Cris­ti­na hier­ve el co­ne­jo Ale­jan­dro Bo­rensz­tein

Clarin - - SUMARIO -

Cris­ti­na Fer­nán­dez de Kirch­ner aca­ba de de­cir­te, a vos, por te­le­vi­sión que “en la Ar­gen­ti­na no hay es­ta­do de de­re­cho”. Por fa­vor, no la ma­lin­ter­pre­tes. Son esas cosas que ella di­ce en el de­ses­pe­ra­do in­ten­to por re­cu­pe­rar tu amor. Ella sa­be que di­jo una bar­ba­ri­dad, un exa­brup­to. Pe­ro con tal de re­con­quis­tar­te es ca­paz de cual­quier cosa. No es ig­no­ran­cia, ni fa­na­tis­mo, ni de­li­rio. Es amor. Pu­ro amor. Pe­ro es un amor ca­da vez me­nos co­rres­pon­di­do. Y eso es lo que le resulta tan di­fí­cil de asu­mir. Te­nés que en­ten­der­la. Su­pis­te dar­le tu vo­to y tu co­ra­zón. Y aho­ra se lo ne­gás. Ha­ce­te car­go. Como can­ta­ba Luis Mi­guel: “Tú la acos­tum­bras­te a todas esas cosas… y tú le en­se­ñas­te… que son ma­ra­vi­llo­sas…”.

Pe­ro no le vas de fren­te. No le de­cís que no la que­rés más, que te avi­vas­te de que todo fue un cuen­to chino y que no la pen­sás vol­ver a vo­tar nun­ca más. La es­tás haciendo su­frir mien­tras ella se des­vi­ve por re­ena­mo­rar­te.

Te po­ne no­tas en Fa­ce­book, te twit­tea todo el día, te man­da sel­fies y vi­deí­tos. Has­ta te es­cri­bió una car­ta abier­ta ofre­cién­do­se a tus bra­zos y di­cién­do­te que ella es la úni­ca opo­si­to­ra que pue­de cui­dar­te de los ma­les que te ace­chan con es­te go­bierno. “No le es­cri­bí a los di­ri­gen­tes, le es­cri­bí a los vo­tan­tes”, di­jo en la no­ta que le dio a In­fo­bae. Ob­vio. El des­pe­cho es así. Ja­más se le ha­bla a los ter­ce­ros en dis­cor­dia cuan­do el ob­je­ti­vo es re­cu­pe­rar al ser ama­do. El men­sa­je no fue ni para Mas­sa ni para Ran­daz­zo. Fue para vos, que for­mas­te par­te del 54% y aho­ra la de­jas­te en es­te hu­mi­llan­te 34%. Te ha­bló di­rec­to, sin in­ter­me­dia­rios.

Es­tá haciendo cual­quier cosa por con­mo­ver­te. In­clu­yen­do ir a mi­sa y po­sar para la fo­to haciendo un iné­di­to pu­che­ro. Desde Cro­ma­ñon en 2004 has­ta Nis­man en 2015, pa­san­do por On­ce en 2012, nun­ca hi­zo pu­che­ri­to por nin­gu­na víc­ti­ma de na­da. Va­lo­ra­lo. Po­ne­lo en pers­pec­ti­va.

Hi­zo lo que tal vez ja­más pen­sas­te que ella se­ría ca­paz de ha­cer: dar una no­ta sin red. En un me­dio que no es­tá pa­go por ella, con un pe­rio­dis­ta que no jue­ga en su equi­po. Todo un mé­ri­to.

Pen­sá que du­ran­te do­ce años esta gen­te go­ber­nó la Ar­gen­ti­na sin ren­dir­le cuen­tas a na

die, sal­vo una vez que se des­cui­da­ron en Har­vard y unos es­tu­dian­tes con una par de pre­gun­ti­tas, la de­ja­ron pa­tas para arri­ba. Fue de­but y des­pe­di­da.

Sin em­bar­go, esta vez se la ju­gó. Arries­gó el pe­lle­jo. Pu­so el cuer­po. Y lo hi­zo por vos. Se hu­mi­lló en­tran­do a las ofi­ci­nas de Da­niel Ha­dad a quien has­ta ha­ce un tiem­pi­to hu­bie­ra pre­fe­ri­do ver­lo muer­to. Y ahí no­más se sen­tó fren­te a las cá­ma­ras a re­cla­mar tu amor.

