“yo ha­go de an­ti­ga­lán”

SE­BAS­TIÁN ES­TE­VA­NEZ VOL­VIÓ AL PRI­ME TI­ME DE LA PAN­TA­LLA CHI­CA PA­RA PRO­TA­GO­NI­ZAR UNA NUE­VA NO­VE­LA. AQUÍ HA­BLA DE SU PRE­SEN­TE, SUS ASIG­NA­TU­RAS PEN­DIEN­TES Y DE CÓ­MO APREN­DIÓ A DIS­FRU­TAR DE LA VI­DA.

La Nueva Domingo - - SU­MA­RIO - Por Be­lén He­rre­ra. Fo­tos: Die­go Spi­va­cow.

Mien­tras ce­le­bra su re­gre­so a la pan­ta­lla chi­ca co­mo galán (¿o an­ti­ga­lán?) de te­le­no­ve­la, Se­bas­tián Es­te­va­nez con­fie­sa que apren­dió a dis­fru­tar de la vi­da y que es­tá en pleno pro­ce­so de bus­car paz y equi­li­brio in­te­rior. “Hay que apro­ve­char ca­da se­gun­do”, des­li­za el ac­tor.

Pun­ta del Es­te. Vein­te años atrás, Se­bas­tián Es­te­va­nez ma­ne­ja­ba sin cin­tu­rón de se­gu­ri­dad por una ru­ta uru­gua­ya cuan­do per­dió el con­trol del au­to y ter­mi­nó dan­do va­rias vuel­tas en el ai­re. Unos mi­nu­tos más tar­de lle­gó la am­bu­lan­cia; él prác­ti­ca­men­te no res­pi­ra­ba. Pe­ro la mé­di­ca no se dio por ven­ci­da, le pu­so el res­pi­ra­dor ma­nual en la bo­ca y em­pe­zó con su tra­ba­jo de re­ani­ma­ción. “Pa­re­cía que ya no te­nía sen­ti­do in­ten­tar­lo, pe­ro lo hi­zo por­que veía que no po­día ser que un pi­be tan jo­ven se en­con­tra­ra en ese es­ta­do. Ella me sal­vó la vi­da. Ella y to­dos los mé­di­cos que me tra­ta­ron des­pués”, re­cuer­da hoy quien es­tu­vo al­gu­nas se­ma­nas en co­ma 4 y, lue­go, un tiem­po más en te­ra­pia in­ten­si­va. Le cos­tó me­ses re­cu­pe­rar­se. Por eso, to­do lo que ten­ga que ver con un hos­pi­tal le mue­ve “co­sas fuer­tes” –así lo di­ce–. Dos dé­ca­das des­pués, nues­tro pro­ta­go­nis­ta es­tá sen­ta­do en una ofi­ci­na de los es­tu­dios Pampa, en la lo­ca­li­dad de Mar­tí­nez (al nor­te de la pro­vin­cia de Bue­nos Ai­res), en un ba­che de las gra­ba­cio­nes de Gol­pe al co­ra­zón, la fla­man­te apues­ta de Te­le­fe pa­ra su pri­me ti­me. Con la pro­duc­ción de Qui­que, su pa­dre, es­tá al  en­te de un elen­co que en­ca­be­za con Eleo­no­ra Wex­ler. En es­ta his­to­ria, pre­ci­sa­men­te, se po­ne en la piel de Ra­fael Fa­rías, un ex­bo­xea­dor de­ve­ni­do en en­fer­me­ro que per­dió a su mu­jer y su hija en un accidente de trán­si­to por­que la am­bu­lan­cia no pu­do lle­gar a tiem­po. Y se en­tien­de un po­co me­jor aque­llo de las “co­sas fuer­tes”. Mien­tras al­muer­za una sopa de ver­du­ras y un pes­ca­do con en­sa­la­da, el ac­tor apro­ve­cha pa­ra re­pa­sar su ca­rre­ra y los en­tre­te­lo­nes de su ru­ti­na fa­mi­liar. Y se mues­tra co­mo un hom­bre trans­pa­ren­te, que con el pa­so de los años, y la ayu­da de su mu­jer, Iva­na Sac­ca­ni, y de sus hijos, Fran­ces­ca ⑼, Be­ni­cio ⑺ y Va­len­tino ⑵, apren­dió a disutar de ca­da ins­tan­te, ca­da ho­ra, ca­da mi­nu­to.

