El amor no ne­ce­si­ta gri­tos

Impacto - - Nieuws -

Po­de­mos pre­gun­tar­nos qué in­di­ca cuan­do al­guien se gri­ta con otra per­so­na. Po­dría es­tar de­mos­tran­do que es­tá enoja­do. Sue­le dar­se la­men­ta­ble­men­te cuan­do hay mu­cha bronca, y a ma­yor bronca los gri­tos son más fuer­tes. Así se agre­den las per­so­nas, y con la agre­sión vie­ne una vio­len­cia ver­bal que ha­ce mu­cho da­ño. Sí, mues­tra el enojo, pero so­bre to­do in­di­ca la dis­tan­cia que se­pa­ra a las per­so­nas, los co­ra­zo­nes es­tán he­ri­dos y le­jos en­tre ellos. Por ejem­plo cuan­do uno es­tá más le­jos de otro ha­ce que con la dis­tan­cia se ha­ble fuer­te para po­der es­cu­char­se. A ma­yor dis­tan­cia más fuer­te hay que ha­blar, y a me­di­da que la dis­tan­cia au­men­ta se em­pie­za a gri­tar con más én­fa­sis para po­der ser es­cu­cha­do. Cuan­do la dis­tan­cia se acre­cien­ta los gri­tos son más fuer­tes. Po­de­mos de­cir que a ma­yor dis­tan­cia ma­yo­res gri­tos. Es­to se ve en una dis­cu­sión que se vuelve aca­lo­ra­da y los gri­tos son ca­da vez más agre­si­vos e in­ten­sos a me­di­da que la dis­tan­cia es ma­yor. Los no­vios que se aman no ne­ce­si­tan gri­tar­se por­que el amor los man­tie­ne cer­ca, y por eso se ha­blan sua­ve­men­te. Es­tán lle­nos de afec­to que ha­ce que se tra­ten con ter­nu­ra. Co­mo es­tán muy cer­ca se es­cu­chan bien en­tre ellos. Y en la me­di­da que el amor crece ca­da vez se ha­blan más sua­ve­men­te por­que es­tán ca­da vez más uni­dos. Vie­nen así los su­su­rros. Y cuan­do los enamo­ra­dos es­tán de­ma­sia­do cer­ca, que se aman in­ten­sa­men­te, ca­si ya no ne­ce­si­tan ha­blar­se por­que es­tán uni­dos en una so­la al­ma, y la co­mu­nión es tan pro­fun­da que no ne­ce­si­tan pa­la­bras. Para el amor las pa­la­bras ya no son ne­ce­sa­rias. Se ha­blan con los ojos, se ha­blan con la mi­ra­da, y eso su­ce­de por­que el amor es in­ten­so, y es­tán tan uni­dos en un so­lo co­ra­zón, que ya no ne­ce­si­tan ha­blar­se. Cuan­do me­nos dis­tan­cia hay me­nos pa­la­bras se ne­ce­si­tan, cuan­do la dis­tan­cia va au­men­tan­do se ne­ce­si­ta ha­blar más fuer­te, y si uno es­tá muy dis­tan­cia­do em­pie­zan los gri­tos para ha­cer­se es­cu­char. Y so­bre to­do si jun­to con la dis­tan­cia se mez­cla la bronca. En­ton­ces ya no so­lo es dis­tan­cia fí­si­ca sino tam­bién afec­ti­va. Pero si la dis­tan­cia si­gue cre­cien­do se va ha­cien­do un abis­mo, y mu­chas ve­ces la le­ja­nía se va acre­cen­tan­do tan­to que ya no se es­cu­chan más los gri­tos, por­que co­mien­za la in­di­fe­ren­cia. Los co­ra­zo­nes es­tán le­jos, no so­lo dis­tan­tes, sino que de­más es­tán fríos. Sue­le ser un ca­mino sin re­torno y la­men­ta­ble­men­te has­ta sue­le ter­mi­nar en odios. Es­te­mos aten­tos para que es­to no su­ce­da en nues­tras vi­das. Para eso cor­te­mos a tiem­po las dis­tan­cias in­di­fe­ren­tes y los gri­tos agre­si­vos. Y lo me­jor es per­do­nar­nos mu­tua­men­te, dar vuel­ta la ho­ja y co­men­zar de nue­vo. El ser hu­mano tie­ne la ca­pa­ci­dad de po­der em­pe­zar ca­da día.

Pa­dre Héc­tor Lor­di, mon­je del Mo­nas­te­rio de Los Tol­dos

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina

© PressReader. All rights reserved.