Los "pi­ca­dos" de fút­bol

Hoy Pinto - - De puño y letra - Es­cri­be Eduar­do Mi­ner­vino (*) -(#)- Pe­rio­dis­ta ger­ma­nien­se ra­di­ca­do en Vi­lla Ge­sell, di­rec­tor del se­ma­na­rio "Los Gi­ra­so­les" -

Cuan­do an­do por al­gu­na can­cha de fút­bol, há­bi­to de to­dos los do­min­gos, no pue­do de­jar de re­cor­dar con cier­ta nos­tal­gia, la pa­sión que ha­bía en Germania por los pi­ca­dos. En ca­da ba­rrio, en ca­da ca­lle, ha­bía uno. El pi­ca­do sig­ni­fi­ca­ba el fút­bol es­pon­tá­neo, el po­ner de ma­ni­fies­to la crea­ti­vi­dad. Ca­da ba­rrio te­nía muy bue­nos ju­ga­do­res...

Cuan­do no­so­tros éra­mos ni­ños, el fút­bol era una pla­ga. Se ju­ga­ba a to­da ho­ra. Uno se le­van­ta­ba y se acos­ta­ba con la pe­lo­ta. Y de tan­to ju­gar; apren­día, afi­la­ba la pe­ga­da, la gam­be­ta, la cin­tu­ra, la pi­sa­da... Se vi­vía una pa­sión de­sen­fre­na­da por la pe­lo­ta.

En mi ba­rrio, a una cua­dra, de la igle­sia, ju­gá­ba­mos en la es­qui­na de la que es mí ca­sa. Allí ha­bía "pi­ca­dos" a to­da ho­ra. Con pe­lo­ta de go­ma - "Pul­po" - o con pe­lo­ta de cue­ro - ti­po pro­fe­sio­nal.

Ve­nían mu­cha­chos del ba­rrio, de la ve­cin­dad. Se ju­ga­ba a la ho­ra de la sies­ta y a la no­che ba­jo la luz del fa­rol de la es­qui­na.

Y eso su­ce­día en otros ba­rrios. Se ju­ga­ba en ar­cos chi­cos he­chos con pi­las de ro­pa, en ar­cos gran­des - eran dos ár­bo­les - y en la ca­lle. Acá só­lo se pa­ra­ba cuan­do pa­sa­ba al­gún au­to o cuan­do los ve­ci­nos se que­ja­ban y ha­cían al­gu­na de­nun­cia por "rui­dos mo­les­tos". Se ju­ga­ba, siem­pre se ju­ga­ba.

Se ter­mi­na­ba de co­mer y era co­mo una re­li­gión ir has­ta la es­qui­na pa­ra par­ti­ci­par del "pi­ca­do". Las pe­lo­tas se rom­pían o se pin­cha­ban y ha­bía que ir has­ta la ca­sa de al­gún ami­go a bus­car otra.

Tam­bién se ju­ga­ba mano a mano o en­tre cuatro el fa­mo­so "ar­co con­tra ar­co". Eran par­ti­dos en don­de el re­bo­te en la pa­red va­lía y se apro­ve­cha­ba mu­cho el au­to pa­se he­cho con el cor­dón de la ve­re­da. To­do ser­vía pa­ra ju­gar, pa­ra vi­vir en esa pa­sión.

Uno cre­cía en­tre el co­le­gio y en­tre los "pi­ca­dos". Ha­bía desafíos en­tre ba­rrio con­tra ba­rrio. Eran par­ti­dos a "muer­te" con al­gu­nos ju­ga­do­res que des­pués ter­mi­na­ron en los clu­bes afi­lia­dos en la Li­ga Ameg­hi­nen­se de Fút­bol. Eran "po­tre­ros" des­de don­de sa­lía la me­jor ma­te­ria pri­ma.

De­trás de la Co­mi­sa­ría ha­bía un te­rreno bal­dío y ahí, du­ran­te la sies­ta de mu­chos ve­ra­nos, ju­gá­ba­mos par­ti­dos que du­ra­ban tres o cuatro ho­ras. Se ju­ga­ba a diez go­les o a quin­ce, el asun­to era ju­gar. Era la can­chi­ta “del Cen­tro”, un vie­jo club al que to­da­vía voy “re­li­gio­sa­men­te” ca­da vez que an­do por mí pue­blo.

Se ju­ga­ba por amor, por pa­sión. Es­ta­ba el crack y ha­bía tron­cos; pe­ro to­dos ju­ga­ban y mu­chos llo­ra­ban o pu­tea­ban cuan­do no en­tra­ban en el equi­po. Así era el cli­ma emo­cio­nal de aque­llos "pi­ca­dos".

Des­pués se fue­ron for­ma­ron equi­pos del ba­rrio pa­ra par­ti­ci­par en los cam­peo­na­tos de Baby Fút­bol de Ju­ven­tud Uni­da. Unos par­ti­da­zos en las no­ches de ve­rano. No­so­tros, muy pen­de­jos, de­bu­ta­mos con un equi­po lla­ma­do “El Club del Clan” y usá­ba­mos ca­mi­sas, con bo­to­nes y cue­llo, no ca­mi­se­tas, ver­des y ama­ri­llas.

