Aho­ra pre­sio­na el “vien­to de fren­te”

La Nueva - - EL PAÍS - Pa­blo Wen­de

Ape­sar del ais­la­mien­to cre­cien­te del país, las no­ti­cias que lle­gan del mun­do no son fa­vo­ra­bles pa­ra la economía ar­gen­ti­na. A la cri­sis grie­ga se le su­ma el des­plo­me de la bol­sa chi­na, lue­go de una es­pec­ta­cu­lar suba del 50% en el pri­mer se­mes­tre del año. Se tra­ta, en am­bos ca­sos, de fe­nó­me­nos que ya eran bas­tan­te es­pe­ra­dos por los mer­ca­dos fi­nan­cie­ros, pe­ro no obs­tan­te han ge­ne­ra­do rui­do so­bre to­do en los úl­ti­mos días.

¿Por qué se tra­ta de te­mas re­le­van­tes pa­ra la Ar­gen­ti­na? En teo­ría no hay pun­tos de con­tac­to, pe­ro en reali­dad el im­pac­to ya co­men­zó a sen­tir­se. La in­cer­ti­dum­bre que se apo­de­ró de los in­ver­so­res pro­vo­có una bús­que­da de re­fu­gio en los bo­nos del Te­so­ro ame­ri­cano, lo que a su vez de­ri­vó en un sal­to en el va­lor del dó­lar en el mercado in­ter­na­cio­nal. La mo­ne­da nor­te­ame­ri­ca­na no só­lo ga­nó po­si­cio­nes con­tra el eu­ro, sino con­tra otras mo­ne­das de paí­ses desa­rro­lla­dos, con un in­cre­men­to que orilló el 20% en los úl­ti­mos do­ce me­ses. En el ca­so de las mo­ne­das emer­gen­tes el efec­to fue aún más no­to­rio, ya que au­men­tó un 30% en pro­me­dio, pe­ro en al­gu­nos ca­sos más del 40% (co­mo su­ce­dió con el real bra­si­le­ño).

Los paí­ses que han su­fri­do la de­va­lua­ción de su mo­ne­da en re­la­ción al dó­lar ga­na­ron com­pe­ti­ti­vi­dad en los úl­ti­mos me­ses. Su­ce­de que ese au­men­to del ti­po de cam­bio no fue en la ma­yor par­te de los ca­sos se­gui­do por ma­yor in­fla­ción. En Brasil, por ejem­plo, el dó­lar pa­só de 2,20 a 3,20 reales, pe­ro la in­fla­ción ape­nas sal­tó de 6,5% a 8%.

Pe­ro al tiem­po que las mo­ne­das per­die­ron te­rreno en for­ma cre­cien­te con­tra el dó­lar, con el pe­so su­ce­dió lo con­tra­rio: no só­lo la suba del ti­po de cam­bio no­mi­nal ha si­do mu­cho más le­ve en el úl­ti­mo año, sino que ade­más la in­fla­ción subió mu­cho más que el dó­lar oficial.

Re­sul­ta ca­si im­po­si­ble, en es­te mar­co, sos­te­ner que el ti­po de cam­bio oficial no re­que­ri­rá de un ajus­te sig­ni­fi­ca­ti­vo.

El di­le­ma pa­ra el go­bierno que asu­mi­rá el 10 de di­ciem­bre es cuál se­rá el rit­mo de ajus­te del ti­po de cam­bio. El pe­li­gro de que una de­va­lua­ción des­or­de­na­da desate rá­pi­da­men­te pre­sio­nes in­fla­cio­na­rias obli­ga­ría a un en­fo­que más bien gra­dua­lis­ta, pe­ro que ne­ce­sa­ria­men­te de­be­rá es­tar acom­pa­ña­do de dos com­po­nen­tes: me­di­das con­cre­tas pa­ra ba­jar la in­fla­ción y una re­cu­pe­ra­ción del fi­nan­cia­mien­to en los mer­ca­dos in­ter­na­cio­na­les.

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