–¿Par­ti­ci­pas­te del pro­ce­so de ar­ma­do de la no­ve­la?

–Sí, tra­ba­jé con los au­to­res. Apor­té bas­tan­te, aun­que des­pués son ellos los que tie­nen que es­cri­bir un ca­pí­tu­lo por día. Son los mis­mos que hi­cie­ron Dul­ce amor, que la tie­nen re clara: Mar­ce­lo Nac­ci y Lau­ra Bar­neix –amén de mi pa­pá–. Tam­bién me in­vo­lu­cré en el ar­ma­do del elen­co. Ha­ce mu­cho que ve­ni­mos pen­san­do en es­te pro­yec­to. Eso sí: cuan­do arran­ca­mos a gra­bar no opino más de na­da. Con­fío en los au­to­res, ha­go lo que me di­cen, soy un ac­tor más y tra­to de cum­plir con mi par­te lo me­jor po­si­ble, de co­nec­tar­me y me­ter­me en mi pa­pel.

–¿Te­nés pun­tos en co­mún con tu personaje?

–Sí, en al­gu­nas co­sas sí. Por ejem­plo, enamo­rar­me a pri­me­ra vis­ta: me pa­só con mi mu­jer. Otro pun­to de con­tac­to es el ám­bi­to en el que se da la his­to­ria. Con Eleo­no­ra es­tu­vi­mos en la guar­dia del Hos­pi­tal Fernández co­nec­tán­do­nos con los mé­di­cos, los en­fer­me­ros, los pa­cien­tes… Vi­vir eso me trans­por­tó a lo que me pa­só en Pun­ta del Es­te.

–¿A Fa­rías lo tra­ba­jas­te de al­gu­na ma­ne­ra en par­ti­cu­lar?

–Me rom­pí el al­ma. De­jé las ha­ri­nas, co­men­cé a in­ge­rir co­mi­da sa­lu­da­ble, en­tre­né bo­xeo, hi­ce apa­ra­tos, ae­ró­bi­co. Fue­ron cer­ca de ocho me­ses y aho­ra si­go por­que me ha­ce bien a mí, a mi ca­be­za. No tan in­ten­si­vo qui­zá, pe­ro lo man­ten­go.

–Una vez más, vol­vés a po­ner­te en la piel del galán…

–Ten­go un te­ma con eso de galán… No es que me enoje, pe­ro no me pa­re­ce que es­te personaje lo sea. En reali­dad, ca­si nun­ca sen­tí eso. Pa­ra mí los pa­pe­les que ha­go son más de an­ti­ga­lán. Yo lo con­si­de­ro así. Por ahí los de Dul­ce amor o Amor en cus­to­dia eran más bro­mis­tas, más mu­je­rie­gos, pe­ro no así Fa­rías. Es un tierno.

–A lo lar­go de tu ca­rre­ra te vol­cas­te más a la pan­ta­lla chi­ca que al ci­ne o al tea­tro. ¿Te gus­ta­ría su­bir la apues­ta e in­cur­sio­nar allí?

–En ci­ne fil­mé Su­per­clá­si­co, una pe­lí­cu­la da­ne­sa en la que me en­can­tó par­ti­ci­par. En tea­tro hi­ce Os­car en el Broad­way y un in­fan­til que se lla­ma­ba Can­ta­me un cuen­to, que era un mu­si­cal. Lo que pasa es que ven­go de años en los que no tu­ve mu­cho des­can­so, y ha­cer pro­gra­mas, obras y pe­lí­cu­las en pa­ra­le­lo es com­pli­ca­do, so­bre to­do cuan­do te­nés tres hi­jos. Pe­ro me en­can­ta­ría ha­cer ci­ne en la Ar­gen­ti­na. Es una asig­na­tu­ra que ten­go pen­dien­te. El año que vie­ne tal vez apa­rez­ca al­go. Hay un par de co­sas que es­tán dan­do vuel­tas. Des­pués de es­ta no­ve­la quie­ro des­can­sar un po­co de la te­le e in­cli­nar­me más pa­ra esos ám­bi­tos.

