¡ SIN LÍ­MI­TES!

Des­de ha­ce más de sie­te dé­ca­das Jeep ha re­pre­sen­ta­do la posibilidad de ro­dar so­bre cual­quier te­rreno y con­quis­tar las ci­mas más di­fí­ci­les, un ícono del automovilismo y un com­pa­ñe­ro in­fal­ta­ble en la aven­tu­ra.

GQ Latinoamerica - - MÁQUINAS - Por Mar­co Ro­bles

Ha­ce 75 años Willys-over­land pu­so en los cam­pos de ba­ta­lla de la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial un vehícu­lo ca­paz de cir­cu­lar en cual­quier cla­se de ca­mino. Hoy ese vehícu­lo es co­no­ci­do co­mo Jeep, cua- tro le­tras que en­glo­ban la ob­se­sión hu­ma­na por su­pe­rar los obs­tácu­los que im­po­ne la na­tu­ra­le­za. Pa­ra ce­le­brar su cum­plea­ños 75 via­ja­mos a Moab, Utah, uno de los spots fa­vo- ri­tos de los jee­pe­ros, pa­ra es­tar en la fies­ta que FCA (Fiat Chrys­ler Au­to­mo­bi­les) le pre­pa­ró a uno de sus hi­jos con­sen­ti­dos.

Moab es uno de los lu­ga­res sa­gra­dos de los aman­tes de las aven­tu­ras 4x4, con her­mo­sos pai­sa­jes, mon­ta­ñas ro­jas y un am­bien­te que te lle­va a ima­gi­nar có­mo de­be ha­ber si­do la vi­da en el vie­jo oes­te. Pa­ra es­tar ad hoc con la oca­sión, lle­ga­mos al So­rrel Ri­ver Ranch, un re­sort-spa que se en­cuen­tra a las ori­llas del Río Co­lo­ra­do y por don­de los años pa­re­cen no ha­ber pa­sa­do des­de las épo­cas de Wyatt Earp. Las cons­truc­cio­nes de ma­de­ra, el rui­do del vien­to via­jan­do por los ca­ño­nes, el co­rrer del río y un im­pre­sio­nan­te cie­lo lleno de es­tre­llas por las no­ches, son los elementos que ha­cen de és­ta una de esas ex­pe­rien­cias que a los ci­ta­di­nos nos ha­cen vi­brar de emo­ción y que nos re­cuer­dan que es­ta­mos a va­rios ki­ló­me- tros de la ci­vi­li­za­ción.

Tras pa­sar un día ma­ne­jan­do mo­de­los his­tó­ri­cos de la fir­ma, lle­gó el mo­men­to de ir a dar la vuel­ta con el fes­te­ja­do que, en es­ta oca­sión, com­par­te con los de­más mo­de­los de la ga­ma Jeep (Grand Che- ro­kee, Wran­gler y Pa­triot) los aca­ba­dos de aniver­sa­rio, que in­clu­yen, en­tre otros, de­ta­lles en co­lor bron­ce (ha­cien­do una re­fe­ren­cia a los re­ma­ches y bo­to­nes de los uni­for­mes mi­li­ta­res), el lo­go­ti­po con un fi­lo na­ran­ja en los bor­des, ade­más de em­ble­mas con­me­mo­ra­ti­vos en la ca­rro- ce­ría y ex­te­rio­res. En el ca­so de Wran­gler, tam­bién cuen­ta con un co­fre mo­di­fi­ca­do con sa­li­das de aire.

La elec­ción na­tu­ral era el Wran­gler, el ícono de la fir­ma y el fes­te­ja­do, así que de­ci­di­mos su­bir­nos a uno co­lor ver­de mi­li­tar, co­mo man­da la tra­di­ción des­de que ro­dó sus pri­me­ros ki­ló­me­tros en las trin­che­ras de los Alia­dos en la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial. Me­cá­ni­ca­men­te es­te vehícu­lo se man­tie­ne igual que los otros mo­de­los, con un mo­tor V6 3.6 li­tros de 285 ca­ba­llos de fuer­za y 260 li­bras-pie, aco­pla­do a una trans­mi­sión au­to­má­ti­ca de cin­co ve­lo­ci­da­des. La trac­ción en mo­do nor­mal (2H) se en­vía a las rue­das tra­se­ras, mien­tras que en 4H y 4L, se re­par­te en­tre los dos ejes.

