Ama­ne­cer y oca­so de un mer­ca­do de pul­gas

Clarin - Viajes - - ÚLTIMA PARADA - Por Dia­na Pa­zos dpa­zos@cla­rin.com

Có­mo ol­vi­dar el en­tu­sias­mo de esa gen­te. Era in­vierno en Ale­ma­nia y, a las nue­ve de la ma­ña­na, ya no caía más agua nie­ve. En la mar­gen sur del río Main, en Frank­furt, em­pe­za­ba a co­brar vi­da el mer­ca­do de pul­gas que se ar­ma los sá­ba­dos has­ta las dos de la tar­de. So­bre el as­fal­to de la ca­lle Schau­main­kai y la ve­re­da de ado­qui­nes de la lla­ma­da Ri­be­ra de los Mu­seos, de­ce­nas de per­so­nas em­pe­za­ban a va­ciar ca­nas­tos y va­li­jas con pa­cien­cia, pa­ra ven­der aque­llo que no se usa­ba en sus ca­sas o que ha­bían he­re­da­do. Flo­ta­ba en el ai­re un cli­ma fes­ti­vo, de ga­nan­cias por ve­nir y con las ex­pec­ta­ti­vas re­no­va­das.

El cie­lo es­ta­ba blan­co, pe­ro no llo­vió. Quie­nes ve­nía­mos ca­mi­nan­do des­de el cas­co his­tó­ri­co de la ciu­dad, tu­vi­mos que cru­zar el río por un puen­te pea­to­nal pa­ra lle­gar a la ori­lla del mer­ca­do. Se veía la to­rre de la Ca­te­dral.

Can­de­la­bros y CDS. Des­de le­jos bri­lla­ban es­tos dos pues­tos pe­ga­dos. En una me­sa, por­ta­ve­las con bra­zos de pla­ta, de bron­ce, de to­dos los ta­ma­ños. A su la­do, Johnny Cash, Su­per­tramp, mu­chos de los Beatles, The Clash, Ja­nis Jo­plin, The Doors, Tracy Chap­man, Amy Wi­nehou­se… –¿Cuán­to cues­tan? –pre­gun­tó una ma­dri­le­ña. –En­tre 5 y 8 eu­ros. The Beatles, 10. Só­lo en efec­ti­vo, por favor –res­pon­dió el hom­bre tam­bién en in­glés, pe­ro se le fil­tra­ban pa­la­bras en ale­mán:

dan­ke (gra­cias) o ts­chüs (adiós). Co­mo ca­si to­dos los ven­de­do­res, lle­va­ba go­rro y guan­tes de la­na con los de­dos cor­ta­dos pa­ra no per­der el tac­to.

Ca­mi­né va­rias cua­dras. Cas­cos, lu­ces y can­da­dos de bi­ci­cle­ta. Ce­lu­la­res que ape­nas ser­vían pa­ra ha­blar o en­viar men­sa­jes de texto. Per­che­ros con cam­pe­ras de cue­ro y mon­ta­ñas de ro­pa so­bre lo­nas en el sue­lo. Li­bros. Más­ca­ras afri­ca­nas y ji­ra­fas de ma­de­ra. Za­pa­ti­llas usa­das. Bo­tas. Co­lla­res y re­lo­jes de prin­ci­pios del si­glo XX. Fotos en blan­co y ne­gro. Una me­sa ra­to­na a 25 eu­ros.

¿Qué his­to­rias de amor y de gue­rras en­ce­rra­rían las car­tas ama­ri­llen­tas, ata­das con una cin­ta ro­ja? ¿Te­nían pre­cio los se­cre­tos en cur­si­va?

En­ton­ces, en­con­tré a una mu­jer que ven­día frag­men­tos de mi in­fan­cia co­mo si fue­ran an­ti­güe­da­des: te­nía el te­lé­fono ne­gro con dis­co pa­ra mar­car y el jue­go de té in­glés de mis abue­los pa­ter­nos y la mis­ma plan­cha que mis abue­los ma­ter­nos; el se­ca­dor de pe­lo de pie, la cor­ta­do­ra de cés­ped y el to­ca­dis­cos que te­nía­mos en casa.

El hu­mo de las sal­chi­chas y el per­fu­me a si­dra me lle­va­ron a al­mor­zar, pa­gan­do lo mis­mo que va­lían los re­cuer­dos en una fe­ria que se iba apa­gan­do. Era me­jor ir­se en ese ins­tan­te pa­ra no ver có­mo en­vol­vían con dia­rios la va­ji­lla, có­mo guar­da­ban las ca­jas de lo no ven­di­do en las com­bis que los tra­je­ron. ¿Quién po­día so­por­tar el si­len­cio en­sor­de­ce­dor de un mer­ca­do cuan­do mue­re?

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