KATY PERRY in­ven­to pro­pio

Pa­sa­mos tres días con la estrella pop, y a se­ma­nas de su show en la Ar­gen­ti­na la mos­tra­mos co­mo na­die lo hi­zo. El en­can­to de una di­va −que nun­ca fue a la es­cue­la y se co­la­ba en los re­ci­ta­les−, can­che­ra y mi­llo­na­ria, de pier­cing y al­ta cos­tu­ra.

ELLE (Argentina) - - Elle Encuentra -

s la per­so­na más se­gui­da en Twitter (63,2 mi­llo­nes de al­mas), su­pera a Oba­ma y a Oprah, a Da­lai La­ma y Tay­lor Swift. Si to­dos esos fans se reunie­ran, ¡igua­la­rían la po­bla­ción del Reino Unido! El sá­ba­do 3 de oc­tu­bre can­ta­rá en el Hi­pó­dro­mo de Pa­ler­mo, en el mar­co de su Prismatic World Tour.

Ella es par­te de un es­ce­na­rio de di­vas pop – Mi­ley, Be­yon­cé, Ga­ga, Lor­de, Swift, Kesha, Nic­ki, Brit­ney, Iggy Aza­lea– que se ha po­bla­do tan­to en la úl­ti­ma dé­ca­da que ca­si ne­ce­si­ta­mos una ca­te­go­ría pa­ra ca­da una de ellas, pa­ra su mú­si­ca, su ADN, su per­so­na­li­dad. Perry tie­ne una opi­nión for­ma­da so­bre es­to: “Es co­mo una te­le­no­ve­la.

Al­guien tie­ne que ser el vi­llano, al­guien el hé­roe; al­guien tie­ne que ser la prin­ce­sa, al­guien la ma­dre. Co­mo fi­gu­ras del pop, abar­ca­mos dis­tin­tos per­so­na­jes. Y los me­dios usan eso. Tay­lor es la en­can­ta­do­ra. Kan­ye es la vi­lla­na.” pa­ra des­pués del re­ci­tal.” ¡Y de Brit­ney! “Nun­ca ten­dré sus ab­do­mi­na­les.”

¿Qué di­ce so­bre el fe­nó­meno pop-star en el que es­tá en­vuel­ta? “Es cien ve­ces más di­fí­cil de lo que lo ha­bía so­ña­do a mis 9 años. Hay tan­tas di­ná­mi­cas y va­ria­bles.... Pen­sás que fir­mas­te pa­ra una co­sa, pe­ro al ins­tan­te fir­mas­te pa­ra otras cien­tas. Por eso ves gen­te afei­tán­do­se la ca­be­za.”

Tie­ne 30 años, fi­gu­ra en­tre las 25 ce­le­bri­da­des más ri­cas se­gún For­bes (en el 2014 ga­nó $40 mi­llo­nes) y sus ro­di­llas si­guen fun­cio­nan­do: “Te­nés a 15.000 per­so­nas ade­lan­te tu­yo que quie­ren es­tar en­tre­te­ni­das du­ran­te dos ho­ras. An­tes me sen­tía la rei­na de los dul­ces, sen­tía que ha­bía in­ven­ta­do un mun­do. Pe­ro ya no ge­ne­ro más un mun­do es­pe­cí­fi­co; voy dan­do ins­tan­tá­neas. Dis­tin­tas imá­ge­nes. Exa­ge­ro so­bre el es­ce­na­rio”.

Y lue­go des­cri­be el es­ce­na­rio: un lu­gar enor­me, tan gran­de co­mo una ca­sa, con una cin­ta mó­vil. En ca­da show su en­tre­ga fí­si­ca se pa­re­ce a la de una atle­ta olím­pi­ca. “¡Mis ro­di­llas me es­tán aban­do­nan­do! Ha­go acu­pun­tu­ra ca­da tres días. No to­mo mu­cho al­cohol. Ni el cuer­po ni la men­te ni la con­cen­tra­ción lo so­por­tan. ¡A los 30 no te re­cu­pe­rás co­mo an­tes!” Por eso me­di­ta. “En reali­dad, me in­tro­du­jo mi ex ma­ri­do. Soy una per­so­na so­bre­es­ti­mu­la­da. Cuan­do sos crea­ti­va, siem­pre es­tás en­cen­di­da, pen­san­do... la me­di­ta­ción es el úni­co mo­men­to en el que de ver­dad apa­gás tu men­te. No soy la ima­gen re­fe­ren­te de la Me­di­ta­ción Tras­cen­den­tal, pe­ro sí la prac­ti­co, y pue­do sen­tir que se abren los ca­mi­nos neu­ro­na­les. Es ca­si co­mo si se crea­ra un ha­lo al­re­de­dor de mi ca­be­za y las co­sas co­men­za­ran a vi­brar de nue­vo.”

