Sie­rra y mar, mis dos amo­res

Con­fie­so que he via­ja­do In­grid Pe­li­co­ri Ac­triz

Clarin - Viajes - - ÚLTIMA PARADA -

De chi­ca y ado­les­cen­te pa­sé to­dos mis ve­ra­nos en Mar del Pla­ta por­que mi pa­dre, el actor Er­nes­to Bian­co, ha­cía tem­po­ra­da allí. Cuan­do él fa­lle­ció de­ja­mos de ir y, por algo que no en­ten­dí del to­do, adop­té las sie­rras. La Ca­sa de Ac­to­res fue mi re­fu­gio en Vi­lla Giar­dino y ese lu­gar so­ña­do pa­ra las va­ca­cio­nes. Lue­go em­pe­cé a al­ter­nar con Mer­lo, San Luis, don­de en ve­rano vi­si­to a una gran ami­ga.

Pe­ro ha­ce un par de años vol­ví a Mar del Pla­ta por tra­ba­jo. Hi­ci­mos una tem­po­ra­da con “Es­pe­ran­do la ca­rro­za” y me que­da­ban tres días li­bres. Re­to­mé mi amor por el mar y me di cuen­ta cuán­to dis­fru­ta­ba de es­tar allí, has­ta me ba­ño va­rias ve­ces, aun­que soy muy frio­len­ta. Lo más cu­rio­so que me pa­só fue vol­ver, trein­ta años des­pués -o más- a Sie­rra de los Pa­dres.

Lo re­cor­da­ba como un pu­ña­do de ca­sas dis­per­sas, pe­ro me en­con­tré con un pue­bli­to en­can­ta­dor, con ca­lles que dan vuel­tas, don­de uno se pier­de , ro­dea­do de gran­jas y huer­tas y en­tre co­li­nas. Te­ner esa sie­rra tan cer­ca del mar es un sue­ño en el que se unen mis dos amo­res. Las sie­rras, don­de en­cuen­tro mi ver­da­de­ra cal­ma, y el mar, un pla­cer re­na­ci­do.

Los días que es­tu­ve allí pu­di­mos ver, des­de las al­tu­ras, el océano y Mar del Pla­ta, siem­pre tan be­lla. Tam­bién no­té lo cer­ca que es­ta­ba. Cuan­do era chi­ca me pa­re­cía que era una via­je lar­go y aho­ra en 15 minutos es­tá­ba­mos dis­fru­tan­do de ese ai­re tan par­ti­cu­lar que se sien­te en las sie­rras. Y de la pam­pa, con to­da su in­men­si­dad.

No so­lo eso: ha­bía per­di­do la me­mo­ria de la la­gu­na de los Pa­dres y allí fui­mos, a po­cos km del cen­tro de Sie­rra. Un ma­ra­vi­llo­so es­pe­jo de agua. Creo que de chi­ca lo con­fun­día con el mar, pe­ro aho­ra -que la vi de nue­vo y pu­de sen­tar­me a tomar ma­te en la ori­lla- re­cu­pe­ré un aro­ma muy an­ti­guo que ca­si ha­bía ol­vi­da­do.

Al atar­de­cer ofre­ce un pai­sa­je con­mo­ve­dor, con esos cie­los tan lla­nos y co­lo­ri­dos. La ve­ge­ta­ción que la ro­dea, los pá­ja­ros que se es­con­den en los ár­bo­les y ese es­pe­jo de agua plan­cha­do ha­cen un es­ce­na­rio de en­so­ña­ción. Creo que siem­pre fue un par­que pú­bli­co, pe­ro aho­ra des­cu­brí que es la Re­ser­va In­te­gral La­gu­na de Los Pa­dres. Al­gu­nos tie­nen bo­tes y los alquilan, lo que de­be ser tam­bién una ex­pe­rien­cia muy gra­ti­fi­can­te.

Como soy de pre­gun­tar me en­te­ré que la pe­que­ña ca­pi­lla fue cons­trui­da al bor­de de la la­gu­na en 1746 por dos mi­sio­ne­ros de la Com­pa­ñía de Je­sús, los cu­ras Jo­sé Car­diel y Tho­mas Falk­ner. De ellos to­ma­ron el nom­bre la la­gu­na y la lo­ca­li­dad.

Unos ac­to­res mar­pla­ten­ses que ha­cían de an­fi­trio­nes me pa­sea­ron por to­dos los rin­co­nes de la la­gu­na, la Gru­ta de los Pa­ñue­los y el Pe­ñón de Santillán. Me que­dó pen­dien­te un re­co­rri­do en 4x4 por unos cir­cui­tos se­rra­nos. Tam­bién se ha­cen ca­bal­ga­tas pe­ro lo evi­té. Ha­bía que vol­ver a Mar del Pla­ta y no es acon­se­ja­ble ac­tuar en el tea­tro con do­lo­res de pier­nas.

Cuan­do re­gre­sa­ba, la emo­ción no me de­ja­ba. El pla­cer re­co­bra­do del mar y ese ca­si ol­vi­da­do re­cuer­do de las sie­rras, a 15 km de la ciu­dad, me en­tre­ga­ron sen­sa­cio­nes que pa­re­cían nue­vas, pe­ro que te­nía guar­da­das.

Ro­man­ce. “En las sie­rras en­cuen­tro mi ver­da­de­ra cal­ma, y el mar es un pla­cer re­na­ci­do”, di­ce Pe­li­co­ri so­bre Sie­rra de los Pa­dres.

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