Aun­que la ru­ta no era ex­tre­ma, pues es­tá­ba­mos so­bre ca­mio­ne­tas sin nin­gu­na mo­di­fi­ca­ción, nun­ca de­ja­rá de im­pre- sio­nar có­mo se desem­pe­ña el Wran­gler cuan­do sa­le del as­fal­to. Supera cual­quier obs­tácu­lo co­mo si es­tu­vie­ra cru­zan­do el jar­dín de nues­tra casa, ni si­quie­ra se in­mu­tó en las zo­nas con es­ca­lo­nes de pie- dra, ni es­ca­lan­do enor­mes ro­cas o con un po­co de arena. Si que­re­mos ha­cer­lo su­frir, nos te­ne­mos que me­ter a una zo­na muy ac­ci­den­ta­da, y aún así, es ca­si un he­cho que sal­drá bien li­bra­do.

Durante el lunch, en medio de las mon­ta­ñas, nos ex­pli­can que el co­lor ro­ji­zo de las pie­dras se de­be a la com­po­si­ción quí­mi­ca de la tie­rra y que se le for­man man­chas ne­gras por la oxi­da­ción con el aire. Ade­más, cuan­do la tie­rra se mez­cla con el agua ha­ce que el río se pon­ga rojo, de ahí la ra­zón pa­ra lla­mar­lo Co­lo­ra­do.

Con me­dia jor­na­da re­co­rri­da, era mo­men­to de ir a la Grand Che­ro­kee, una de las ca­mio­ne­tas de lu­jo más ca­pa­ces del pla­ne­ta. Lle­ván­do­la al mundo de la mo­da, es co­mo si pu­dié­ra­mos sa­lir al cam­po en­fun­da­dos en un tra­je Hu­go Boss y es­tar se­gu­ros de que só­lo hay que lle­var­lo a la tin­to­re­ría pa­ra que que­de co­mo nue­vo.

Si bien no es el Wran­gler, tam­po­co ne­ce­si­ta gran­des es­fuer­zos pa­ra se­guir­le los pa­sos al his­tó­ri­co to­do te­rreno; pe­ro aquí, ade­más del con­fort de los asien­tos, po­de­mos dis­fru­tar de una sus­pen­sión más be­né­vo­lae, in­clu­so, una­po­si­ción de ma­ne­jo más agra­da­ble. Es sin du­da­la­me­jo­rrein­ter- pre­ta­ción de Jeep en to­da la ga­ma.

An­tes de to­mar ca­mino de vuel­ta al So­rrel Ri­ver Ranch, lle­ga­mos al Sur­pri­se Can­yon, un ca­ñón de 200 me­tros de pro­fun­di­dad que nos pu­so a tem­blar las pier­nas ape­nas nos acer­ca­mos a la ori- lla pa­ra ver un pe­que­ño lago que es­ta­ba en el fon­do. El ca­mino de re­gre­so nos lle­va con los úl­ti­mos ra­yos del sol ilu- mi­nan­do el pai­sa­je que te­nía­mos de­trás nues­tro. El día fue lar­go, pe­ro la ex­pe- rien­cia úni­ca. Ver a los Jeep en su há­bi­tat na­tu­ral es in­com­pa­ra­ble.

El aven­tu­re­ro por ex­ce­len­cia.

Via­ja­mos a Moab, Utah, pa­ra que Jeep nos de­mos­tra­ra de lo que es ca­paz.

Sin du­da al­gu­na, Jeep es el aven­tu­re­ro por ex­ce­len­cia.

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