La Gru­ta Azul, el pa­seo más fa­mo­so de Ca­pri

En el mar Ti­rreno, se tra­ta de la ex­cur­sión em­bar­ca­da más con­vo­can­te -y caó­ti­ca­de la is­la de Ita­lia.

Clarin - Viajes - - POSTALES ITALIA - Dia­na Pa­zos dpa­zos@cla­rin.com

“Sig­no­ri­na, aho­ra se pue­de le­van­tar. ¡Guar­da in­die­tro! Atrás. ¡Mi­rá, per fa­vo­re!”. Pe­pe mez­cla el ita­liano y el es­pa­ñol cuan­do lle­ga el mo­men­to cla­ve de la ex­cur­sión más fa­mo­sa de la is­la de Ca­pri: el in­gre­so a la Gru­ta Azul (es de­cir, la Grot­ta Az­zu­rra).

¿Es cier­to que el pa­seo es caro? Sí, pe­ro to­do aquí cues­ta más que en otros pue­blos cer­ca­nos de Ita­lia, co­mo los que con­for­man la Cos­ta Amal- fi­ta­na. ¿Siem­pre hay que es­pe­rar más de una hora pa­ra en­trar? Por lo ge­ne­ral, sí: se sa­le en una em­bar­ca­ción desde la Ma­ri­na Gran­de de la is­la y, al lle­gar a la cue­va, se di­vi­de a los vi­si­tan­tes en gru­pos de cua­tro, que suben a bo­tes con un re­me­ro y es­pe­ran a que los lla­men. ¿Es muy tu­rís­ti­ca la ex­cur­sión? Sí, y no es fá­cil sor­tear el me­ca­nis­mo acei­ta­do y caó­ti­co que tie­ne la in­dus­tria tu­rís­ti­ca en el mar

Ti­rreno, porque la en­tra­da a la Gru­ta Azul con­sis­te en un agu­je­ro de me­nos de un me­tro en la ro­ca y se in­gre­sa por tur­nos en bar­cas cuan­do ba­ja la ma­rea. ¿Si es­tá so­bre­va­lo­ra­da la ex­cur­sión? No, pe­ro hay que ir con bue­na pre­dis­po­si­ción: son mu­chas em­bar­ca­cio­nes -so­bre to­do, en tem­po­ra­da al­ta-, la espera es al sol, la vi­si­ta en el in­te­rior du­ra cin­co mi­nu­tos.

Res­pon­di­das las pre­gun­tas fre­cuen­tes en torno a la Grot­ta Az­zu­rra, vol­ve­mos a la voz de Pe­pe, el bar­que­ro que nos ha­ce acos­tar en el sue­lo de la na­ve de ma­de­ra pa­ra cru­zar el mí­ti­co hue­co, to­man­do im­pul­so con una ca­de­na fi­ja­da a la pa­red. Al ins­tan­te, nos avi­sa que ya po­de­mos in­cor­po­rar­nos y mi­rar ha­cia atrás.

¿Cuán­tas ve­ces ha­brá es­cu­cha­do Pe­pe es­ta ex­cla­ma­ción en­vol­ven­te, que el eco ex­pan­de en­tre las si­lue­tas ne­gras? ¿Có­mo can­sar­se de pa­sar de una os­cu­ri­dad ce­ga­do­ra al vi­bran­te azul de las aguas fos­fo­res­cen­tes?

Con un ai­re a los gon­do­lie­ri de Ve­ne­cia -tam­bién ates­ta­da de tu­ris­tas-, en la Gru­ta Azul to­dos can­tan ‘O so­le

mio. Y na­die sa­be si es me­jor fil­mar, sa­car fo­tos bo­rro­sas o, sim­ple­men­te, dis­fru­tar del efec­to óp­ti­co que pro­du­ce el sol al pe­ne­trar en la pie­dra.

¿Un con­se­jo? Dor­mir en Ca­pri

La ma­yo­ría de los tours vie­nen de So­rren­to, Po­si­tano, Amal­fi o Ná­po­les. Lle­gan con los mi­nu­tos con­ta­dos pa­ra que to­dos sean fe­li­ces y se van an­tes del oca­so, ha­bien­do con­su­mi­do los im­per­di­bles de Ca­pri, ade­más de li­mo­na­das y helados. Se­gún el pa­que­te ad­qui­ri­do, na­ve­ga­rán por las gru­tas Blan­ca (con es­ta­lac­ti­tas y es­ta­lag­mi­tas) y Ver­de (por el co­lor del agua), pa­ra lue­go pa­sar en­tre los Fa­ra­glio­ni (Fa­ra­llo­nes), esas tres ro­cas (la más al­ta mi­de 111 me­tros) que emer­gen en­tre las olas azu­la­das y son los íco­nos de la is­la. Desde ya, la ex­cur­sión ter­mi­na en la Gru­ta Azul.

Hay otra sa­li­da cor­ta en la mar­gen nor­te de la is­la: desde la Ma­ri­na Gran­de, só­lo va a la con­cu­rri­da Grot­ta

Az­zu­rra y vuel­ve. Quie­nes con­tra­tan es­ta op­ción son los que ex­pre­san su de­cep­ción en las re­des y se sien­ten “estafados”, ya que la espera les re­sul­ta de­ma­sia­do lar­ga pa­ra una per­ma­nen­cia en la cue­va tan bre­ve. Lle­gan a de­cir que el agua “no es tan azul”.

Otros nos que­da­mos un par de no­ches en Ca­pri. Pa­ra per­der­nos en la­be­rin­tos con si­len­cio de sies­ta y con­tem­plar sin apu­ro las vi­llas ro­ma­nas o el Ar­co Na­tu­ra­le, ale­ja­dos de los ferrys, el fu­ni­cu­lar y las tien­das de lu­jo. Pa­ra ca­mi­nar por Ana­ca­pri y co­no­cer la Vi­lla San Mi­che­le y la Es­ca­le­ra Fe­ni­cia. En esa sin­to­nía, va­mos a la Gru­ta Azul e ima­gi­na­mos la era au­gus­ta-ti­be­ria­na, cuan­do ya dis­fru­ta­ban de la coin­ci­den­cia afor­tu­na­da de las con­di­cio­nes geo­ló­gi­cas y es­pe­leo­ló­gi­cas que crean un do­ble en­can­to.

Porque es una ca­ver­na hun­di­da de 15 a 20 me­tros en el mar, sin otra fuen­te di­rec­ta de luz que el bo­que­te de la en­tra­da. Y a la vez, la luz so­lar pe­ne­tra por vía sub­acuá­ti­ca y se re­fle­ja en las pa­re­des y en la bó­ve­da de la Gru­ta Azul. Co­mo en la ma­gia, el tru­co su­ce­de en un abrir y ce­rrar de ojos. ■

Fos­fo­res­cen­te. Así se ven las aguas aden­tro de la cue­va ma­ri­na por el efec­to óp­ti­co de la luz so­lar.

Íco­nos. Los Fa­ra­llo­nes son tres gran­des ro­cas y la más al­ta mi­de 111 m.

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