Es­pe­ran­do que la mi­res. Para in­ten­tar re­con­quis­tar­te. Para lle­gar al fon­do de tu co­ra­zón, allí don­de to­da­vía ha­bi­tan los dul­ces re­cuer­dos del pa­sa­do. Don­de aún so­bre­vue­lan aque­llas pri­me­ras ma­ri­po­sas. Don­de mo­ran las ce­ni­zas de aque­llos fue­gos. Bus­can­do que vuel­van a flo­re­cer mil pim­po­llos. A la es­pe­ra de una ps­ri­ma­ve­ra por lle­gar. Al re­en­cuen­tro de esos dos ex­tra­ños aman­tes.

En un ti­tá­ni­co esfuerzo fi­nal, el jue­ves ape­ló a lo más pro­fun­do de tu ser.

Y a vos te chu­pó un hue­vo. Te im­por­tó más ver el par­ti­do del Ar­se­nal por la Cham­pions Lea­gue que su mano im­plo­ran­te. Sos una ba­su­ra. No te­nés co­ra­zón.

Ella es­tá haciendo todo lo que le re­cla­mas­te que ha­ga en los úl­ti­mos años. Te es­tá dan­do todos los gus­tos. Se sa­có de en­ci­ma a todos los ami­gos que vos de­tes­ta­bas. “¿De Vi­do? No te po­dría con­tes­tar sa­tis­fac­to­ria­men­te”, le di­jo a No­va­re­sio. “¿Si me arre­pien­to de Bou­dou? No hablemos de cosas que ya no van a pa­sar”… “¿ Que Aní­bal di­jo qué cosa?? No me acuer­do…”

Te de­di­có to­da la no­ta y vos ni la mi­ras­te. Te im­por­tó más el gol de Ale­xis Sán­chez. No te­nés pie­dad. Al fi­nal ella va a pen­sar que no te me­re­cés el de­re­cho a vo­tar­la.

Pe­ro ella in­sis­te. Y has­ta don­de pu­do se con­fe­só. Fue muy au­to­crí­ti­ca con el tono en el que te ha­bló por ca­de­na na­cio­nal du­ran­te to­da una ge­ne­ra­ción de ar­gen­ti­nos. No se arre­pin­tió de las mil ca­de­nas, pe­ro a esta al­tu­ra de la si­tua­ción yo creo que si la apu­rás un po­qui­to y la ilu­sio­nás con tu vo­to, te pro­me­te que no las va a ha­cer nun­ca más.

Ade­más mi­ró a cá­ma­ra y le pi­dió un diá­lo­go al Pre­si­den­te. Te ju­ro que sí. Ella, que du­ran­te 8 años no le aten­dió el ce­lu­lar sien­do Ma­cri el je­fe de Go­bierno de la Ciudad, aho­ra le pi­de diá­lo­go. ¡¡Cam­bió!! Ella tam­bién es Cam­bie­mos. ¿Se­rías vos ca­paz de cam­biar tu de­ci­sión o ya no hay re­torno? ¿Lo po­dés ha­blar el jue-

ves en te­ra­pia?

Solo te es­tá pi­dien­do una se­gun­da opor­tu

ni­dad. Ella se jue­ga todo. Su fu­tu­ro po­lí­ti­co, su gui­ta, su li­ber­tad y la de sus hi­jos a los que me­tió en un qui­lom­bo chino. Y le po­ne to­da la ga­rra que le que­da.

