De tan­tos gol­pes su hí­ga­do ha­bía es­ta­lla­do

La Nueva - - SOCIEDAD -

Agus­tín Ma­rre­ro te­nía 5 años y era nue­vo en el jar­dín Nº 2 de Flo­res. En mar­zo, ha­bía em­pe­za­do la sa­la na­ran­ja. En esos 3 me­ses des­de el ini­cio, ha­bía asis­ti­do 28 días.

Lle­gó a Bue­nos Ai­res con su ma­dre Bárbara González Bo­no­rino y su her­ma­na. Co­mo eran de Vi­lla Ge­sell, via­ja­ban bas­tan­te, de­cían. En el co­le­gio, se mos­tra­ban in­te­gra­dos. Él se veía ale­gre, ella, preo­cu­pa­da por lo que le pa­sa­ba a su hi­jo y ex­pli­ca­ba que se caía mu­cho, por eso los 2 gol­pes con los que Agus­tín lle­gó un día al co­le­gio.

Cuan­do el ne­ne apa­re­ció sin los dos dien­tes de­lan­te­ros, ella le di­jo a la maes­tra, Ale­jan­dra Be­lli­ni, que se ha­bía caí­do en la ba­ñe­ra y pre­sen­tó el cer­ti­fi­ca­do de un odon­tó­lo­go.

“Nos en­con­tra­mos con una fa­mi­lia co­mo tan­tas que te­ne­mos en el jar­dín; una fa­mi­lia que em­pe­zá­ba­mos a co­no­cer. ¿Si uno se plan­tea que no po­dés creer en la ma­dre, que es la pri­me­ra per­so­na que tie­ne que sa­lir a de­fen­der

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