Un es­pa­cio de luz en el co­ra­zón de ce­men­to

Una vi­si­ta al Jar­dim da Luz, uno de los par­ques más an­ti­guos de San Pa­blo, y las mues­tras de la Pi­na­co­te­ca.

Clarin - Viajes - - POSTALES BRASIL - Ga­brie­la Sa­me­la gsa­me­la@cla­rin.com

Hay ciu­da­des que evo­can de ma­ne­ra ins­tan­tá­nea la ima­gen de un hor­mi­gue­ro: mi­llo­nes de per­so­nas en mi­les de au­tos in­ten­tan­do cir­cu­lar en una ma­ra­ña de au­to­pis­tas y ave­ni­das, ro­dea­das de mo­les de hor­mi­gón y ce­men­to. Una de esas ciu­da­des, sin du­das, es San Pa­blo, cen­tro eco­nó­mi­co de Bra­sil.

No es pa­ra me­nos. Allí ha­bi­tan 12.106.920 per­so­nas, se­gún el da­to de 2017 del Ins­ti­tu­to Bra­si­le­ño de Geo­gra­fía y Es­ta­dís­ti­ca. Y el nú­me­ro as­cien­de a los 21 mi­llo­nes si se tie­ne en cuen­ta a los ha­bi­tan­tes del área me­tro­po­li­ta­na completa (lo que lla­ma­ría­mos el "gran San Pa­blo").

Ade­más de ser el co­ra­zón fi­nan­cie­ro de Bra­sil, y uno de sus cen­tros cul­tu­ra­les más po­ten­tes, se es­ti­ma que en San Pa­blo hay un par­que au­to­mo­tor de 7 mi­llo­nes de vehícu­los.

Pe­ro co­mo sue­le su­ce­der en Bra­sil, y con­tra lo que po­dría pen­sar­se, el gris no siem­pre le ga­na al ver­de. No só­lo la ciu­dad es­tá en­mar­ca­da por la Sie­rra de la Can­ta­rei­ra, al nor­te y la Sie­rra do Mar, al sur, sino que en el mis­mo cen­tro urbano hay es­pa­cios ver­des que per­mi­ten es­ca­par de "la ciu­dad que no pa­ra" en cuer­po y, por qué no, en es­pí­ri­tu.

Es el ca­so del Jar­dim da Luz, uno de los más an­ti­guos par­ques pú­bli­cos de la ciu­dad. Ocu­pa unas ocho man­za­nas fren­te a la Es­taçao da Luz de fe­rro­ca­rri­les y a me­tros de la es­ta­ción de sub­te (me­tro) que lle­va el mis­mo nom­bre. Ori­gi­nal­men­te ha­bía si­do di­se­ña­do pa­ra ser un Jar­dín Bo­tá­ni­co. Pe­ro sus obras, que se ini­cia­ron en 1799, avan­za­ron muy len­ta­men­te y fue­ron inau­gu­ra­das re­cién en 1825. Una dé­ca­da más tar­de fue con­ver­ti­do en un jar­dín pú­bli­co y fue re­mo­de­la­do va­rias ve­ces, re­ci­bien­do nue­vas co­lec­cio­nes de plan­tas y re­jas de hie­rro.

Los cam­bios más sig­ni­fi­ca­ti­vos ocu­rrie­ron ha­cia fi­nes del si­glo XIX, cuan­do par­te de los te­rre­nos que ocu­pa­ba se ce­die­ron pa­ra la cons­truc­ción de la es­ta­ción de tre­nes y del edi­fi­cio del Li­ceo de Ar­tes y Ofi­cios, el an­te­ce­den­te di­rec­to de la Pi­na­co­te­ca del Es­ta­do de San Pa­blo, cu­ya se­de prin­ci­pal hoy se le­van­ta den­tro del jar­dín.

El es­pa­cio ver­de per­dió su si­me­tría ori­gi­nal y su ar­bo­le­da se re­du­jo. Pe­ro, en cam­bio, in­cor­po­ró unas 50 es­ta­tuas pro­ve­nien­tes de la co­lec­ción de la Pi­na­co­te­ca, que ac­tual­men­te se su­man a sus 40 es­pe­cies de ár­bo­les, sus glo­rie­tas, sus dos es­pe­jos de agua y dos lagos.