En “El Club de Clan” me acom­pa­ña­ban, en­tre otros “Fa­lu­cho” Me­di­na; “Ca­chi­che” Pe­rug­gi­ni; “Ba­lín” Cot­ta; “Fan­tu­cho” Fan­to­ni; Al­fre­di­to Qua­troc­ci; los her­ma­nos Car­los y Rafael Spil­man. No nos fue de­ma­sia­do bien, pe­ro di­mos lu­cha en ca­da par­ti­do an­te equi­pos con­for­ma­dos por ju­ga­do­res de ma­yor edad y ex­pe­rien­cia que no­so­tros. Éra­mos to­dos pi­bes. Des­pués yo pa­sé al mul­ti­cam­peón “El Pe­re­grino”, que es­ta­ba di­ri­gi­do por José Ma­nuel, unos de los ti­pos más bue­nos que co­no­cí en mí vi­da.

El tra­ba­ja­ba en una Ca­ba­ña en la que se cria­ba Ho­lan­do Ar­gen­tino y te­nía ese nom­bre. Era un equi­po de lu­jo. Leo­nel Bus­tos o el “Chino” Rey­no­so en el ar­co, el “Vas­co” To­rres, el “Lau­cha” So­sa, “Pa­qui­co” La­na­ta; el “Guty” Pie­ra­li­si...

To­dos ju­ga­do­res de pri­me­ra di­vi­sión. Ga­na­mos va­rios cam­peo­na­tos, no so­lo en Germania, si no en to­da la zo­na. Pe­ro, vuel­vo la mi­ra­da más atrás. La vi­da, en­tre los ocho y los quin­ce años, era un "pi­ca­do” Eso mis­mo su­ce­día en ca­da ciu­dad, en ca­da rin­cón del país. Y el fút­bol era un "po­tre­ro" gi­gan­te, lleno de fan­ta­sía, de amor, de gam­be­tas, de pi­sa­das, de ama­gues, de ta­cos, de ra­bo­nas…. El fút­bol - la pe­lo­ta - , los "pi­ca­dos" eran la gran ex­pre­sión po­pu­lar de un de­por­te de ma­sas.

Re­cuer­do los "pi­ca­dos", a la ho­ra de la sies­ta, co­mo un sím­bo­lo inal­te­ra­ble de mi in­fan­cia, en don­de el jue­go, lo lú­di­co, se con­ver­tía en al­go sa­gra­do.

¿Que­da al­go de eso hoy ?. La vi­da, a ve­ces, nos ro­ba lo más pu­ro, lo más be­llo, lo más crea­ti­vo. ¿ Hay hoy pi­ca­dos ?.

Las obli­ga­cio­nes, el tra­ba­jo, el es­tu­dio, la vi­da mo­der­na, sue­len ter­mi­nar con lo que más que­re­mos.

Uno has­ta se ha­cía la "ra­ta" pa­ra ju­gar un pi­ca­do. Da­ba lo que no te­nía por un pi­ca­do. El pi­ca­do, ju­gar a ju­gar, te­nía una pu­re­za iné­di­ta. Y la si­gue te­nien­do en la me­mo­ria de to­dos aque­llos que lo ju­ga­ron. Al me­nos, pa­ra mí, un pi­ca­do sig­ni­fi­ca­ba la Li­ber­tad to­tal. Y lo si­gue sig­ni­fi­can­do en mi men­te, una men­te que de tan­to en tan­to re­cuer­da aque­llas tar­des en la es­qui­na de mi ca­sa cuan­do la pe­lo­ta "Pul­po" co­men­za­ba a ro­dar.

Hoy, mu­chos años a cues­tas, da­ría lo que no ten­go por un "pi­ca­do". ¿ No se­ría bueno un via­je ha­cia esa li­ber­tad crea­ti­va ?- El "pro­gre­so" ter­mi­nó con los "pi­ca­dos".

Ha­brá que ver si el "pro­gre­so" tu­vo ra­zón. Ha­brá que ver si la era tec­no­ló­gi­ca y me­cá­ni­ca nos ha be­ne­fi­cia­do. En apa­rien­cia pa­re­cie­ra que sí, pe­ro en el fon­do, bien en el fon­do, es­tá el po­zo pro­fun­do del va­cío. Ese va­cío que an­tes, aque­llas tar­des y no­ches, uno y to­dos lle­na­ban sa­na­men­te con los pi­ca­dos.

Por­que ese ju­gar a ju­gar, era la me­jor for­ma de es­tar en la ca­lle jun­to a la crea­ti­vi­dad. Los chi­cos de hoy, es­tán en la ca­lle y sus pa­dres vi­ven con una do­sis de gran pá­ni­co por­que no sa­ben en que an­dan. ¿ O no es así ?.

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