–¿Có­mo ves la TV ac­tual?

–Fal­ta fic­ción. To­dos los canales de­be­rían te­ner dos o tres fic­cio­nes y un uni­ta­rio, y pro­du­cir cua­tro o cin­co pe­lí­cu­las

por año. Así, to­dos ten­dría­mos tra­ba­jo y la in­dus­tria es­ta­ría bárbara. Pe­ro yo no pue­do de­ci­dir eso. Nues­tras te­le­no­ve­las se ven­den a to­do el mun­do… A ve­ces via­jo y veo fic­cio­nes lo­ca­les. La Ar­gen­ti­na gra­ba ca­si un ca­pí­tu­lo por día y en otros lu­ga­res es­tán quince días pa­ra ha­cer lo mis­mo. So­mos ba­ra­tos, pe­ro el es­pa­cio se achi­ca y se com­pran más la­tas de afue­ra. No lo en­tien­do.

–¿Sos de es­tar aten­to al ra­ting?

–Sí, por su­pues­to, a to­dos nos pue­de pa­sar lo de Fanny, la fan ( N. de la R.: la no­ve­la pro­ta­go­ni­za­da por Agustina Che­rri que, por su ba­jo ren­di­mien­to, fue le­van­ta­da del ai­re a tan so­lo tres se­ma­nas de ha­ber de­bu­ta­do).

–¿Sen­tís pre­sión con ese an­te­ce­den­te?

–No, por­que eso ocu­rrió siem­pre; lo que pasa es que es­ta vez su­ce­dió muy rá­pi­do. No ten­go nin­gu­na pre­sión, es­toy re tran­qui­lo con la ti­ra por­que es­tá bue­ní­si­ma. No voy a de­cir que no me im­por­ta el ra­ting, pe­ro no­so­tros es­ta­mos se­gu­ros del pro­duc­to. Los ca­pí­tu­los son pro­fun­dos, te con­mue­ven, te emo­cio­nan, te ha­cen reír. Pasa co­mo en una mi­ni­se­rie, que ves el pri­mer en­vío y que­rés po­ner el se­gun­do, y así su­ce­si­va­men­te. Ojo, no lo di­go por­que sí: a ve­ces no te gus­ta lo que ha­cés, pe­ro es un tra­ba­jo y lo te­nés que ter­mi­nar. Pe­ro en otras opor­tu­ni­da­des te en­can­ta, y es­te es el ca­so. Cuan­do leí los libros de Dul­ce amor y Amor en cus­to­dia dije: “Uh, es­to es un flash”. Con Gol­pe al co­ra­zón me pa­só lo mis­mo. El tí­tu­lo tie­ne mu­cho que ver, va di­rec­to.

–¿Al­gu­na vez fan­ta­seas­te con a qué te ha­brías de­di­ca­do si no eras ac­tor?

–( Si­len­cio). No, nun­ca lo pen­sé. Ni si­quie­ra me pre­gun­té si que­ría ser ac­tor. Se fue dan­do de es­ta ma­ne­ra.

–¿Có­mo fue tu lle­ga­da a la te­le­vi­sión?

–Hi­ce un mon­tón de co­sas en mi vi­da has­ta ter­mi­nar co­mo ac­tor. Fui pro­fe­sor en un gim­na­sio, di cla­ses de padd­le, tra­ba­jé en una ver­du­le­ría, tu­ve un ta­ller de cha­pa y pin­tu­ra, ven­dí au­tos, fui bo­le­te­ro… No me que­dó na­da por des­cu­brir. Pa­sé por to­dos los ru­bros, por­que, en reali­dad, tra­ba­jan­do soy fe­liz. Cuan­do era bo­le­te­ro, ter­mi­na­ba de ven­der en­tra­das y me me­tía en la sa­la a ver las fun­cio­nes. No sé qué te­nían, pe­ro yo que­ría ir to­dos los días. Y era co­mo pa­ra un chi­co ver a Mes­si o a Cris­tiano Ro­nal­do. Por allí pa­sa­ban to­dos los ac­to­res que ad­mi­ra­ba.