Ra­zón #54 pa­ra amar­la: si lo­grás co­lar­te en uno de sus show, los pa­to­vi­cas de wal­kie tal­kie te de­jan que­dar­te.

“Cuan­do era chi­ca me co­la­ba en to­dos la­dos, en los me­jo­res re­ci­ta­les. No te­nía nin­gún ac­ce­so a na­da ni pla­ta, pe­ro siem­pre tu­ve una per­so­na­li­dad y un look de­ter­mi­na­do. Du­ran­te va­rios años, mi sa­li­da con­sis­tía en lle­gar al es­ta­cio­na­mien­to VIP, ba­jar la ven­ta­ni­lla del au­to y de­cir ‘¡ten­go que es­tar en el es­ce­na­rio en cin­co mi­nu­tos!’ Y el de se­gu­ri­dad pen­sa­ba ‘¡Oh, no! Si no la de­jo en­trar no

va a es­tar en el es­ce­na­rio!’ Era un po­co ma­ni­pu­la­dor de mi par­te. Siem­pre me creí al­guien.”

Por qué nun­ca más va a ir a pro­gra­mas co­mo los de Bar­ba­ra Wal­ters: “Ca­da pa­la­bra que sa­le de mi bo­ca tie­ne su pre­cio, im­pli­ca de­ma­sia­do ries­go pa­ra mí. Cuan­do era chi­ca, Bar­ba­ra Wal­ters me pre­gun­tó si al­gu­na vez ha­bía con­su­mi­do dro­gas, co­mo si fue­ra a des­cu­brir­me en al­gu­na cla­se de es­cán­da­lo. Y fue co­mo: ‘Es­cu­cha­me, mu­jer, al­gu­na vez fui ado­les­cen­te. Nun­ca ha­blé co­mo si nun­ca hu­bie­se co­me­ti­do un error en mi vi­da´.”

Pe­ro en es­ta ex­po­si­ción me­diá­ti­ca, no to­do fue una gue­rra. “Es que ven­go de un con­tex­to sin educación. Me sa­ca­ban de la es­cue­la to­do el tiem­po. Fui es­co­la­ri­za­da en ca­sa. Me pu­sie­ron en co­le­gios que se ba­sa­ban en ase­gu­rar­se de que los ni­ños fue­sen re­fu­gia­dos en una at­mós­fe­ra cris­tia­na, nun­ca en la educación. No fui a la se­cun­da­ria, no fui a la uni­ver­si­dad. No soy de esas per­so­nas in­te­li­gen­tes, que leen li­bros, y lo sé. Apren­do a tra­vés de mis ojos y de mis oí­dos. Cre­cí con mu­chas co­sas que tu­ve que de­jar ir, vol­ver a tra­ba­jar, cam­biar. De­fi­ni­ti­va­men­te me voy a ase­gu­rar de que mis hi­jos ten­gan to­das las he­rra­mien­tas pa­ra re­ci­bir una educación fan­tás­ti­ca.”

