can­sa­dos aun­que sa­tis­fe­chos. Til­ca­ra ya se ha­bía ga­na­do mi amor, me te­nía en su seno, cual ma­dre, Ma­dre Tie­rra. Ese lu­gar es pa­tri­mo­nio de mi co­ra­zón.

Na­dia Pé­rez Hoz Vi­ve en Ca­ra­pa­chay (pro­vin­cia de Bue­nos Ai­res) y via­jó al No­roes­te en 2010.

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