CRÓ­NI­CAS BLACK

En el mu­si­cal Jekyll and Hy­de, al que los so­cios BLACK pue­den ac­ce­der con en­tra­das ex­clu­si­vas, Raúl Lavié des­plie­ga su talento en la piel de un dis­tin­gui­do abo­ga­do in­glés. Char­la ín­ti­ma con el hom­bre que eli­gió el es­ce­na­rio pa­ra re­na­cer una y otra vez.

La Nacion - Revista Club - - CLUB -

El ar­tis­ta de las sie­te vi­das

To­da­vía no en­tró al tea­tro, pe­ro todos sa­be­mos que lle­gó el Ne­gro Lavié. En­tró su voz, que se ríe del mur­mu­llo de la ca­lle, de las bo­ci­nas de la ave­ni­da Co­rrien­tes, de los fre­nos de los co­lec­ti­vos. Su voz, que lo anun­cia, que lo nom­bra más que su nom­bre, más que su do­cu­men­to, más que las le­tras en la mar­que­si­na.

En un ra­to se­rá John Ut­ter­son, el abo­ga­do y ami­go íntimo del doc­tor Henry Jekyll. Pe­ro fal­ta. Aho­ra Lavié, su es­po­sa, Lau­ra, y su ma­na­ger me guían por los pa­si­llos hasta el ca­ma­rín. Tiene pues­to un sa­co li­la, ca­mi­sa blan­ca y una cor­ba­ta pin­ta­da a pin­ce­la­das. El pe­lo pei­na­do pa­ra atrás. En el ca­mino sa­lu­da con un be­so a las ma­qui­lla­do­ras, al mi­cro­fo­nis­ta, a sus com­pa­ñe­ras del elen­co. Ellos lo lla­man “maes­tro”. Yo voy por ese la­be­rin­to es­tre­cho de­trás de la voz del Ne­gro. “Es acá”, me di­ce.

Las pa­re­des están ves­ti­das por co­lla­ges que ar­mó Lau­ra con la his­to­ria de to­da su ca­rre­ra. Me ima­gino, sin sa­ber, que ella era una ad­mi­ra­do­ra que cum­plió el sue­ño de to­das las de­más. Des­pués lo con­fir­mo: “Yo siempre es­tu­ve enamo­ra­da de él”, di­jo en una no­ta... y se le no­ta. Se acuer­da me­jor que na­die de las fe­chas, las obras, del día que Raúl es­tre­nó la letra de “Adiós No­nino” en Mar del Pla­ta, cuando a Piaz­zo­lla lo de­cla­ra­ron ilus­tre en su ciu­dad na­tal: “Fue en la ram­bla del Ho­tel Pro­vin­cial. En la pri­me­ra fi­la es­ta­ban Ás­tor, su mamá y Ela­dia (Bláz­quez, la au­to­ra del texto). Cuando el Ne­gro ter­mi­nó de can­tar­la, subie­ron al es­ce­na­rio y se fun­die­ron en un abra­zo. Yo no po­día pa­rar de llo­rar”, cuen­ta ella. Él cie­rra los ojos y asien­te, co­mo si vol­vie­ra a vi­vir­lo.

A Lavié le cos­tó des­cu­brir que su voz pro­fun­da se­ría la que le cam­bia­ría la vi­da. “En el co­le­gio no me po­dían ha­cer ir a la ho­ra de música. No me in­tere­sa­ba. A mí me en­can­ta­ban el di­bu­jo y la pin­tu­ra. Bus­ca­ba excusas, pe­día per­mi­so pa­ra fal­tar a la cla­se y que­dar­me ga­ra­ba­tean­do el pi­za­rrón. Fue­ron mis ami­gos los que me em­pu­ja­ron a in­ter­ve­nir en un con­cur­so de can­to que or­ga­ni­za­ban en la igle­sia del ba­rrio. Cuando em­pe­cé a de­di­car­me, a cantar en la ra­dio, a par­ti­ci­par en una or­ques­ta de tra­ba­ja­do­res del cam­po y a poder ayu­dar en mi ca­sa, mi sen­sa­ción cam­bió. Al tiem­po me echa­ron de la Or­ques­ta Tí­pi­ca de Ro­sa­rio por­que de­cían que no ser­vía pa­ra cantar. Eso me dio la po­si­bi­li­dad de via­jar a Bue­nos Aires y caer, de ca­sua­li­dad, a una ra­dio, don­de me hi­cie­ron cantar. Así co­men­zó es­ta his­to­ria que ya lle­va 60 años”, cuen­ta so­bre las cur­vas de su ca­mino.