–Tu pa­pá ha­brá ayu­da­do pa­ra que, po­co a po­co, te fue­ras in­ser­tan­do en el me­dio.

–Él era pro­duc­tor y arran­có en la te­le­vi­sión con una no­ve­la que se lla­ma­ba Gino, con Ar­nal­do An­dré. Ahí yo era uti­le­ro. Me le­van­ta­ba a las cin­co de la ma­ña­na pa­ra ir al Mer­ca­do Cen­tral a com­prar la uta y la ver­du­ra pa­ra ar­mar una es­ce­no­gra­fía, has­ta que un día me dije­ron: “Hay un pa­pel de un chi­co que ma­ne­ja el ca­mión y tie­ne bue­na on­da con Ar­nal­do. Es co­mo su ‘che pi­be’, ¿por qué no lo ha­cés vos?”. Cuan­do hi­ce la es­ce­na me sen­tí re bien, me di­ver­tí. Des­pués em­pe­cé a es­tu­diar y tra­ba­ja­ba pa­ra­le­la­men­te co­mo ac­tor. Así pa­sa­ron los años: cuan­do me di cuen­ta, ya es­ta­ba de­di­cán­do­me a al­go que me gus­ta­ba.

De las puer­tas pa­ra aden­tro

De aquel pa­pel en Gino has­ta su pre­sen­te, pa­sa­ron un sin­fín de ti­ras y par­ti­ci­pa­cio­nes, en­tre ellas Los bus­cas de siem­pre, Franco Bue­na­ven­tu­ra, el pro­fe, Los pen­sio­na­dos, La ley del amor, To­dos con­tra Juan, He­ren­cia de amor, Cuan­do me son­reís, La due­ña y Camino al amor. Sin em­bar­go, es­te hom­bre de 46 años ad­mi­te que no to­do es fic­ción. “En mi tiem­po li­bre me gus­ta que­dar­me en mi ca­sa to­do el día. Es­tar con mis hijos, ir al ci­ne… To­do lo que es­té re­la­cio­na­do con ellos. Son el mo­ti­vo de mi vi­da”, con­fie­sa.

–¿Ha­ce cuán­to tiem­po es­tán jun­tos con Iva­na?

–Die­ci­sie­te años. Nos lle­va­mos bár­ba­ro. Disuta­mos mu- cho de es­tar con los chi­cos y ca­da tan­to va­mos a co­mer afue­ra, al tea­tro, o ce­na­mos con ami­gos. Te­ne­mos una co­ne­xión si­mi­lar a la de Fa­rías y Ríos –el personaje que ha­ce Eleo­no­ra– ( ri­sas). Es más fá­cil cuan­do con tu pa­re­ja apun­tás a lo mis­mo, y con Iva­na queremos lo mis­mo: apro­ve­char ca­da se­gun­do, por­que el tiem­po pasa rá­pi­do.

–¿Qué te gus­ta­ría que los chi­cos he­re­den de tu per­so­na­li­dad y qué ca­rac­te­rís­ti­cas de Iva­na?

–No da que di­ga lo mío ( más ri­sas). De Iva­na, to­do. Es bue­na per­so­na, tra­ba­ja­do­ra, gran ma­dre. Es la me­jor; no pue­do pe­dir­le más ni cri­ti­car­le na­da. Ella era la mu­jer so­ña­da pa­ra mí co­mo ma­dre de mis hijos.

–¿Y a fu­tu­ro con qué fan­ta­seás?

–En cuan­to a mi ca­rre­ra, oja­lá me si­ga yen­do bien. En lo per­so­nal, sa­lud pa­ra to­dos, que mis hijos crez­can bien, que sean fe­li­ces, y lo mis­mo pa­ra mi mu­jer. No ten­go nin­gu­na as­pi­ra­ción. To­do pasa por el día a día, por disutar, por to­mar­se la vi­da des­de un lu­gar re­la­ja­do. Pa­rez­co un Bu­da, pe­ro pa­ra mí es eso: no dis­cu­tir, no pe­lear, sa­ber dar un pa­so al cos­ta­do, ca­llar­se y ha­blar so­lo cuan­do te­nés que ha­cer­lo. Es­toy en esa on­da de bus­car equi­li­brio y paz.

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