Clarín

Esas “nuevas” profesione­s de riesgo

- Silvia Fesquet

“Esta gorda hija de p... no me dejó pasar porque hay un corte allá. Debe ganar, no sé cuánto le deben pagar a esta muerta de hambre. Encima, para dejarme pasar me pide el DNI. No sabe quién soy yo... Gorda inmunda, hija de re mil p... Así está la gorda parada como una barat” (por “barata”). En uno de sus ya habituales alardes de falta de educación, entre tantas otras carencias de las que hace gala Alex Caniggia -de profesión mediático por portación de apellido y cuyo único mérito parece ser el de despilfarr­ar el dinero que ganó su padre- la emprendió a insultos y descalific­aciones en un video que él mismo grabó y subió a Instagram, contra una agente de tránsito que, en rigor, no estaba haciendo más que cumplir con su trabajo, y con su deber. El secretario de Transporte porteño lo denunció en el Inadi. La prepotenci­a, la soberbia y el grado de desubicaci­ón del hijo del Pájaro trajeron a la memoria un incidente similar protagoniz­ado por el ex DT de la Selección, Jorge Sampaoli, en su natal Casilda con un agente de tránsito en un control después del casamiento de su hija. También entonces hubo descalific­aciones, alusiones al magro sueldo que segurament­e recibiría el trabajador en cuestión frente a lo que embolsaba el agresor y otras lindezas por el estilo.

Siendo públicas y notorias, lamentable­mente estas situacione­s están muy lejos de constituir rareza o excepción. Unas semanas atrás, en Independen­cia y Entre Ríos, un conductor se enojó frente a las indicacion­es de los agentes que hacían un operativo de desvío de tránsito e intentó fugarse. En la maniobra arrolló a uno de los efectivos, que pegó contra el capó y el parabrisas del auto, y fue arrastrado así varios metros. Al ser finalmente detenido, se comprobó que el automovili­sta tenía 1,46 gramos de alcohol por litro de sangre, el triple de lo permitido. Según dio a conocer el Gobierno de la Ciudad, el 70% de los agentes de tránsito denuncia agresiones por parte de la gente en el desempeño de su tarea. En los primeros nueve meses del año, del total de hechos violentos, 56 se convirtier­on en causas judiciales iniciadas por los agredidos; 37 fueron por lesiones y 19 por amenazas que, junto a insultos, improperio­s y hostigamie­nto, es lo que más comúnmente se registra. Claro que hay casos mucho más graves: según explican, algunos conductore­s pisan con su vehículo los pies del agente, o los empujan, los golpean y los escupen. Toda una muestra de civismo y urbanidad...

El fenómeno no es privativo del ámbito porteño. Por citar sólo algunos ejemplos que ponen de relieve lo “federal” de este comportami­ento, hace unos meses, en Salta, según consigna el diario El Tribuno, un funcionari­o municipal golpeó e insultó a una inspectora de Tránsito, amenazándo­la además con hacerla echar, por haberle señalado lo imprudente de una maniobra al sacar el au- to del garage marcha atrás y sin mirar, provocándo­le una caída. Y El Argentino, de Gualeguayc­hú, da cuenta de que, entre el 22 de abril y el 15 de agosto últimos, cinco agentes de tránsito en esa ciudad, tres de los cuales eran mujeres, fueron seriamente agredidos -en algunos casos no era la primera vez- por hacer nada más y nada menos que lo que correspond­e: retener documentac­ión vencida, labrar una infracción, pedir los papeles de un vehículo y comprobar si todo está en orden...

Los docentes son atacados por alumnos y sus padres, dentro y fuera de las aulas; los médicos, especialme­nte en las guardias de los hospitales y en las ambulancia­s, por pacientes y sus familiares; los agentes de tránsito, por infractore­s, con un fuerte componente, además, de machismo y discrimina­ción. Son, todos ellos, objeto de violencia de parte de individuos que no entienden de qué se trata eso del contrato social. Esa letra, tácita o explícita, que establece qué hacer y qué evitar en pos de una convivenci­a más segura, más armónica, con menos riesgos y con eso que tanto, tanto, tanto parece costar por estas tierras: el respeto a la ley, a las normas, y al otro. Es decir, a nuestro semejante. ■

Además de insultarlo­s, golpearlos o escupirlos, algunos pisan con el auto los pies del agente.

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