In­tro­duc­ción al cuerno

Cuernos - - Índice - Mar­ce­la Ta­rrio

Do­ce acep­cio­nes se­gún la Real Aca­de­mia Es­pa­ño­la que reúnen más de ca­tor­ce si­nó­ni­mos en­tre los co­lo­quia­les y en desuso. Cor­na­men­ta, as­ta, cor­na­du­ra, ca­cho, pi­tón, cor­ne­ta, cuer­na..., y po­dría­mos se­guir recorriendo ame­ri­ca­nis­mos, vo­ces fran­ce­sas o in­gle­sas, o aquel ape­lli­do es­tig­ma­ti­zan­te que un día lle­gó a la te­vé pa­ra que­dar­se a mo­do de apo­do y que to­dos, al­gu­na vez, adop­ta­mos co­mo de uso dia­rio, el ya mí­ti­co Cor­ni­che­lli del vie­jo pro­gra­ma de te­vé “Ma­tri­mo­nios y al­go más”. Pe­ro lo úni­co cier­to es que más allá de la len­gua, los sig­ni­fi­can­tes y los sig­ni­fi­ca­dos, na­die so­bre la faz de la Tie­rra los quie­re lle­var, aun­que los pon­ga co­mo los dio­ses o al me­nos co­mo aque­llos se­ño­res feu­da­les que die­ron ori­gen al tí­tu­lo de “cor­nu­do”.

Un par de cuer­nos pe­sa de­ma­sia­do, dos son re­in­ci­den­cia y tres, más que mul­ti­tud son gus­to o es­tu­pi­dez; pe­ro di­ce el sa­ber po­pu­lar que de ellos na­die se sal­va, equi­pa­rán­do­los con la muer­te, y al­go de eso hay... Aho­ra bien, si gri­tá­ra­mos aque­llo de “quien es­té li­bre de cuer­nos que arro­je la pri­me­ra pie­dra”, es pro­ba­ble que el te­rreno que­da­ra bal­dío, por­que cor­nu­dos y cor­nu­das hay en to­dos la­dos, cons­cien­tes o no, y más va­le du­dar que afir­mar vir­gi­ni­dad ab­so­lu­ta de la cor­na­men­ta, ya que la de­cep­ción y re­trac­ta­ción pue­de do­ler más que la cor­na­da.

Es­tán por do­quier, son pla­ga y lle­gan en dis­tin­tos for­ma­tos, reales y vir­tua­les, pe­ro los del reino de los fa­mo­sos sa­len en las ta­pas de re­vis­tas, en los pro­gra­mas de es­pec­tácu­los y has­ta en los no­ti­cie­ros, ca­yen­do en bo­ca de to­dos y agre­gán­do­le al in­fe­liz adorno de la trai­ción el con­di­men­to de la ver­güen­za, la ven­gan­za o la vic­to­ria, las tres V que fun­cio­nan a mo­do de San­ta Tri­ni­dad y se tur­nan se­gún el ca­so y la ex­po­si­ción. Ser cor­nu­do/a due­le, pe­ro que en­ci­ma un país lo se­pa, pue­de te­ner con­se­cuen­cias va­rias, y eso de­pen­de de quién pu­so el

cuerno y quién lo por­ta.

Sa­be­mos que la fa­rán­du­la es un mun­do apar­te, una fau­na sin­gu­lar, pe­ro más allá de la pur­pu­ri­na, el pan, el cir­co y el ar­te, son per­so­nas, mor­ta­les y fi­ni­tas cu­yas reali­da­des y sen­ti­mien­tos no siem­pre con­di­cen con lo que mues­tran en los me­dios. Y aquí es­tán. De ellos ha­blo en es­te li­bro, de cuer­nos, cor­nea­do­res y cor­nea­dos; de in­fie­les e in­fi­de­li­da­des que hi­cie­ron his­to­ria y de his­to­rias de in­fie­les que has­ta hoy si­guen ocul­tas de­ba­jo de la al­fom­bra, iró­ni­ca­men­te fie­les a aque­llo de que los tra­pi­tos su­cios se la­van en ca­sa. Eso, cla­ro, siem­pre que no ha­ya un pe­rio­dis­ta cerca... Y no­so­tros, co­mo los cuer­nos, es­ta­mos en to­dos la­dos...

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