Ra­zón #137 pa­ra amar a Katy Perry: no re­nie­ga so­bre su in­fan­cia. Ama a sus pa­dres. Es­tá agra­de­ci­da por las co­sas bue­nas que le die­ron. “Es­to me hi­zo ser quien soy. Mi pa­pá es muy gra­cio­so, de él sa­qué la ma­yor par­te de mi sen­ti­do del hu­mor. Es un ar­tis­ta, por­que es ora­dor. Mi la­do ra­cio­nal vie­ne de mi ma­dre; mi ac­tua­ción vie­ne de mi pa­dre.” ELLE ¿TO­DA­VIA CREES EN DIOS? KATY PERRY Es­to va a so­nar co­mo ba­su­ra hip­pie real, pe­ro es­toy en to­tal sin­to­nía con el uni­ver­so… No creo en el cie­lo ni en el in­fierno. Creo en la con­se­cuen­cia, en la ex­tre­ma con­se­cuen­cia, sí. Ese es el in­fierno en el que creo, en un po­der más gran­de que yo, y es­to es lo más im­por­tan­te. Por­que si yo soy la co­sa más gran­de, ¿an­te quién voy a te­ner que ren­dir cuen­tas? Sí, creo en Dios. ELLE ¿QUE VIE­NE AHO­RA, DESPUES DE LA GI­RA? K.P. En lo mu­si­cal, qui­zá ha­ya al­can­za­do el te­cho y va­ya en una di­rec­ción opues­ta. Siem­pre hu­bo dos dis­cos que qui­se ha­cer: el acús­ti­co y el elec­tró­ni­co. One of the Boys fue muy pop-rock, con in­fluen­cias más al­ter­na­ti­vas, muy No Doubt. Pe­ro los úl­ti­mos, co­mo Tee­na­ge Dream y Prism fue­ron muy pop. El pró­xi­mo dis­co tie­ne que ser di­fe­ren­te. Voy a te­ner que des­viar­me. ELLE USAS MU­CHO ESA PA­LA­BRA: “DES­VIAR­ME”. ¿ASI TE VES CUAN­DO PEN­SAS EL MO­VI­MIEN­TO HA­CIA ADE­LAN­TE? K.P. No pue­do es­pe­rar a crear más, evo­lu­cio­nar más y ser una con­tri­bu­yen­te. Nun­ca que­rría ser só­lo una ce- le­bri­dad. Es tan as­que­ro­so. Pe­ro si es­tás con­tri­bu­yen­do, es­tás agre­gan­do al­go al mun­do; es­tás cam­bian­do la pers­pec­ti­va de al­guien. ELLE ¿TUS RE­DES SO­CIA­LES SON LE­GI­TI­MAS? K.P. Es ob­vio que a mi Twitter lo ma­ne­jo yo. Así que cuan­do me se­guís en Twitter, esa au­ten­ti­ci­dad se no­ta. No es mi co­mu­nity ma­na­ger, no es la com­pa­ñía dis­co­grá­fi­ca, no soy yo ven­dién­do­te un pro­duc­to to­do el tiem­po, en ca­da tuit. Pien­so que lo que le gus­ta a la gen­te es que re­ci­be chis­mes de mi vi­da, pen­sa­mien­tos al azar; a ve­ces, le­tras de can­cio­nes... Los man­ten­go ac­tua­li­za­dos. ELLE SOS VA­LIEN­TE. HA­CE PO­CO TUITEASTE AL­GO SO­BRE UNOS PA­PA­RAZ­ZI... K.P. Al­qui­lé un bar­co pa­ra pa­sear por el puer­to en Sydney y al­guien me de­la­tó. Nos lle­va­ron has­ta un lu­gar don­de dos pa­pa­raz­zi te­nían la cá­ma­ra lis­ta pa­ra con­se­guir fo­tos mías en bi­ki­ni, ¡por­que las fo­tos en bi­ki­ni son las fo­tos! ¡Por­que nos preo­cu­pa­mos por có­mo se ven las per­so­nas en bi­ki­ni! Es más, ter­mi­na­mos en una pla­ya nu­dis­ta. Fue una tram­pa: ha­bía un ti­po des­nu­do, que se to­ca­ba el pe­ne, fu­ma­ba... Des­pués me di cuen­ta de que ha­bía al­guien más aga­cha­do en el pi­so, sa­can­do fo­tos a nues­tra reac­ción. ELLE ¿EN­TON­CES? K.P. Le sa­qué una foto al ti­po des­nu­do, las subí a las re­des so­cia­les y des­pués tui­tée: “Re­cor­dá que tam­bién te­ne­mos fo­tos de tu pe­ne chi­qui­to y de tu co­ra­je más bien gran­de”. ELLE ¿CO­MO TE SEN­TIS­TE DESPUES DE POSTEAR ESO? K.P. Bueno... bas­tan­te bien. Fue una des­crip­ción exac­ta. Mi opi­nión im­por­ta. AMAN­DA FITZ­SI­MONS

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