Los co­lo­res pa­ra las pa­re­des se im­po­nen y des­tro­nan al blan­co

El Huarpe - - MUNICIPALES -

El co­lor po­see la ca­pa­ci­dad de cam­biar nues­tro es­ta­do de áni­mo, de ha­cer­nos sen­tir­nos bien o has­ta de re­fres­car­nos. Es­te as­pec­to es uno de los más im­por­tan­tes a te­ner en cuenta al mo­men­to de de­co­rar pa­re­des. Ca­da uno pue­de op­tar por una ga­ma cro­má­ti­ca dis­tin­ta, que pue­de ir des­de los to­nos cá­li­dos que nos co­nec­tan con la na­tu­ra­le­za has­ta los osa­dos pri­ma­rios, con el azul más po­ten­te li­de­ran­do la lis­ta has­ta el ama­ri­llo o el rosa en to­das sus ver­sio­nes. Lo idea es des­tro­nar al blan­co y en­con­trar el co­lor de tu per­so­na­li­dad.

La otra op­ción son los co­lo­res tie­rra: los are­na, los ma­rro­nes con ai­res bos­co­sos y los me­lo­co­to­nes to­da­vía tie­nen mu­cho que de­cir en la de­co­ra­ción de in­te­rio­res. Su be­lle­za ra­di­ca en su ca­pa­ci­dad pa­ra crear am­bien­tes lle­nos de en­can­to que se com­ple­men­tan muy bien con los mue­bles de ma­de­ra.

Pa­ra los más osa­dos, los co­lo­res pri­ma­rios son los alia­dos. So­bre to­do el azul, un tono li­ga­do al buen tiem­po, que ga­na en in­ten­si­dad y en fres­cu­ra. El ro­jo es el fa­vo­ri­to en de­co­ra­ción, mo­da y be­lle­za, es un acier­to se­gu­ro. Por úl­ti­mo, el ama­ri­llo a pe­sar de ser di­fí­cil de com­bi­nar, tie­ne una ener­gía con­ta­gio­sa.

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