Di­cen que en las co­pas de los ár­bo­les del jar­dín vi­ve, to­da­vía, el re­ma­nen­te de una po­bla­ción de pe­re­zo­sos. Pe­ro es un ver­da­de­ro de­sa­fío en­con­trar­los. Más fá­cil es de­jar­se lle­var por los sen­de­ros y sen­tar­se en al­gu­na de las glo­rie­tas a dis­fru­tar la som­bra de la tar­de en me­dio del ca­lor pau­lino.

Co­lec­ción de pin­tu­ras

El pa­seo por el Jar­dim da Luz no es­tá com­ple­to sin una en­tra­da a la Pi­na­co­te­ca del Es­ta­do de San Pa­blo, que al­ber­ga una co­lec­ción de más de 6.000 obras de ar­tis­tas bra­si­le­ños de los si­glos XIX y XX y es se­de de las más im­por­tan­tes mues­tras iti­ne­ran-

tes que lle­gan a la ciu­dad.

El edi­fi­cio fue pro­yec­ta­do por los ar­qui­tec­tos Ra­mos de Aze­ve­do y Do­mi­ziano Ros­si a fi­nes del XIX. Par­cial­men­te con­clui­do, en 1900, fue la se­de de cursos de ins­truc­ción del Li­ceo de Ar­tes y Ofi­cios y de la Es­cue­la de Be­llas Ar­tes y, en 1905, se con­vir­tió en el pri­mer mu­seo de ar­tes plás­ti­cas de la ciu­dad.

De es­ti­lo neo­clá­si­co, que da prio­ri­dad a la si­me­tría y las pro­por­cio­nes, la Pi­na­co­te­ca se desa­rro­lla en tres plan­tas con un am­plio y lu­mi­no­so pa­tio cen­tral. Las ga­le­rías con­clu­yen en bal­co­nes y terrazas, des­de los cua­les se dis­fru­ta de la vis­ta completa del par­que.

En los años 90, es­ta Pin­co­te­ca se re­for­mó ba­jo la di­rec­ción del re­co­no­ci­do ar­qui­tec­to y ur­ba­nis­ta bra­si­le­ño Pau­lo Men­des da Ro­cha quien, en­tre otras co­sas, le agre­gó unas pasarelas me­tá­li­cas que co­nec­tan las ga­le­rías de los pi­sos su­pe­rio­res.

Las am­plias ga­le­rías lle­van, en un re­co­rri­do cro­no­ló­gi­co, por la his­to­ria del ar­te clá­si­co y mo­derno del Bra­sil. Hay allí obra de Al­mei­da Jú­nior (1850-1899), el pin­tor rea­lis­ta bra­si­le­ño más im­por­tan­te del si­glo XIX; An­tô­nio Pa­rrei­ras (1860–1937), cu­ya fan­tás­ti­ca obra Ven­ta­nia (Vien­to, 1888) for­ma par­te de la co­lec­ción de la Pi­na­co­te­ca; Os­car Pe­rei­ra da Sil­va (1867-1939), co­no­ci­do por sus pin­tu­ras his­tó­ri­cas, y Cân­di­do Por­ti­na­ri (1903-1962), quien tras­cen­dió con su obra las fron­te­ras del país.

Pa­ra ter­mi­nar un día de ai­re li­bre y mu­cho ar­te, se pue­de cru­zar a la es­ta­ción de tren, una clá­si­ca cons­truc­ción in­gle­sa de es­truc­tu­ra me­tá­li­ca, cu­ya mo­nu­men­tal fa­cha­da fue re­cons­trui­da en 2005. Allí tam­bién se en­cuen­tra otro ícono cul­tu­ral de San Pa­blo: el Mu­seo de la Len­gua Por­tu­gue­sa, hoy ce­rra­do al pú­bli­co pa­ra su re­fac­ción lue­go de un in­cen­dio en di­ciem­bre de 2015. ■

Ver­de. El Jar­dim da Luz, con­ce­bi­do ini­cial­men­te co­mo Jar­dín Bo­tá­ni­co, in­vi­ta a pa­sear por los sen­de­ros.

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