1975

La Nacion - La Nación revista - - ENTREVISTA L A -

cha­do ni a Mi­guel Her­nán­dez, ¿ cuán­do o có­mo en­tra en con­tac­to con es­tos poe­tas?

En las es­cue­las no en­se­ña­ban na­da que tu­vie­ra que ver con la Es­pa­ña li­be­ral, re­pu­bli­ca­na, ca­ta­la­na, na­da que no co­rres­pon­die­ra al len­gua­je, y la ma­ne­ra de los que ga­na­ron la gue­rra, los fran­quis­tas. Ha­bía un úni­co idio­ma, el cas­te­llano, y una úni­ca ma­ne­ra de pen­sar, la fas­cis­ta. No to­dos co­mul­ga­ban con el ré­gi­men y con el cle­ro. Teníamos gen­te que nos ayu­dó a seguir pen­san­do, idas en la ca­sa y ve­ci­nos.

Ⓟ Su ca­sa sí era un te­rri­to­rio bi­lin­güe y de libertad. Ⓡ

Sí. Mi her­mano y yo ha­blá­ba­mos con mi padre en ca­ta­lán, y con mi ma­dre en cas­te­llano, con na­tu­ra­li­dad. Y ha­blá­ba­mos con al­gu­nos ve­ci­nos en ca­ta­lán y con otros en cas­te­llano. Aquí nos to­có vi­vir es­ta for­ma un tan­to com­pli­ca­da que es uti­li­zar dos idio­mas. Pe­ro ten­go nie­tos que son tri­lin­gües, que ha­blan ca­ta­lán, cas­te­llano e in­glés. Aho­ra ha­blan un po­co mez­cla­do, pe­ro po­co a po­co los van se­pa­ran­do. Cuan­do apren­der es al­go na­tu­ral y las pi­las es­tán nue­vas, es bas­tan­te fá­cil. Pa­ra no­so­tros no re­pre­sen­tó nin­gún trau­ma.

Ⓟ Ade­más de su her­mano, vi­vió con dos pri­mas. Ⓡ

Sí. Esas niñas, so­bri­nas de mi ma­dre, ha­bían que­da­do huér­fa­nas. Eran co­mo dos her­ma­nas. No­so­tros siem­pre nos he­mos con­si­de­ra­do cua­tro her­ma­nos.

Ⓟ Su ba­rrio, Po­ble Sec, ha cam­bia­do mu­cho.

Se exi­lia en Mé­xi­co tras rea­li­zar, du­ran­te una entrevista, crí­ti­cas al ré­gi­men fran­quis­ta, que dic­ta una or­den de bús­que­da y cap­tu­ra

Sí, por­que el ba­rrio siem­pre ha si­do un ba­rrio de in­mi­gran­tes. Cuan­do era chi­co, es­tos in­mi­gran­tes eran gen­te de otros lu­ga­res de Es­pa­ña y gen­te de la vi­da, del tea­tro, por­que la ca­lle de aba­jo es­ta­ba lle­na de tea­tros, de mu­sic hall. Eran las ca­lles del am­bien­te y de la no­che y, por tan­to, mu­chos de los tra­ba­ja­do­res te­nían su ca­sa. Es­to, mez­cla­do con gen­te ca­ta­la­na. En Mont­jüic tam­bién se ins­ta­la­ron mu­chas cha­bo­las y se hi­cie­ron vi­llas que des­apa­re­cie­ron en los años se­sen­ta. Pa­ra las Olim­pía­das eran ya un jar­dín. Es­tá irre­co­no­ci­ble, pe­ro aho­ra tam­bién es­tá lleno de in­mi­gran­tes: do­mi­ni­ca­nos, pa­quis­ta­níes, y otros la­ti­noa­me­ri­ca­nos, por­que el ba­rrio ha to­ma­do tam­bién ese ca­chet de po­pu­lar y ac­ti­vo y sim­pá­ti­co. El pro­ble­ma que es­ta­mos te­nien­do aho­ra en el ba­rrio – ha­blo del ba­rrio co­mo si aún es­tu­vie­ra ahí– es que al con­ver­tir­se en un lu­gar de vi­vien­das ape­te­ci­bles, ha­bía gen­te que te­nía alquileres des­de ha­ce mu­chos años. A la gen­te vie­ja la es­tán echan­do de las ca­sas de al­qui­ler pa­ra ven­der­las a otra gen­te de afue­ra, gen­te que com­pra la ca­sa a sus hi­jos que vie­nen a es­tu­diar. Siem­pre ha si­do un ba­rrio muy vi­vo.

Ⓡ Ⓟ ¿ Có­mo es hoy su vi­da en Bar­ce­lo­na, en sus ca­lles? Ⓡ

Mi vi­da es muy nor­mal. La gen­te me sa­lu­da­rá. Me son­rei­rán otros. Es­pe­ro que na­die me in­sul­te. Quie­ro a es­ta ciu­dad y es­ta ciu­dad me quie­re a mí. Se pro­du­ce al­go cu­rio­so: cuan­do es­toy un tiem­po sin

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