1971

La Nacion - La Nación revista - - ENTREVISTA L A -

con

uni­for­me. Un gru­po de eje­cu­ti­vos, con su cre­den­cial col­ga­da al cue­llo, or­ga­ni­zan el al­muer­zo an­tes de re­gre­sar a la con­ven­ción y al ver­lo pa­sar en­mu­de­cen. Se­rrat avan­za por un tú­nel que da a los ves­tua­rios. Una em­plea­da em­pu­ja un ca­rri­to con toa­llas y, al cru­zar­se con él, se de­tie­ne, co­mo si hu­bie­se vis­to un fan­tas­ma. En esa os­cu­ri­dad se di­vi­sa al fi­nal del pa­si­llo una luz azul que no es el cie­lo. El Me­di­te­rrá­neo re­ci­be a uno de sus hi­jos pre­di­lec­tos y lo sa­lu­da con el vien­to en la ca­ra. Ter­mi­na la sesión de fotos y mien­tras co­mien­za la pro­ce­sión in­ver­sa de la are­na ha­cia el pi­so de már­mol, un ni­ño que co­rre li­bre por la pla­ya eli­ge, en­tre to­dos los adul­tos, a Se­rrat. El pe­que­ño le da la mano y lo con­du­ce ha­cia el pe­que­ño acan­ti­la­do al mar, pe­ro es­te abue­lo ex­per­to su­je­ta con fir­me­za la mano y bus­ca esa voz de­ses­pe­ra­da a sus es­pal­das. Una ele­gan­te mu­jer pei­na­da de pe­lu­que­ría agra­de­ce en in­glés el re­fle­jo de ese hom­bre y le in­sis­te a su hi­jo que lo suel­te. “¿ Sa­be us­ted quién es es­te hom­bre?”, se le con­sul­ta. “No, pe­ro le agra­dez­co mu­cho. Dis­cul­pe, soy de Bom­bay”.

Las ca­lles y la geo­gra­fía de la ni­ñez de Se­rrat son un uni­ver­so muy dis­tan­te a la Bar­ce­lo­na del si­glo XXI, ha­bi­ta­da por alquileres Airbnb, alum­nos uni­ver­si­ta­rios de in­ter­cam­bio y ban­de­ras es­te­la­das que cla­man la in­de­pen­den­cia de Es­pa­ña. Co­mo en Na­da, de Car­men La­fo­ret, o en La pla­za del dia­man­te, de Mer­cè Ro­do­re­da, Bar­ce­lo­na bus­ca­ba re­cu­pe­rar­se tras la Gue­rra Ci­vil Apa­re­ce el dis­co Me­di­te­rrá­neo, el más em­ble­má­ti­co de su ex­ten­sa pro­duc­ción, que con­tie­ne el tema ho­mó­ni­mo a fuer­za de tra­ba­jo. De padre ca­ta­lán, Jo­sep, em­plea­do de la Com­pa­ñía de Gas, y ma­dre ara­go­ne­sa, Án­ge­les, en su san­gre y en su nom­bre de pila con­vi­ven am­bas cul­tu­ras. Joan Ma­nuel – en cas­te­llano, y no Ma­nel, en ca­ta­lán– Se­rrat na­ció el 27 de di­ciem­bre de 1943, y tu­vo una in­fan­cia fe­liz, en la ca­lle Poe­ta Ca­ban­yes, en el ba­rrio de Po­ble Sec.

Ⓟ ¿ Es cier­to que su ma­má lle­gó ca­mi­nan­do a Bar­ce­lo­na des­de Za­ra­go­za?

Era una exi­la­da de su pue­blo del que sa­lió con ca­mio­nes car­ga­dos de ni­ños que iban hu­yen­do de los bom­bar­deos con los fas­cis­tas. Lle­gó has­ta la fron­te­ra y allí tu­vo que re­gre­sar­se. Es­tu­vo unos años en es­te tra­yec­to, has­ta que se ins­ta­ló en Bar­ce­lo­na. Lue­go co­no­ció a mi padre y se ca­sa­ron.

Ⓟ ¿ Có­mo fue su educación? ¿ Qué re­cuer­da de ella? Ⓡ

La par­te más im­por­tan­te de la educación es­tu­vo en mi ca­sa. Tu­ve la suer­te de te­ner muy bue­nos maes­tros, por­que me tra­ta­ron con mu­cho ca­ri­ño y cuan­do es­ta­ba en la uni­ver­si­dad, me tra­ta­ron con mu­cho respeto. Fue­ron re­fe­ren­tes, do­cen­tes de pen­sa­mien­to. Tam­bién es­tá la ca­lle. Esa es la otra par­te de la educación. La ca­lle me ha edu­ca­do mu­cho y he te­ni­do bue­nos re­fe­ren­tes. Ha­bía que acu­dir a la pi­ca­res­ca pa­ra so­bre­vi­vir. Ha­bía que alar­gar el po­co di­ne­ro que te­nías en el bol­si­llo y cual­quier mé­to­do era vá­li­do.

Ⓟ En la es­cue­la no le en­se­ña­ron ni a An­to­nio Ma-

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