El te­cho no de­ja ver las es­tre­llas

Impacto - - News -

Des­de el más acá no ve­mos tan cla­ro las co­sas del más allá. Por­que las co­sas del más allá no las ve­mos con los ojos de la ca­ra, no las ve­mos con los ojos cor­po­ra­les, las mi­ra­mos con los ojos de la fe. Y mi­rar con ojos de la fe es mi­rar con los ojos del co­ra­zón. Saint Exu­pery en un len­gua­je poé­ti­co nos di­ce en su li­bro “El Prin­ci­pi­to” que lo esen­cial es in­vi­si­ble a los ojos, so­lo se ve con los ojos del co­ra­zón. San Pa­blo usó la ima­gen del ve­lo. Nos di­ce que mi­ra­mos a tra­vés de un ve­lo, no se ve tan cla­ro, sino co­mo es­fu­ma­do. Cuan­do co­rra­mos la cor­ti­na ve­re­mos con ni­ti­dez. Y la cor­ti­na se co­rre­rá con nues­tra muer­te pa­ra en­con­trar­nos con Dios ca­ra a ca­ra. Aho­ra lo ve­mos so­lo a tra­vés de un ve­lo. Por aho­ra ne­ce­si­ta­mos la fe, cuan­do lle­gue­mos po­see­re­mos lo que es­pe­ra­mos y ya la fe no ha­rá más fal­ta, por­que lle­ga­re­mos a la me­ta a la que aho­ra as­pi­ra­mos. Al lle­gar a la me­ta, la fe y la es­pe­ran­za des­apa­re­ce­rán, por­que ob­ten­dre­mos lo que aho­ra aguar­da­mos al­can­zar. Le fe y la es­pe­ran­za no se­rán ne­ce­sa­rias, so­lo per­ma­ne­ce­rá el amor. La fe es muy im­por­tan­te mien­tras pe­re­gri­na­mos en el más acá, y nos ayu­da a en­fren­tar los mis­te­rios pa­ra vi­vir­los bien y dar­les sen­ti­do. Por ejem­plo an­te el mis­te­rio de la muer­te pa­ra el que no tie­ne fe to­do se ter­mi­na con nues­tra muer­te, en cam­bio pa­ra los que te­ne­mos fe sa­be­mos que con la muer­te co­mien­za to­do lo me­jor, lo más pleno. Lo que no sa­be­mos es el có­mo, pero sa­be­mos que se­rá. Tal vez es bueno man­te­ner­se en una ex­pec­ta­ti­va aguar­dan­te, de esa ma­ne­ra Dios nos sor­pren­de­rá cuan­do nos en­con­tre­mos con al­go mu­cho más su­pe­rior, res­plan­de­cien­te y be­llo de lo que nos ha­bía­mos ima­gi­na­do. Dios es el Dios de las no­ve­da­des y de las sor­pre­sas, y le gus­ta sor­pren­der a los que ama. De ni­ños veía­mos pe­lí­cu­las en un te­le­vi­sor blan­co y ne­gro, y mu­chas ve­ces no se veía bien y apa­re­cían ra­yas con la ima­gen dis­tor­sio­na­da y po­co cla­ra, o se veía co­mo llu­vio­so, lue­go cuan­do apa­re­ció el te­le­vi­sor en co­lor nos que­dá­ba­mos ex­ta­sia­dos mi­ran­do los her­mo­sos pai­sa­jes. Así se­ría la fe que da co­lor a la vi­da. Sin fe to­do se­ría co­mo blan­co y ne­gro. Un hom­bre cam­pe­sino vi­vía so­lo en su cha­cra aten­dien­do los ani­ma­les y tra­ba­jan­do un po­co de tie­rra que te­nía. Vi­vía muy po­bre pero era fe­liz con su ran­chi­to y las po­cas co­sas que te­nía. Un día mien­tras es­ta­ba en el cam­po vio hu­mo en la ca­sa, y cuan­do lle­gó se le es­ta­ba pren­dien­do fue­go el ran­cho. Lo al­can­zó a apa­gar, pero no pu­do sal­var el te­cho que era de pa­ja. Esa no­che se fue a dor­mir a su ran­cho que no te­nía te­cho. Y acos­ta­do se di­jo, qué lin­do an­tes des­de la ca­ma no po­día ver las es­tre­llas, aho­ra pue­do ver des­de mi ca­ma no so­lo las es­tre­llas sino tam­bién la lu­na. Siem­pre es bueno ver el la­do bueno de las co­sas. El te­cho no le de­ja­ba ver las es­tre­llas. En orien­te hay un di­cho que di­ce que ten­ga­mos cui­da­do en la vi­da pa­ra que el ár­bol no nos im­pi­da ver el bos­que. Pa­dre Héctor Lor­di, mon­je del Mo­nas­te­rio de Los Tol­dos.

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