Pre­gun­tas sin res­pues­ta

La Nueva - - OPINIÓN -

PO­LÍ­TI­COS. ¿Có­mo po­de­mos de­cir que so­mos gran­des, si no lo de­mos­tra­mos? Una per­so­na adul­ta, con ex­pe­rien­cia y car­go, de­be y tie­ne que reac­cio­nar con sol­ven­cia y al­tu­ra. Eso es lo que los neó­fi­tos ciu­da­da­nos es­pe­ra­mos de los fun­cio­na­rios que ac­túan en po­lí­ti­ca y es­tán pa­ra con­du­cir­nos a la gran­de­za.

Ha­ce años, un mi­nis­tro nos eva­luó co­rrec­ta­men­te, y vio que éra­mos unos chi­cos y en­ton­ces nos pu­so en el co­rra­li­to. Otro se apro­ve­chó de un pro­gra­ma de TV, y di­jo: “Sí­gan­me no los voy a de­frau­dar”. Hoy nos dan una pe­lí­cu­la vie­ja, har­ta­men­te co­no­ci­da, pe­ro nos cau­sa el mis­mo te­rror y es­pan­to de cuan­do la vi­mos an­te­rior­men­te. Y así se ha­ce lo que el man­da­ta­rio de turno quie­re y los otros di­cen sí. ¿Por­que lo pien­san o por­que se lo man­dan? He ahí el di­le­ma. En­ton­ces los mi­nis­tros se bur­lan del pue­blo ya que ha­cen lo que quie­ren y no rin­den cuen­tas a na­die. Eso es ma­lo. Y "el pue­blo quie­re sa­ber", pe­ro se que­da con las ga­nas.

Sil­va­na Su­sa­na Cli­nic

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