El dul­ce aro­ma de Opor­to

Clarin - Viajes - - ÚLTIMA PARADA - Ce­ci­lia Pro­pa­to Ca­rrié­re Au­to­ra y di­rec­to­ra tea­tral

Di­cen que los puen­tes sir­ven pa­ra crear la­zos. Son co­mo abra­zos que se da la tie­rra pa­ra de­jar pa­so al agua. Se po­dría de­cir que, en Por­tu­gal, Opor­to es­tá lle­na de sau­da­de y allí re­sue­nan los ecos del fa­do. La ciu­dad es abra­za­da por puen­tes que cru­zan el río Due­ro y, cuan­do lle­gué, me fas­ci­nó esa mez­cla ar­qui­tec­tó­ni­ca que vin­cu­la una cons­truc­ción bá­si­ca de la­dri­llos, pie­dra y ba­rro con fa­cha­da bri­tá­ni­ca. Creo que un lu­gar se co­no­ce y re­co­no­ce por el olor que tie­ne. Esa fue una de las ca­rac­te­rís­ti­cas que más me im­pac­ta­ron, ese aro­ma al vino opor­to mix­tu­ra­do con el agua de río y el olor a pie­dra de an­ta­ño. Ge­ne­ra una sen­sua­li­dad ca­si ar­que­tí­pi­ca, de cuan­do la ci­vi­li­za­ción no se ocu­pa­ba tan­to por es­con­der y ta­par sino que mos­tra­ba con or­gu­llo de qué es­ta­ba he­cha una cons­truc­ción.

Co­no­cer un lu­gar es co­mo leer bien un li­bro. Se ne­ce­si­tan, co­mo mí­ni­mo, tres lec­tu­ras: la pri­me­ra pa­ra sa­ber el ar­gu­men­to, la se­gun­da pa­ra ha­cer una lec­tu­ra ver­ti­cal, re­co­no­cer y co­nec­tar re­pe­ti­cio­nes y te­mas re­cu­rren­tes y la ter­ce­ra es pa­ra ha­cer pro­pio el tex­to y ver si uno se enamo­ra del li­bro o no.

De­be­ría via­jar por lo me­nos dos ve­ces más a Opor­to. Me enamo­ré de ella a pri­me­ra vis­ta pe­ro, co­mo lo hi­ce so­lo una vez, pue­do men­cio­nar tam­bién tres lu­ga­res que me lla­ma­ron la aten­ción: por ejem­plo, la li­bre­ría Le­llo, ador­na­da con su im­po­nen­te es­ca­le­ra ro­ja que ins­pi­ró las es­ca­le­ras de Hog­warts en los li­bros de la sa­ga de Harry Pot­ter es­cri­tos por J.K. Row­ling. La au­to­ra vi­vió en Opor­to y fue pro­fe­so­ra de idio­mas ex­tran­je­ros en una aca­de­mia.

El se­gun­do es­pa­cio que me im­pac­tó fue la igle­sia de San Fran­cis­co, que los frai­les co­men­za­ron a cons­truir en 1245. Tie­ne un es­ti­lo gó­ti­co de­ri­va­do ha­cia el ba­rro­co, ya que un in­cen­dio des­tru­yó el an­ti­guo claus­tro y par­te del edi­fi­cio. Al ca­mi­nar la igle­sia se per­ci­be có­mo se mue­ve el sue­lo, ya que de­ba­jo hay ca­ta­cum­bas. El sue­lo se vuel­ve mó­vil, ca­si acuá­ti­co, por­que es­tán en­te­rra­dos mu­chos sa­cer­do­tes de la or­den de los fran­cis­ca­nos y tam­bién al­gu­nos no­bles de Opor­to. Ade­más hay un osa­rio con mi­les de hue­sos hu­ma­nos, que se pue­den ver tras un cris­tal co­lo­ca­do en el sue­lo. Las fi­gu­ras de los san­tos y vírgenes que ex­hi­be es­ta igle­sia tie­nen una apa­rien­cia hi­per­rea­lis­ta, co­mo si fue­ran es­ta­tuas de ce­ra, con ojos pe­ne­tran­tes y for­mas re­na­cen­tis­tas. De ellas bro­ta un aro­ma a ba­rro y pin­tu­ra añe­ja.

Por úl­ti­mo, re­cuer­do la pa­ra­dó­ji­ca sen­sa­ción de ca­li­dez y frial­dad en las bo­de­gas de vino de Vi­la No­va de Gaia. Esa bri­sa de­te­ni­da que ema­nan las pie­dras, el eco con aro­ma a opor­to que na­ce al ha­blar y el so­ni­do del río Due­ro, que con­du­ce ha­cia el lí­mi­te con Ga­li­cia (Es­pa­ña), tie­rra de cas­ti­llos, ja­ba­líes y sa­bro­sos ja­mo­nes.

Via­jar per­mi­te se­guir un re­co­rri­do con la ima­gi­na­ción. Nos ha­ce más to­le­ran­tes co­mo se­res hu­ma­nos an­te las di­fe­ren­tes cos­tum­bres. Es una es­cue­la de ar­te y cul­tu­ra. Co­mo es­cri­bió el poe­ta Fernando Pes­soa, “por­que yo soy del ta­ma­ño de lo que veo y no del ta­ma­ño de mi es­ta­tu­ra”.

De ca­ra al Due­ro. “Me fas­ci­nó esa mez­cla ar­qui­tec­tó­ni­ca de la­dri­llos, pie­dra y ba­rro con fa­cha­da bri­tá­ni­ca”, re­cuer­da Pro­pa­to.

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