CHEEVER, EL OJO DE LOS SU­BUR­BIOS

La edi­ción de los Cuen­tos y las Car­tas po­ne en fo­co a uno de los gran­des es­cri­to­res del si­glo XX

La Nacion - La Nación revista - - ÉPOCA L A - TEX­TO Victoria Pé­rez Za­ba­la

Era uno de esos do­min­gos de mi­tad de ve­rano en que to­do el mun­do re­pi­te: ' Ano­che be­bí de­ma­sia­do'”. Así comienza “El na­da­dor”, el cuen­to más fa­mo­so de John Wi­lliam Cheever; así ama­ne­ció mu­chos de los días de su vi­da: su­frien­do una te­rri­ble re­sa­ca. Co­mo al pro­ta­go­nis­ta, se lo po­día ubi­car al bor­de de una pi­le­ta en un día de sol es­plén­di­do. Con una mano den­tro del agua, y sos­te­nien­do con la otra una co­pa de ginebra. Des­de ese hú­me­do rin­cón, Cheever se las in­ge­nió pa­ra re­tra­tar la vi­da en los su­bur­bios de la costa es­te de los Es­ta­dos Uni­dos en la dé­ca­da del 50 y ex­hi­bir el in­fierno que ar­día de­trás de la son­rien­te fo­to fa­mi­liar y la de aquel inal­can­za­ble, de tan per­fec­to, sue­ño ame­ri­cano. Des­de aquel án­gu­lo con­tem­pló el es­pe­jis­mo, de­trás del cual se des­mo­ro­nan un ma­tri­mo­nio, una fa­mi­lia. Y qui­so ilu­mi­nar­lo.

Pa­sa­ron 36 años de la muer­te del crea­dor de “El ma­ri­do ru­ral”, el cuen­to del que ha­bla­ron con ape­nas di­si­mu­la­da en­vi­dia Hemingway, Ca­po­te y Na­bo­kov. En ju­nio de 1982, el es­cri­tor de la Era Do­ra­da de­jó pa­ra siem­pre de su­mer­gir­se en pi­le­tas. Sin em­bar­go, asegura Rodrigo Fre­sán, gran lec­tor y co­no­ce­dor de su obra, Cheever ca­da vez nada me­jor. No so­lo eso. Va su­man­do pis­ci­nas a su uni­ver­so.

En Chee­ver­land to­do es­tá li­ge­ra­men­te tor­ci­do. Las ca­rre­te­ras son li­sas, las cer­cas de las ca­sas con pi­le­ta y pe­rro son blancas, el cés­ped in­ma­cu­la­do. Al­guien siem­pre da una fies­ta en el tran­qui­lo y có­mo­do ba­rrio re­si­den­cial ge­ne­ral­men­te lla­ma­do Shady Hill. Es­tán los Far­quar­son, los Bear­den, y el se­ñor Law­ton no de­ja de pre­gun­tar­se: ¿ quién va­ció la bo­te­lla de ginebra? Se ha­bla de la nue­va co­ci­ne­ra, del pró­xi­mo par­ti­do de golf, y al­guien de la fa­mi­lia Pom­me­roy pro­po­ne uno de te­nis. To­dos la pa­san es­tu­pen­da­men­te. Los cóc­te­les flu­yen,

"To­mé la de­ci­sión de in­fil­trar­me en la cla­se me­dia co­mo un es­pía pa­ra po­der ata­car des­de una po­si­ción ven­ta­jo­sa", es­cri­bió Cheever al­gu­na vez

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