VI­VIR EL VACIO

En la Argentina, se­gún da­tos de la Cor­te Su­pre­ma, hay un fe­mi­ci­dio ca­da 34 ho­ras. Las familias de las víc­ti­mas so­bre­vi­ven a la pér­di­da co­mo pue­den. Una ma­dre que pos­ter­ga la mu­dan­za de su ca­sa por­que no se atre­ve a en­trar en la ha­bi­ta­ción de su hi­ja. Otra

Clarin - Viva - - Haciendo Historia - POR VIC­TO­RIA DE MA­SI – FO­TOS: RU­BEN DIGILIO Y FABIAN GASTIARENA EL MU­RAL DE CHIARA

Un pa­pe­li­to es­cri­to a mano que di­ce: “Ma­má, es­toy enoja­da con vos por­que no me de­jas­te ir a la ma­ti­né. Pe­ro yo te en­tien­do y te quie­ro un montón”. Una car­ta que di­ce: “Mi su­per­hé­roe es mi ma­má”. Chiara Páez apa­re­ce de ma­ne­ras mis­te­rio­sas mien­tras su ma­dre, Ve­ró­ni­ca Ca­mar­go, aco­mo­da, por caso, un ca­jón.

–Ella de­ja­ba pa­pe­li­tos por to­dos la­dos –di­ce Ve­ró­ni­ca–. A ve­ces los ten­go con­mi­go, en la agen­da, en la car­te­ra o en una car­pe­ta que uso. Has­ta que pien­so que pue­den arrui­nar­se y los sa­co. A Chiara le gus­ta­ba pin­tar. ¿Ves? Ese cua­dro. A ve­ces lo cu­bro por­que no quie­ro que se pon­ga feo. Pe­ro sólo a ve­ces. La ver­dad es que ne­ce­si­to ver­lo.

Chiara Páez te­nía ca­tor­ce años y cur­sa­ba un em­ba­ra­zo de dos me­ses cuan­do la ma­ta­ron, el 10 de ma­yo de 2015. Ya hay un con­de­na­do: Ma­nuel Man­si­lla, su no­vio, me­nor de edad al mo­men­to del cri­men, re­ci­bió vein­tiún años y me­dio de cár­cel. Su ma­dre, pa­dras­tro y abue­los es­tán impu­tados. El chi­co no pu­do ha­ber ac­tua­do so­lo. Chiara pe­sa­ba más de se­ten­ta ki­los y su­pe­ra­ba el me­tro se­ten­ta. La au­top­sia in­di­có que en el cuer­po de la ado­les­cen­te ha­bía res­tos de un an­ti­in­fla­ma­to­rio tam­bién usa­do pa­ra prac­ti­car abor­tos. Pe­ro eso no la ma­tó, fue­ron los gol­pes. El cuer­po apa­re­ció en los fon­dos de la ca­sa de Man­si­lla, en un po­zo. Cuan­do los pe­rros cer­ca­ron la ca­sa, la pa­rri­lla humea­ba y la me­sa es­ta­ba ser­vi­da. Ha­bían co­mi­do un asa­do.

El cri­men con­mo­vió a Ru­fino, ciu­dad del sur de San­ta Fe, y al país. Chiara se con­vir­tió en sím­bo­lo y cau­sa, al pun­to de pa­rir al co­lec­ti­vo #NiU­naMe­nos y de con­vo­car a la pri­me­ra gran mar­cha con­tra la vio­len­cia ma­chis­ta, el 3 de ju­nio de 2015. Ve­ró­ni­ca no qui­so via­jar a Bue­nos Ai­res has­ta que en­ten­dió la mag­ni­tud de la con­vo­ca­to­ria.

Ru­fino es una lo­ca­li­dad pe­que­ña y ári­da, or­de­na­da co­mo se or­de­nan los pue­blos, al­re­de­dor de una pla­za. La ca­sa don­de vi­vía Chiara con su ma­dre y su her­ma­na Ro­mi­na es­tá cer­ca de to­do: del gim­na­sio don­de co­no­ció a Man­si­lla, del Pam­pas, club don­de prac­ti­ca­ba hoc­key, y de la pa­rro­quia San­tí­si­ma Tri­ni­dad, ca­si el cen­tro de su vi­da. Ve­ró­ni­ca sa­bía que su hi­ja es­ta­ba em­ba­ra­za­da cuan­do des­apa­re­ció. Pe­ro tar­dó en con­tár­se­lo al fis­cal por­que qui­so ser dis­cre­ta, pen­sa­ba que la muer­te no se­ría el fi­nal.