En Bue­nos Aires se hi­zo fa­mo­so in­ter­pre­tan­do tan­gos, pe­ro no fue su­fi­cien­te, su voz te­nía res­to pa­ra so­nar más al­to. “Cuando lle­gó un mo­men­to de mi vi­da en el que ya es­ta­ba afian­za­do en la música, me pre­gun­té: ‘¿Quiero ser can­tan­te o quiero am­pliar mis po­si­bi­li­da­des ar­tís­ti­cas?’. Por­que mi vo­ca­ción tam­bién era ac­tuar. En­ton­ces, lo bus­qué. Por suer­te, al­guien me es­cu­chó, cre­yó en mí y me dio la po­si­bi­li­dad de de­bu­tar en un tea­tro en 1965”, re­cuer­da. Ya ha­bía hecho te­le­vi­sión en Ca­nal 7 y lue­go una ca­rre­ra eter­na en el Tre­ce. Con Piaz­zo­lla re­co­rrió el mundo, triun­fó en Broad­way, can­tó en todos los es­ce­na­rios de Eu­ro­pa, fue el Hom­bre de la Man­cha y Zor­ba el Grie­go, fue ilus­tre par­te­nai­re de Li­ber­tad La­mar­que, Valeria Lynch y tan­tas más.

Hoy es el con­se­je­ro leal y sen­sa­to del buen doc­tor Hy­de. En un ra­to, se cal­za­rá la le­vi­ta y la ga­le­ra, y el Ne­gro de Ro­sa­rio se­rá un ca­ba­lle­ro in­glés. Vol­ve­rá a trans­for­mar­se, gas­ta­rá una más de sus mu­chas vi­das. Su voz en­vol­ve­rá la sa­la enor­me, re­ple­ta, en­tre­ga­da a su fra­seo. “Tal vez sea el más an­ti­guo de los ac­to­res de mu­si­ca­les del país que es­té hoy so­bre el es­ce­na­rio. Ha­ce años que te­nía ga­nas de ha­cer Jekyll & Hy­de. Cuando me lla­ma­ron pa­ra ha­cer­la, fue una gran ale­gría por­que ten­go un res­pe­to enor­me por ella. Era un es­pec­tácu­lo digno pa­ra ju­gar­se y no me equi­vo­qué”, re­la­ta.

La char­la se ani­ma jus­to cuando to­can la puer­ta y le anun­cian que la obra es­tá por em­pe­zar. Le pi­do per­mi­so pa­ra la úl­ti­ma: su re­pre­sen­tan­te y ami­go Eduar­do Maz­zo­ni ha­ce se­ñas cuando le pre­gun­to a Raúl qué ha­ce cuando no es­tá so­bre el es­ce­na­rio. “¡Can­ta, es­tu­dia, es­cri­be!”, res­pon­den Lau­ra y él con ges­to igual­men­te re­sig­na­do y orgulloso. Di­cen que no pue­de es­tar quie­to, que no se per­do­na un día de des­can­so.

“Yo can­to siempre y can­to de todo. Esa es mi di­ver­sión, mi li­ber­tad den­tro de la música. Siempre bus­co abrir­me a nue­vos gé­ne­ros. Lo importante es que no me trai­ciono. No soy dis­tin­to can­tan­do un tan­go, una cha­ca­re­ra o un te­ma co­mo ‘A mi ma­ne­ra’. Siempre soy yo. Mi voz fue un don del cie­lo y tra­ba­jé por me­jo­rar­lo. Creo que esa de­be ser la mi­sión de cual­quier per­so­na que es­té do­ta­da con al­go es­pe­cial. He cuidado, me­jo­ra­do y res­pe­ta­do mi voz des­de siempre, en agra­de­ci­mien­to al pri­vi­le­gio que me to­có”, agre­ga Lavié.

Jus­to an­tes de ir­me, me atre­vo a pre­gun­tar­le si los clásicos hom­bres del tan­go han to­le­ra­do bue­na­men­te los ries­gos que ha to­ma­do en su ca­rre­ra. El sa­co li­la, las no­ve­las del pri­me ti­me, las can­cio­nes en in­glés..., las osa­días que tan­to lo es­ti­mu­lan: “Mi­rá, ne­na, una vez, un se­ñor del am­bien­te se acer­có a de­cir­me que yo ofen­día al tan­go con mi ves­ti­men­ta y mi es­ti­lo. La char­la se pu­so di­fí­cil y tu­ve que ter­mi­nar­la pe­gán­do­le un bi­fe. To­da la vi­da me he de­di­ca­do a abrir puer­tas pa­ra mí y pa­ra los que qui­sie­ran en­trar. Me pro­pu­se esa mi­sión, ese ca­mino, por­que amo lo que ha­go. Yo no soy un can­tan­te, soy un ar­tis­ta. Mi ám­bi­to es el es­ce­na­rio. En­ton­ces, pue­do ejer­cer a tra­vés de un texto, una música..., de todos los gé­ne­ros que admite el tea­tro y cre­cer a tra­vés de esos per­so­na­jes”.

Me sien­to en la bu­ta­ca jus­to an­tes de que apa­guen las lu­ces. En la pun­ta del es­ce­na­rio se re­cor­ta la fi­gu­ra de un im­pe­ca­ble ca­ba­lle­ro in­glés que lle­va un pa­pel en la mano. Cuando em­pie­za a leer­lo, su voz, la que ha­bi­ta­ron los duen­des de Piaz­zo­lla, los ilus­tres ji­ne­tes cer­van­ti­nos, las poe­sías más por­te­ñas, se ex­pan­de. No es ne­ce­sa­rio ver­lo pa­ra sa­ber su nom­bre.

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