EL SOUNDTRACK QUE DE­FI­NIÓ A UNA PE­LÍ­CU­LA

Baby Dri­ver y otros ca­sos si­mi­la­res en la his­to­ria del ci­ne con­tem­po­rá­neo.

GQ Latinoamerica - - MÚSICA - Por An­jo Na­va

No sé si a us­te­des les ha pa­sa­do, pe­ro hay un mo­men­to en la más re­cien­te cin­ta de Ed­gar Wright, Baby Dri­ver, que cap­tu­ra un sen­ti­mien­to que pro­ba­ble­men­te a mu­chos nos ha ocu­rri­do cien­tos de ve­ces. Se tra­ta de la se­cuen­cia en la que Baby, el jo­ven pro­ta­go­nis­ta in­ter­pre­ta­do por An­sel El­gort, va por ca­fé. Ca­da uno de sus mo­vi­mien­tos es ma­ni­pu­la­do por la can­ción que es­tá es­cu­chan­do, su ac­ti­tud se mi­me­ti­za con la del can­tan­te, sus pa­sos se im­pul­san por las lí­neas del ba­jo, su cuer­po su­cum­be an­te el rit­mo y na­ve­ga por las ca­lles con la gra­cia de un ar­tis­ta. Es el po­der que ins­pi­ra el co­lo­car­se un par de au­dí­fo­nos en los oí­dos pa­ra pre­sen­ciar có­mo un mun­dano re­co­rri­do a pie se con­vier­te en la es­ce­na de un vi­deo mu­si­cal.

Sin em­bar­go, el tra­ba­jo de Wright en la cin­ta en cues­tión es un lo­gro más com­ple­jo que ese. El director con­si­gue una oda a la ban­da so­no­ra en el ci­ne, al crear un “mu­si­cal” en el que prác­ti­ca­men­te no hay diá­lo­gos y, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, los his­trio­nes no se ven obli­ga­dos a cantar. La na­rra­ti­va no só­lo se acom­pa­ña por el com­pás de la mú­si­ca, sino que de­pen­de de és­te pa­ra fluir. Igual que una co­reo­gra­fía, ca­da mo­vi­mien­to de los au­to­mó­vi­les, ca­da cor­te de edi­ción e, in­clu­so, ca­da ba­la­zo —por­que, al fi­nal, es una cin­ta de ac­ción—, reac­cio­na al so­ni­do de

NOS QUEDARÍAMOS COR­TOS SI DIJÉRAMOS QUE LA MÚ­SI­CA EN BABY DRI­VER ES UN PER­SO­NA­JE MÁS, YA QUE ES EL FIN PRIN­CI­PAL DE LA OBRA.

las pie­zas. Me que­da­ría cor­to si di­je­ra que la mú­si­ca en Baby Dri­ver es un per­so­na­je, ya que es el fin prin­ci­pal de la obra.

Es­to se ha­ce ex­plí­ci­to en los pa­sa­jes don­de no hay so­ni­do. Cuan­do los au­ri­cu­la­res se caen o las de­to­na­cio­nes de las ar­mas de fue­go crean zum­bi­dos en­sor­de­ce­do­res. Es aquí don­de el rea­li­za­dor de­ja en cla­ro su pos­tu­ra so­bre lo que sig­ni­fi­ca la vi­da sin mú­si­ca: un va­cío.

Ade­más, tam­bién ofre­ce un pe­que­ño ho­me­na­je a los re­pro­duc­to­res. A pe­sar de que la ma­yo­ría de la ban­da so­no­ra cons­ta de te­mas clá­si­cos —co­mo los de Queen, Gol­den Ea­rring, Bob and Earl, Barry Whi­te y The Beach Boys— y una es­té­ti­ca re­tro —por mo­men­tos, el actor An­sel El­gort nos re­cuer­da a Ja­mes Dean—, Wright no es­ti­ra la li­ga ha­cien­do que su pro­ta­go­nis­ta es­cu­che un Walk-man (aun cuan­do tie­ne una co­lec­ción de cin­tas que él mis­mo gra­bó). En cam­bio, lo pro­vee con una co­lec­ción de ipods, el pri­mer apa­ra­to con el que uno po­día lle­var con­si­go un sin­fín de can­cio­nes y ele­gir su pro­pio soundtrack de vi­da.

Ya hay quie­nes es­pe­cu­lan que Baby Dri­ver po­dría es­cu­rrir­se en la con­tien­da por el Óscar, in­clu­so co­mo en la ter­na de Me­jor Pe­lí­cu­la. Pe­ro si no re­ci­be los pre­mios a Me­jor Edi­ción de So­ni­do y Me­jor Mez­cla de So­ni­do, en­ton­ces, es­ta­ría­mos fren­te a uno de los peo­res ro­bos en la his­to­ria de es­tos ga­lar­do­nes.

Baby Dri­ver ha si­do una de las más gra­tas sor­pre­sas y su soundtrack, de los me­jo­res

del año.

La mú­si­ca de The Beach Boys es­tá pre­sen­te en Baby Dri­ver.

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