–Chiara se lo con­tó a una tía –di­ce Ve­ró­ni­ca–. Pe­ro pa­ra la tía era mu­cha res­pon­sa­bi­li­dad guar­dar el se­cre­to por­que mi hi­ja es­ta­ba tan an­gus­tia­da que le ha­bía di­cho que o abor­ta­ba o se ma­ta­ba. Así que al fi­nal me lo di­jo. Yo ha­blé mu­cho con Chiara. Jun­tas de­ci­di­mos con­ti­nuar con el em­ba­ra­zo, le di­je que yo iba a ayu­dar­la. No era lo que esperaba pa­ra mi hi­ja, pe­ro ella es­ta­ba fe­liz más allá del sus­to. En el jui­cio que­dó cla­ro que ni Man­si­lla ni la fa­mi­lia que­rían al be­bé. Y bueno, la ma­ta­ron.

Es ju­lio y ano­che­ció tem­prano, pe­ro no im­por­ta cuán­do. Chiara fal­ta cuan­do Ve­ró­ni­ca pre­pa­ra la mez­cla de las tor­tas que tan­to le gus­ta­ban. Chiara ya no es­tá en las jor­na­das de la pa­rro­quia, ni en el equi­po de hoc­key. No le per­mi­tie­ron fes­te­jar sus Quin­ce: a cam­bio ofre­cie­ron una mi­sa en su nom­bre. So­bre un mue­ble, en el pa­si­llo que di­vi­de el co­me­dor de las ha­bi­ta­cio­nes, hay fi­gu­ras de vír­ge­nes, un Cris­to en su cru­ci­fi­jo, el ros­tro de Chiara pin­ta­do con car­bo­ni­lla.

– ¿Vis­te que aho­ra Fa­ce­book te re­cuer­da co­sas? –di­ce Ve­ró­ni­ca–. Des­de ha­ce dos años me la pa­so com­par­tien­do el mis­mo re­cuer­do. Mis re­cuer­dos con Chiara no se van a re­no­var.

Los me­ses que si­guie­ron al ase­si­na­to de su hi­ja, Ve­ró­ni­ca los pa­só en­ce­rra­da en su ca­sa. Nun­ca vio el ex­pe­dien­te, pe­ro fue ca­paz de re­crear la escena en su ca­be­za, apor­tar de­ta­lles, sa­car con­clu­sio­nes. De a po­co, muy de a po­co, em­pe­zó a sa­lir: una vuel­ta a la man­za­na, una ce­na en ca­sa de su her­mano, el mos­tra­dor del ne­go­cio que atien­de. Le cues­tan, di­ce, las fies­tas.

–No es que me mo­les­te que al­guien fes­te­je –di­ce Ve­ró­ni­ca–. Es que siento que mi pre­sen­cia cau­sa do­lor. Yo en­tro y siento la mi­ra­da tris­te de los de­más.

En la co­pa de cris­tal que su hi­ja le ha­bía traí­do de un via­je so­lía ha­ber una ro­sa pa­ra re­cor­dar­la. Un día la co­pa se rom­pió. Ve­ró­ni­ca se apu­ró en jun­tar el vi­drio has­ta que se dio cuen­ta de que no te­nía sen­ti­do: Chiara le son­reía des­de las fo­tos. La fal­da flo­rea­da con la que bai­ló el pe­ri­cón por úl­ti­ma vez es­tá guar­da­da en su fun­da. Su bi­ci­cle­ta blan­ca, apo­ya­da so­bre el ta­pial: in­ma­cu­la­da.

“¿VIS­TE QUE FA­CE­BOOK TE RE­CUER­DA CO­SAS? MIS RE­CUER­DOS CON CHIARA NO SE RENUEVAN.”

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