Ella te ima­gi­na del otro lado del te­le­vi­sor y se po­ne ner­vio­sa. Y mez­cla todo con todo. “En la Ar­gen­ti­na de hoy me­ten pre­so a un pi­be que es­cri­bió un tweet”, di­ce, y se con­fun­de por­que en reali­dad me­tie­ron pre­so a uno que anun­cia­ba en ca­rac­te­res ára­bes que iba a ase­si­nar a Ma­cri. Y cla­ro que lo me­tie­ron pre­so. ¡ Por suer­te lo me­tie­ron pre­so! Y des­pués de­fen­dió a una co­li­fa que mos­tró una ame­tra­lla­do­ra y di­jo que era para ma­tar a la hi­ji­ta del pre­si­den­te. Y tam­bién la me­tie­ron pre­sa, como co­rres­pon­de. Como en enero de 2010 cuan­do ella tam­bién me­tió en ca­na a un de­men­te que le trans­mi­tió amenazas por la ra­dio del he­li­cóp­te­ro pre­si­den­cial. ¡Y bien que lo en­ca­na­ron! Ella lo hu­bie­ra man­da­do a Guan­tá­na­mo si no fue­ra que es­ta­ba en­fren­ta­da con Oba­ma. Pa­re­ce men­ti­ra que es­tu­vo 8 años desafian­do al pre­si­den­te más pro­gre­sis­ta de la historia de EEUU. Pe­ro hoy no pien­ses más en eso. No seas ren­co­ro­so.

Sí, ha­bló de Nis­man y del acuer­do con Irán. Pe­ro no te voy a con­tar lo que di­jo por­que la idea no es que te in­dig­nes más. Es só­lo tra­tar de ver si to­da­vía que­da en tu co­ra­zón al­go por lo que valga la pe­na sal­var esta re­la­ción.

Ella es­tá ju­ga­da. Le hi­zo creer a No­va­re­sio que llo­ra­ba por Jo­sé Ló­pez, pe­ro no era ver­dad. Llo­ra­ba por vos. Te quie­re, te ne­ce­si­ta,

34% es peor que Aní­bal. Es más, da­ría la vi­da por aquel 41% de Her­mi­nio en 1983 que en su mo­men­to fue una ca­tás­tro­fe y hoy se­ría ma­ra­vi­llo­so.

Es­tá su­frien­do. Como en to­da se­pa­ra­ción, el que to­ma la de­ci­sión tie­ne el po­der y el que más su­fre es el otro. En es­te ca­so ella, por­que la de­ci­sión de se­pa­rar­te fue tu­ya. Ya sé, mo­ti­vos no te fal­ta­ron. De­cí­me­lo a mí.

¿Hay al­gu­na po­si­bi­li­dad de que lo re­con­si­de­res? Te es­tá pi­dien­do muy po­co. Es só­lo un vo­to en oc­tu­bre. ¿Se­rías ca­paz?

Ella es­tá arre­pen­ti­da de todo lo que te hi­zo su­frir. De todo el da­ño que te pro­vo­có. No lo ex­pre­sa con palabras por­que va con­tra su na­tu­ra­le­za, pe­ro sus ojos lo di­cen todo.

Esas ca­ñe­rías de agua y cloa­cas que te es­tá po­nien­do Vidal, ella te las po­dría po­ner tam­bién. No lo hi­zo an­tes por­que sim­ple­men­te no se le ocu­rrió ¿Le da­rías una chan­ce? Ella te es­tá pi­dien­do per­dón. A su ma­ne­ra por­que la hu­mil­dad nun­ca fue su fuer­te.

No seas mal lle­va­do. Si ella te ha­bla con el co­ra­zón, vos no le con­tes­tés con el par­ti­do del Ar­se­nal.

Y si la vas a de­jar de­fi­ni­ti­va­men­te, sé ma­cho y de­cí­se­lo de fren­te. Con ho­nes­ti­dad.

Pe­ro tam­bién con mu­cha delicadeza. Po­ne­le poe­sía. Ca­dí­ca­mo in­mor­ta­li­zó el de­ber ser de las se­pa­ra­cio­nes: “Ha­ce jus­to un año… nos se­pa­ra­mos sin un llan­to... Nin­gu­na es­ce­na, nin­gún da­ño... Sim­ple­men­te fue un adiós… in­te­li­gen­te de los dos...”

Si la vas a aban­do­nar, con­te­ne­la y tra­tá de que no se enoje.

Ojo, no seas bo­lu­do. Yo sé lo que te di­go. Esta mi­na es de las que te hier­ven el co­ne­jo.

Le hi­zo creer a No­va­re­sio que llo­ra­ba por Jo­sé Ló­pez, pe­ro no era ver­dad. Llo­ra­ba por vos Te quie­re, te ne­ce­si­ta, 34% es peor que Aní­bal. Es más, da­ría la vi­da por aquel 41% de Her­mi­nio

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